LIAM La mañana entró sin pedir permiso, con esa luz neutra que no promete ni engaña, solo existe; una mañana cualquiera en Estados Unidos donde el ruido lejano de un autobús escolar y el clic de un aspersor en el jardín vecino funcionan como reloj. Me desperté antes que ella, no por ansiedad sino por costumbre: el cuerpo aprende a escuchar cuando la vida te ha enseñado a dudar del silencio. Saanvi dormía de lado, una mano debajo de la mejilla y el cabello enredado sobre la almohada como tinta derramada; la sábana le cubría la espalda y dejaba ver el hombro, el hueso fino, la respiración pareja. Había llaves nuevas sobre la mesa baja del salón, brillando como un pequeño juramento, y por un momento las miré desde la distancia del corredor, esa distancia que confirma que lo que ocurrió anoch

