LIAM El viernes arranca antes de que amanezca, como si mi cuerpo supiera que no va a poder con toda la adrenalina que me espera. A las cinco ya estoy en la calle, corriendo. No es por fitness ni por cumplir la rutina: necesito quemar el exceso de energía antes de que me reviente desde adentro. El aire frío me pega en la cara, y cada zancada es un intento de ordenar los pensamientos. Pienso en la presentación, en cada dato que tengo que soltar con precisión quirúrgica, en cada posible pregunta de la unidad médica del hospital. Pienso en Saanvi. En cómo, maldita sea, su nombre aparece en medio de las gráficas y los porcentajes, como si pudiera insertarse en cualquier contexto y hacerlo mejor. Cuando vuelvo, el reloj marca las seis y cuarto. La ducha es rápida, práctica. Desayuno avena, hu

