—Sé lo que pasó Uriel, no tienes que ocultarme nada—Dijo Alberto, era el mismo que los asistió -a Teresa y a él- un día anterior.
—¿A qué se refiere?
—A la desaparición de los mozalbetes.
—¿¡Cómo sabe usted eso!?—Preguntó extrañado Uriel.
—Shhh, baja el tono de tu voz ¿Quieres?—El maestro cerró la entrada para evitar ser oídos por otras personas—Escucha, los padres -de las almas que perecieron en el río- pronto harán un alboroto alrededor del colegio. Para tu mala fortuna, un grupo de estudiantes te divisó a tí cerca del -ahora- grupo difunto. Hay suficientes testigos para hacer un complot contra ti—Cuando finiquitó estas palabras, una joven alumna, encargada del aseo del aposento, ingresó sin solicitar permiso.
—¿Por qué entra sin avisar señorita?—Dijo Alberto como reprendiéndola.
—No se preocupe, ya me voy—Dijo la chica algo intimidada.
—Descuida, haz tu labor—El maestro se encaminó hacia la salida y, antes de desaparecer, le dirigió una seria y maligna mirada a Uriel—Luego conversamos—Le dijo y se fué.
Uriel estaba peor que antes por las angustiantes nuevas dadas por Alberto.
Uriel estuvo varios minutos en profunda introspección.
La muchacha hizo caer un esparadrapo que regresó a Uriel al presente. Uriel la miró y ella se sintió muy nerviosa. La joven tenía una estatura promedio, era de contextura delgada y frágil como el cristal. Tenía huesos y músculos poco destacables, cabello castaño oscuro y ojos azules, además su rostro mostraba una apariencia tierna y a veces melancólica.
—Oye ¿Sabes algo sobre los conflictos internos recientes de esta institución?— Uriel se lo preguntó por la curiosidad del momento y porque deseaba conocerla.
—Es uno de los peores crímenes que he escuchado en las últimas décadas—El chico percibió muy afable sus expresiones faciales y su voz.
—¿Sabes quién es el causante de todo esto?
—No—Dijo la femina. Uriel sintió alivio de que los demás no supiesen que él estaba implicado en el siniestro.
—Jamás había morado este lugar, no se asemeja en nada al territorio del colegio—Dijo el muchacho, veía por intermedio del ventanal. La chica no le respondió, sólo contemplaba a través del cristal.
Transcurrieron varios días antes de que Uriel consiguiera una salud óptima, idónea para marcharse del aula hospitalaria.
Advino -otra vez- la muchacha, lo saludó y principió a realizar el saneamiento. Uriel se había habituado a su presencia, a diferencia de otras enfermeras, que sólo le otorgaban un trato de desconocido.
La chica se le arrimó, observó su faz -algo pálida- y colocó un pulsioxímetro sobre su muñeca. Se percató de las raras señales en su brazo. Abrió la ventana con objeto de contemplar otra vez el ajeno paisaje.
Todos aquellos días que visitó a Uriel, percibió que una atmósfera bendita la envolvía al llegar a susodicha habitación.
Uriel sabía que la estudiante no tenía asignado emplear aparatos médicos para monitorear a los pacientes.
—¿Que tienes en el brazo?—Uriel se quedó en silencio sin saber qué contestar, ni el descifraba las figuras que tenía—¿Es un tatuaje?
—No lo sé—El chico le expuso el brazo descubierto y ella tocó suavemente su piel. Aparte de las sombras con aspectos humanoides, adicionalmente tenía un cúmulo de rasguños y moretones. Ella se atemorizó y dijo:
—Tenía un pariente con figuras semejantes, dijo que se trataba de ataques directos del diablo.
—¿En verdad dijo eso?—Preguntó Uriel algo exaltado.
—Sí—Ahora la chica mostraba repeler -un poco- la presencia de Uriel.
—No te confundas, no pertenezco al bando del mal, estas señales son ataques...
—¿Ataques de que?
—Creo que del demonio—A la jóven se le puso la piel de gallina y, en lugar de huir, se aproximó sigilosamente hacia Uriel.
—¿No me estás mintiendo?—Le dijo algo asustada.
—No, para nada.
La estudiante colocó un termómetro digital debajo de la lengua de Uriel y tocó levemente su frente.
—Creo que estás progresando—Dijo la muchacha y Uriel no pudo aguantar la risa al advertir lo inexperta que era manejando los dispositivos médicos.
—Uriel ¿Así te llamas verdad?
—Si ¿Cómo lo sabes?
—Tu nombre se me reveló en sueños. Antes de ingresar a esta habitación soñé que tú cuerpo se fusionaba con el mío, fue una sensación extraña—Uriel no dijo nada. Ante su advenimiento había experimentado un sentimiento de profunda familiaridad. Sentía que ambos podían estar juntos, en paz, sin hablar y al mismo tiempo saber lo que estaban pensando.
—Ahora recuerdo que un libro de Saint Germain expone que al presentarse tu llama gemela, ésta se introduce dentro de tu cuerpo¹—Dijo Uriel.
Cuando el interés -de la chica- en la plática se incrementó, se aproximó más a Uriel y, al instante, Alberto apareció en la habitación. Parecía un agente inteligente que utilizaba interrogatorios estratégicos a fin de que Uriel revelara información veraz.
—Beatriz, por favor danos espacio—Articuló con su gruesa voz. Era la primera vez que Uriel escuchaba el nombre de la estudiante. Beatriz abandonó la pequeña habitación.
Una vez encerrados en el aula hospitalaria, el maestro declaró:
—Uriel, no tienes escapatoria, hay una agrupación de padres de familia dispuestos a desvivirte, por el hecho de que tu nombre y respectiva culpabilidad se divulgó por todas partes, dado los consistentes rumores de los testigos que te vieron.
—¿Cómo es posible? ¿Acaso no me otorgarán el derecho de defender mi nombre? Soy inocente.
—Eso a ellos no les incumbe. Mira—Alberto exigió a Uriel acercarse a la ventana, al hacerlo, vislumbró una multitud de personas con talante de protesta.