LIAM El ascensor subió lento, como si quisiera darme tiempo para arrepentirme. Cada piso que pasaba era un recordatorio de que podía dar media vuelta, que podía bajar al lobby y llamar un taxi de regreso a casa. Pero no. Me quedé ahí, con la carpeta bajo el brazo y los puños apretados, sintiendo el zumbido del aire acondicionado mezclarse con mi respiración nerviosa. Cuando la campanilla sonó en el piso de la firma, el aire se me quedó en los pulmones. Las puertas se abrieron como si fueran un escenario, y de pronto todos los ojos en la recepción giraron hacia mí. Reconocí esas miradas: colegas con sonrisa falsa, asistentes que saben más de lo que dicen, y los silencios incómodos de quienes escuchan rumores pero no preguntan. Caminé recto, con paso firme, hasta la oficina del jefe. Cada

