LIAM La barra de la cocina se convierte en mi escenario favorito en el instante en que decido provocarla. La levanto con facilidad y la siento en uno de los bancos altos, justo a la altura perfecta para que mi erección quede rozando su intimidad. Esa cercanía me mata, me quema por dentro. Mis manos empiezan a despojarla de la ropa con una calma engañosa, porque por dentro siento el maldito huracán del deseo. Ella responde, desabrochando mi pantalón, bajando mi boxer con la misma urgencia disfrazada de sensualidad. El roce de sus dedos me arranca un gruñido. Antes de perderme del todo, saco un condón del bolsillo trasero de mis jeans y lo dejo sobre la barra, como una promesa inevitable. La miro: está desnuda, sentada, con la piel morena brillando bajo la luz tenue de la cocina. Es tan

