Capitulo II

1022 Words
Uriel basaba su vida en la unión mística con un tipo de divinidad, era su vehículo de escape para resistir los tremendos roces emocionales existentes por el paso a la vida adulta. Los asuntos humanos no le llamaban mucho la atención, y su vida -sobre el ámbito espiritual- estaba repleta de continuas pruebas y ataques. Aconteció que una vez, estando Uriel en un estado elevado de conciencia, principió a encaminarse en dirección al mar. Caminaba a paso lento, al zambullirse experimentó un estado que está más allá de las palabras. El ecosistema marítimo le parecía más propio que su hogar en la tierra. Y tuvo una visión: Contemplaba formas de animales con apariencia de cetáceos arrimarse a él, considerando y encomiándo a Uriel como uno de ellos. Le abrieron paso y, con mucha consideración le dijo una gran ballena. Se mostraba como la madre de todos ellos: —Hijo mío, estamos muy próximos -el uno del otro- dentro del órden evolutivo, más del que los humanos alcancen a comprender. Existe un eslabón perdido. Nuestra biología es muy avanzada, muchos cetáceos poseemos mayor evolución psicológica y espiritual que tus semejantes. Uriel escuchaba las palabras sin cuestionarlas, como si las pronunciara Dios. Percibía a la ballena rodeada de un aura de colores, que despedía abundante fulgor. En general no apreciaba si sus vivencias se trataban de visiones o sueños. El cetáceo se manifestaba en una especie de plano intermedio, entre la vida y la muerte. Al aparecérsele -el mamífero-, sentía el cobijo de una madre. Por la agudeza espiritual de Uriel, percibía la gran potencia que gozaba el mamífero. Pero, al no captar la naturaleza de la energía, en lugar de disponer de más vitalidad, experimentaba decaimiento luego de las visiones, pues sus nervios advertía quemarse por la desproporcionada cantidad de electricidad en su cuerpo. Se decía a sí mismo: —Estos eventos internos son muy dolorosos, pero a cada miseria le sigue una alegría.¹ La ballena era una especie de deidad a la que le rendía pleitesía. Es de suponer como, al cabo de días de recibir estas experiencias, sus colegas de curso lo encontraron muy cambiado: Ensimismado y escasamente consciente del mundo externo. Revelaba una faz de clemencia y sacralidad. Su tez parecía fulgurar. Entre sus principales urgencias no estaban sus compañeros o las enseñanzas, sino la ballena. Una tarde, al abandonar su colegio, se sentía acechado. Un grupo de alumnos empezaron a hostigarlo diciéndole: — ¿Eres tú Uriel? Venimos a avisarte que ya no te presentes a este recinto, tu sola presencia incita a los oscuros. Al presenciar la naturaleza agresiva con la que se declaraban, Uriel temió sobremanera, pero se aventuró a preguntar: —¿Quienes son ustedes? ¿Quién los envió?—Preguntó Uriel y se asombró de que la pandilla de niños hablara con tal resolución —Tu sabes que Fenicio no puede estar a tiempo completo detrás de ti, pero es jefe de una legión de demonios— Uriel experimentó hormiguéo por todo el cuerpo al escuchar la palabra 'demonios'. El chico tenía total probabilidad de perder y se alejó corriendo con total celeridad. —¡Idiota, no pretendas escapar, no conseguirás hacerlo!—Vociferó el que aparentaba ser el jefe de la legión. Uriel vislumbraba, por medio del reflejo de un río, cuando cruzó el puente del colegio, la velocidad excesiva con la que lo perseguían. Cambiaron de dirección hacia un terraplén y allí se desplomaron todos. Uno de los colegiales lo atrapó, ceñió firmemente sus costillas entre tanto el líder le decía: — Lárgate de aquí Uriel— al finalizar los gritos, todos se habían transformado en terroríficos demonios oscuros. Las escasas personas en el contorno no apreciaban si Uriel luchaba contra personas de verdad, o contra sombras.² Uno de los demonios penetró el cuerpo de Uriel y aspiraba poseerlo. Uriel experimentaba el daño como si la entidad le desintegrara la materia fisica. Así se padece un ataque de semejante naturaleza, pero no se debe únicamente a que estaba destrozando su corporeidad, sino también corrompiendo su espíritu. Los demás demonios principiaron a girar alrededor del cuerpo -casi poseso- de Uriel. Crearon un torbellino negruzco. Unos pocos individuos notaron el extraño remolino, aunque apenas atribuyeron notabilidad a este hecho. El viento del remolino se extendió hasta la entrada de la institución. Hacía tambalear a numerosos quioscos, estanquillos y diferentes locales a su alrededor. Teresa tuvo un fuerte impulso de abandonar el aula en el que residía. Atravesó el mismo camino empleado para llegar a su hogar. Una lechuza se le apareció, se dejó guiár por el animal hasta el terraplén, donde el torbellino oscuro tenía atrapado a su amigo. Pequeños ruidos llegaban a su oído, como el zumbido o chirrido de las cigarras. Conforme se aproximaba, apareció el ansia de vomitar. Una voz en su cabeza le gritaba: —¡Sigue tu camino y no te inmiscuyas en lo que no te incumbe monja!—Era una voz ronca y diabólica. Teresa se había instruído en un colegio para monjas y siempre vestía como ellas, dado los repetidos hábitos enraizados durante años, sin embargo nos inclinamos más a estimar que los demonios conocían el alma limpia de Teresa para llamarla así. Ella dijo: —Las potestades del infierno ambicionan deshacerse del escaso bien que hay en la tierra ¿A quién hostigan con tanta vehemencia? Los oscuros determinaron la presencia de la chica como algo amenazante. La velocidad a la que giraban menguó, entonces Beatriz se percató que eran chiquillos del colegio, pero de grados más atrasados. Tenían los ojos rojos y enormes. —¡Vete de aquí maldita!— le dijo uno y los restantes se le abalanzaron. Teresa se desplomó boca arriba y se golpeó duramente en la cabeza. Como estaba siendo agredido por el demonio líder, Uriel se fijó que la entidad -en el plano invisible- consumía su energía recurriendo al bulbo raquídeo, que es por donde ingresa la energía a los cuerpos sutiles. El demonio con el que luchaba Uriel era el más poderoso de todos. Cuando Uriel procuró ayudar a Teresa, la entidad lo atormentó en tanto manipulaba su voluntad.
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