LIAM Todavía la tengo sobre mí, cálida, un poco pesada en el mejor de los sentidos, con el pecho pegado al mío y ese vaivén lento de su respiración que me baja el pulso a un lugar donde, honestamente, no suelo ir. La sujeto por la cintura y la elevo apenas —lo justo para retirar el segundo preservativo— y lo anudo rápido, sin mirar, dejándolo a un lado de la cama. No quiero que se aparte. No quiero que ese cuerpo deje el mío ni un segundo más de lo estrictamente necesario. Cuando vuelve a acomodarse sobre mis caderas, mis manos hacen lo que mi cabeza todavía no sabe explicar: le recorren la espalda muy despacio, como si estuviera leyendo un texto en braille que no quiero terminar nunca. Tiene la piel tibia, húmeda en puntos, con ese leve temblor que no sé si es por el esfuerzo, por el pl

