SAANVI Nos quedamos así, recostados en el sillón, enredados, sin espacio para que entre ni el aire. El silencio no pesa; al contrario, se siente cómodo, como si habláramos con la piel. Abro los ojos un momento y lo miro. Liam tiene esa expresión que casi nunca deja ver: relajada, sin esa coraza arrogante que tanto presume. Me está mirando también, y cuando nuestras miradas se enganchan, hay un calor que sube por mi pecho. —Deberíamos movernos a la cama —murmura, pero no hace ni el más mínimo intento de soltarme. —Sí… —respondo, sin moverme tampoco. Sus dedos suben y bajan por mi espalda, lentos, como memorizando el camino. Paso mis dedos por su nuca y él cierra los ojos, como si fuera un gesto que lo calma. —Me gusta esto —dice, sin mirarme, como si le costara reconocerlo. —¿Esto…?

