CAPÍTULO DOS
Al menos el almuerzo era algo que emocionaba a Zoe. Hacía mucho tiempo que no se encontraba con su mentora en persona y tenía muchas ganas de hacerlo. Era un estímulo suficiente como para sobrevivir a la sesión de terapia, porque sabía que algo bueno le seguía.
La Dra. Francesca Applewhite era un profesora de matemáticas que había trabajado en la universidad de Zoe, y era la mejor presentación que le habían hecho a Zoe en su vida entera. En ese entonces, aún era una adolescente y se sentía muy por fuera del ambiente social de las residencias estudiantiles, se sentía escéptica sobre reunirse con otra especialista. Pero resultó que la doctora entendió que tenía un don especial, algo que necesitaba ser fomentado. Habían empezado con clases particulares diseñadas para llevar sus habilidades a un nivel académico superior. Todo lo demás se había dado a partir de eso.
―Doctora ―saludó Zoe cuando llegó a su mesa y se sentó en la silla libre. Al juzgar por la taza de café a medio beber y el libro que tenía en las manos, la Dra. Applewhite estaba allí hacía un tiempo. Zoe no pudo evitar percibir que las canas se apoderaban cada vez más de los mechones que en otra época eran oscuros, esa imagen contrastaba con la doctora que recordaba de sus primeros encuentros.
La Dra. Applewhite colocó un marcador entre las página y dejó el libro a un lado, sonriéndole mientras levantaba la mirada hacia ella.
―Mi graduada favorita. ¿Cómo te trata el FBI?
Esa pregunta tenía su justificación. Después de todo, fue gracias a su sugerencia que Zoe se había metido en la carrera de las fuerzas del orden. Después de que su colega, una de las profesoras de matemáticas de Zoe las había presentado, la vida de Zoe había cambiado por completo. Y sabía perfectamente a quién debía agradecérselo.
―Bien. Todo va bien con mi nueva compañera ―dijo Zoe. Levantó el menú para leer las opciones, pero era en vano. Ya sabía qué iba a ordenar. Siempre se encontraban para almorzar en este lugar, y luego de un breve escaneo de los artículos del menú, sabía que no habían agregado ninguna opción nueva por los tamaños de las columnas.
La Dra. Applewhite se inclinó para llamar la atención de un camarero, y mientras la doctora veía al muchacho acercarse, Zoe la miraba a ella. Recordaba su primer encuentro. Recordó como la Dra. Applewhite había demostrado interés verdadero en lo que Zoe tenía para decir, era una de las pocas personas que realmente la había escuchado en su vida. La mujer había engordado algunos kilos desde ese entonces, pero nunca había perdido ni un gramo de la compasión que le mostró a una jovencita que no tenía idea de dónde era su lugar en el mundo.
Su relación había crecido con el tiempo. Zoe tardó mucho tiempo en confiar en ella, y permitir que se acercara. Pero eventualmente, se arriesgó y admitió su secreto. Y le contó sobre los números.
No había sido fácil. Después de tantos años de escuchar a su madre decir que sus dones eran obra del diablo, hubo varias ocasiones en las que a Zoe le costaba que las palabras salieran. Pero la Dra. Applewhite estaba emocionada, no horrorizada, al conocer las habilidades de Zoe. Desde entonces, su vínculo se había fortalecido.
―¿Qué tal va todo con la Dra. Monk? ―le preguntó atentamente la Dra. Applewhite a Zoe luego de que hiciera su pedido―. Me contó que aceptaste ir por recomendación mía.
Zoe no pudo contener una sonrisa.
―¿Me estás vigilando?
―Siempre estoy cuidando de mis favoritos ―dijo la Dra. Applewhite riendo. Era una broma continua entre ellas. La Dra. Applewhite no debería tener favoritos. Pero de varias maneras, Zoe la había ayudado en su carrera de la misma forma que la Dra. Applewhite había ayudado a Zoe a encontrar la suya. La Dra. Applewhite había terminado especializándose en el estudio de la sinestesia relacionada a las matemáticas y ahora era mentora de otras personas que tenían las mismas habilidades de Zoe. Aproximadamente las mismas, claro.
―Las sesiones están yendo bien ―reconoció Zoe―. La Dra. Monk tiene un punto de vista interesante. Puedo entender por qué te agrada.
―Tiene una muy buena reputación. ¿Quieres compartir algún progreso conmigo? ¿O es algo demasiado personal?
