La vibración atómica de los estudiantes- demonios era tal, que sus figuras aparentaban desaparecer conforme agredían el cuerpo de Teresa. Su cuerpo parecía inundado de moscas¹. Casi no lograba moverse, se desmayó.
Para expulsar al espíritu ingresado en su cuerpo, Uriel se aventó hacia un precipicio con dirección a un caudaloso río que recorría el contorno del colegio. Antes de caer, su cuerpo quedó arraigado a una pequeña -aunque resistente- rama. Cuando los demonios notaron esto, dejaron de acosar a Teresa y, persiguiendo a Uriel, se precipitaron sobre el despeñadero que daba al río, y se ahogaron en el mismo.²
Teresa despertó y se propuso asistir a su colega. Cuando apreció que Uriel no tenía total dominio de su voluntad, asió su rosario y, con la voz en rango agudo, entre los 180 y 220 Hz, principió a rezarlo.
Como la táctica de Teresa no funcionaba, se dirigió al demonio en actitud suplicante para que abandone el cuerpo de Uriel. Su -todavía conciente- amigo le dijo:
—Al demonio nunca se le pide nada, sino que se le conjura, esto es, se le ordena.
Teresa era asaltada por un intenso miedo. Había participado en algunas sesiones de exorcismos, con un reducido número de sacerdotes de su precedente colegio y, por este motivo conocía algunas oraciones para conjurar al demonio.
Le dijo:
"Dios, creador y defensor del género humano, vuelve tus ojos sobre este siervo tuyo Uriel.
El viejo adversario lo atormenta cruelmente, lo oprime con aspera fuerza, lo turba con fiero terror.
No permitas que tu hijo sea poseído por el Padre de la mentira.
No permitas que tu siervo sea retenido en la cautividad del Diablo.
Escucha, Dios misericordioso, las súplicas de la dichosa Virgen María..."
Posteriormente rezó la Formula de conjuración al demonio:
"Te conjuro, Satán, enemigo de la salvación humana, que reconozcas la justicia y bondad de Dios Padre, el cual con justo juicio condenó tu soberbia y envidia.
Apártate de este siervo Uriel, al que el Señor hizo a su imagen, al que embelleció con sus dones y al que adoptó como hijo de misericordia.
Te conjuro Satán, Príncipe de este mundo, a que reconozcas el poder y fuerza de Jesucristo.
Sal de esta criatura de Dios Uriel, al que El selló con el sello celestial. Retrocede de este hombre al que con la unción espiritual Dios lo hizo templo sagrado³..."
Al finalizar las oraciones, el demonio -como un animal- disgregó su cuerpo del cuerpo de Uriel, y cayó hacia el fondo del río.
Teresa, con mucho ímpetu, levantó el débil cuerpo de su amigo.
Uriel tenía los ojos en blanco, elevados hacia el entrecejo. Volvió en sí y, muy frágil le reveló el nombre del demonio.
—Forcas, así se llamaba—le dijo y se desmayó. Teresa lloraba y lamentaba la muerte de los estudiantes que perecieron en el río.
Como el cuerpo de Teresa no era tan firme, arrastraba el cuerpo de Uriel por el empedrado e irregular camino hacia el colegio.
Un profesor llamado Alberto, que era una eminencia en la institución, la avistó a lo lejos y trajo con él a una docena de estudiantes para socorrerla. Muchos curiosos se apiñaron e hicieron un inusitado alboroto alrededor de los dos jóvenes.
Teresa se angustiaba al observar el cuerpo -plagado de marcas y arañazos- de su amigo. Hasta descuidó su propio cuerpo. El ritual exorcista tambien le quitó fuerzas. Era la primera ocasión en la que se dedicaba a conjurar al demonio de manera directa.
Transcurrió un día desde la peripecia. Beatriz despertó. Yacía en calma, soñolienta y algo mareada. Veía borroso, se hallaba dentro de un cuarto muy blanco en su interior.
—¿Estás bien?— le preguntó una enfermera de su colegio, al mismo tiempo que medía su presión arterial con un esfigmomanómetro.
—Creo que sí— dijo Beatriz con una voz que denotaba lasitud.
—Eres bienfortunada señorita—La enfermera empleó un termómetro digital de contacto para evaluar su temperatura corporal—Llevas un día dentro de esta aula hospitalaria y ayer tu condición de salud era grave, mas hoy eres otra.
Indudablemente la rapidez de tu mejoría es algo milagroso. Mira estas fotos.
La enfermera la sorprendió con unas extrañas fotografías -por separado- de ella y Uriel. En una se mostraba el cuerpo colmado de chocantes símbolos en manos, brazos y piernas de Uriel, en otra una entidad sombría los escoltaba a ambos, anteriormente al aparecimiento de los estudiantes
Teresa, en lugar de curiosear las fotografías, le generaron repulsión. Al examinar sus brazos y piernas, detectaba moretones azulados.
—¿No me quieres describir algo de lo sobrevenido?— preguntó la enfermera a voz baja, como muy pendiente del tema. Teresa se sintió incómoda.
—Estimo que no asimilará lo que vivimos— A pesar de que -de un modo sutil- la enfermera le reclamaba que le desvelara la verdad, la estudiante no se abrió a contarle nada.
Volviendo a lo relacionado con la vida de Uriel, este despertó en una deplorable condición física. Padecía abundante frío, como si su alma hubiese habitado El Noveno Círculo Del Infierno⁴, constituido por un inmenso lago de hielo. Se encontraba solo, en una habitación silenciosa color blanco rosado.
Al cabo de un momento consiguió levantarse, sus piernas le temblaban y apenas podía mantenerse de pie. Se hallaba en un área del colegio no descubierto por la mayoría de alumnos. Nunca había estado allí.
Desde la ventana del cuarto contemplaba una quebrada llena de desperdicios de todo índole.
Como no avistaba ni un alma, trató de salir por la ventana, pese a la gran altura que lo distanciaba del suelo. Antes de conseguirlo, un maestro ingresó por la puerta y le dijo:
—¿Que hace joven Uriel?
Uriel casi se desploma de espaldas, en dirección a la elevada caída. Imaginaba que ahora sí estaba próximo a pasar del mundo físico al infinito infierno. No era una fantasía suya sin razón, puesto que el paisaje -fuera de la habitación- parecía ser aspirado hacia abajo, drenado y convertido en un botadero eterno.