LIAM El laboratorio quedó en silencio después de que Matt se fue. Solo el zumbido leve de los ventiladores de los servidores me hacía compañía. Era un sonido limpio, constante, casi hipnótico. Uno de esos ruidos que te permiten fingir que no estás pensando. Pero yo pensaba. El correo seguía abierto en la segunda pantalla, congelado en esa última dirección de Nueva York. No necesitaba más confirmaciones. No importaba el algoritmo ni los proxys. Había aprendido a reconocer el patrón de los depredadores: siempre quieren que los mires. Adeline. Podía imaginarla, incluso sin verla, sonriendo detrás de ese mensaje anodino, esperando el momento en que la curiosidad o la rabia me hicieran mover una pieza en falso. No iba a dárselo. No esta vez. Me incliné hacia adelante, las manos entrelazad

