LIAM El trayecto hasta la mansión fue corto, pero se sintió eterno. Afuera, la ciudad amanecía con su caos disfrazado de orden: coches apurados, peatones arrastrando el paso, edificios que reflejaban el sol como si quisieran competir con él. Dentro del coche, el silencio se volvió más denso que cualquier tráfico. Blake iba a mi lado, sin abrir la boca. Podía sentirlo, ese cosquilleo en la nuca cuando alguien te observa, aunque su mirada estuviera clavada en la ventanilla. Mi hermano nunca hablaba de más, pero cuando callaba con intención, pesaba como una sentencia. —¿Qué tanto piensas? —pregunté, sin abrir los ojos. —En lo mismo que tú —respondió con calma—. En lo que viene ahora. No dije nada. Porque tenía razón. La mansión apareció de golpe, como un recuerdo de infancia que preferi