Zoe se encogió de hombros y se concentró en los cinco centímetros de agua en el fondo del jarrón situado en su mesa, supo que no sería suficiente para que los crisantemos sobrevivieran mucho tiempo. El cálculo interno de cuánto tiempo tomaría para que se marchitaran las flores la distrajeron tanto como para permitirle decir lo que tenía en mente.
―Ella dijo que debería tener más citas.
La Dra. Applewhite sonrió tiernamente, mientras su propio anillo de bodas brillaba a la luz del sol al levantar su taza de café hacia los labios.
―Quizás tenga razón ―dijo ella.
―Realmente no creo que esa sea la solución para todos mis problemas ―resopló Zoe, tomando un sorbo de la taza de café fresco que le había traído el camarero.
―Tal vez no sea la solución para todos los problemas, pero quizás sí sea la de algunos ―dijo la Dra. Applewhite, en un tono serio―. No estoy diciendo que tienes que sentirte mal por ser quién eres. Eres una persona funcional, incluso más que funcional. Lo has convertido en una ventaja en tu línea de trabajo. Los demás no son tan capaces como tú. Solo me preocupo por ti. Sabes que lo hago.
Zoe asintió.
―Y lo aprecio.
Se dijo a sí misma que la Dra. Applewhite debería ser la única persona en el mundo que se preocupaba por ella. Era un consuelo tener al menos a una persona.
Antes de que pudiera continuar con su tren de pensamiento o incluso antes de que pudiera volver a considerar la idea de llamar a John, su teléfono celular sonó en el bolsillo. Zoe lo cogió y respondió al ver que era Shelly quien la llamaba.
―Agente especial, Zoe Prime.
―Hola, Z. Espero que no estés haciendo nada importante en este momento.
Zoe suspiró mirando su plato de comida a medio terminar. Ni había percibido a qué sabía, al estar tan abstraída en sus pensamientos.
―Me imagino que tenemos un caso ―dijo Zoe.
―Me encontraré contigo en las oficinas en treinta minutos. El jefe dice que este es un caso muy importante.
Zoe le sonrió a modo de disculpas a la Dra. Applewhite, pero la doctora ya la estaba despidiendo.
―Ve a hacer tu trabajo, agente. Pero hay una cosa más que debo decirte… ―dijo la Dra. Applewhite y respiró hondo. Parecía reacia a hablar, pero logró hacerlo al concentrarse mirando el plato medio vacío de Zoe―. Sucedió algo con otro de los sinestésicos de mi grupo de investigación. Pensábamos que estaba mejorando, pero… Lamento decir que se suicidó la semana pasada. Se le estaba dificultando el no tener una red de apoyo más allá de mi persona. Los seres humanos necesitamos más seres humanos a nuestro alrededor para ayudarnos emocionalmente. Todos nosotros lo necesitamos. Incluso aquellos que piensan un poco diferente.
Zoe quedó paralizada mirando fijamente su taza de café y los varios milímetros que faltaban para que estuviera llena, recostándose en el respaldo de la silla. Nunca había ido a conocer a ninguna de las personas de los «grupos de investigación» de la Dra. Applewhite, Zoe los llamaba los sujetos de prueba cuando no era tan amable. De cualquier forma, era algo impactante. Alguien como ella quería morir por la única razón de ser exactamente como ella. Sin dudas, era mucho para asimilar.
Levantó su bolso de una manera mecánica, alejándose sin ver nada más alrededor de sí misma. En su mente se repetían los comentarios de la Dra. Monk: «Trabaja por tus metas. Paso a paso».
Si era honesta consigo misma, ¿qué tenía en su vida? Una mentora, que era lo más parecido a una figura maternal que había tenido en su vida. Una compañera, Shelly, que era lo más cercano que había tenido a una amiga. Dos gatos, Euler y Pitágoras, y aunque los amaba, sabía que por la naturaleza de los gatos estarían bien si ella se iba y vivían con otra persona. Tenía una carrera que parecía estar más cerca del fracaso que del éxito, incluso si estaba pasando por uno de los mejores momentos. Y un pequeño apartamento que era su hogar.
Y tenía una condición, o una habilidad, como sea que quieras llamarlo, era algo que la hacía ser tan diferente que hacía que la gente como ella se suicidara.
Se enfrentaba a un pensamiento bastante desalentador.