Alberto ordenó a Uriel dirigirse hacia unos pasadizos subterráneos para no ser avistado. Antes de introducirse, Uriel observó a las personas desde el ventanal.
La muchedumbre calculada era de aproximadamente cuatro mil personas, estaban armados con bayonetas, rifles, pistolas, cuchillos y garrotes.
La guardia interna del colegio había resistido asegurando las puertas con lo que tenían a mano, pero estas fueron rápidamente destruidas. La gente forzó a tiros una ventana y una puerta de madera que había sido asegurada sin éxito con unos adobes. Abrieron la puerta principal y supieron rápidamente dónde residía Uriel, pues sin demora se dirigieron hacia él.
La multitud era dirigida por prostitutas, artesanos y cocineros, quienes suministraron todo el armamento.
Uriel creía estar viviendo una película de terror. Se trasladaron -de los pasadizos secretos- a una parte externa del colegio. Uriel experimentó sofoco y mucho calor dado que todo estaba rodeado de humo, cenizas y, distantemente -apenas- vislumbraba escaso fuego.
Alberto entregó a Uriel a otra persona. El sujeto que los esperaba vestía una túnica y un sombrero puntiagudo n***o, razón por la cual Uriel no conseguía ver totalmente su cara, además de la humareda que había por doquier.
Uriel no dejaba de escuchar a la multitud gritar:
—¡Te mataremos! ¡Te amarraremos y te cortaremos en pedazos!
Uriel se percató que quien lo guiába, no consideraba ninguna medida de protección para eludir a la multitud enfurecida. De todos modos, la escasa gente que los vió, los pasó por alto.
Finalmente se acercaron a una celda y Uriel le dijo:
—Quisiera entrar aquí por favor, si no hago algo de inmediato, sospecho que la muchedumbre va a prenderme y, a posteriori, van a asesinarme—el sujeto se retiró el sombrero n***o y expuso su rostro, era Fenicio. Uriel no sintió admiración porque su mente aún estaba concentrada en la turba vengativa.
—Alberto no desea manchar el buen nombre de esta institución y por eso me exigió -secretamente- deshacerme de ti. Si te extermina la plebe, aquello permanecerá grabado en la memoria del colegio como un hecho deshonroso, si desapareces no. De todas formas el director hará lo posible por anular tu nombre y dejar el caso -del fallecimiento de los chiquillos- como un mero accidente.
Yo -de momento- disfruto la agonía prolongada de otros, de modo que, vas a perecer aquí. Si te fugas, allá afuera -y en todas partes- te aguarda una multitud con tendencias asesinas, porque tu nombre se ha extendido a todos los rincones de estas tierras. De esta manera, doy por hecha la orden que me asignó Alberto— Le dijo Fenicio, retiró -del todo- las vestiduras de Uriel. Para su mala fortuna sumó, a sus tantas formas de morir, el frío.
Fenicio sacó de sus bolsillos unos candados de alta gama, y selló con ellos la celda.
Uriel estimaba que -muy probablemente- iba a morir. La celda era un lugar muy lúgubre, totalmente oscuro y húmedo.
Al quedarse dormido, en el sueño le fue revelado que un buen número de individuos -que deseaban exterminarlo- no eran mortales corrientes, sino demonios.
En las constantes visiones que había tenido de los seres cetáceos, la ballena le había develado un mantra sagrado. Cuando Uriel lo vocalizó plácidamente en su casa, percibió que la potencia del verbo le destrozaba la materia. Con la pericia percibió la suprema energía que encierran las palabras sagradas. Repetir el mantra le develaba su inherente oscuridad interna, y lo purificaba. Al recitar el mantra en el calabozo, las marcas oscuras que recorrían su cuerpo se desvanecieron. La ballena, asimismo le expresó que, al vocalizar el mantra en mar abierto, ella emergería debajo de las aguas.
—Individualmente somos capaces de redimirnos a nosotros mismos de la maldad, la que nos pertenece, pero esta únicamente es suprimida de raíz con códigos sagrados—Le había avisado la ballena.
Así que ideó un plan. Al examinar detenidamente los candados, estos tenían unas peculiares insignias, semejantes a las que recorrían -anteriormente- su cuerpo. Uriel entonó el mantra y los candados principiaron a abrirse, como si lo que los mantenía sellados fuese la maldad.
Al alejarse del calabozo era ya muy tarde, próximo al anochecer. Uriel vislumbró que en el centro del establecimiento estaba prendida una hoguera. El humo había cesado. La multitud proseguía recorriendo los alrededores.
Beatriz vino a su encuentro. Al verlo completamente desnudo, padeció mucha tristeza, lo llevó a una habitación segura y apartada, hecha para personal médico autorizado. Beatriz cubrió los más visibles rasguños y arañazos -de las extremidades de Uriel- con tiritas.
—No hay tiempo, tengo que ver la manera de escapar de aquí.
—Lo sé, por eso vine a ti, no te voy a desamparar—Dijo Beatriz, sentía que abandonar a Uriel era abandonarse a si misma. Beatriz experimentaba congoja por el proceder tan diabólico e infrahumano con el que procuraban dar muerte a Uriel. Ella besó y lamió sus heridas -no cubridas por las tiritas- sin ninguna reacción aversiva. Un empleado encubierto en la habitación presenció el acto y lo consideró muy repugnante y reprobable.
—¿Me ayudas a resolver mi problema urgente con la vestimenta? Deseo, lo más pronto posible, cubrir mi cuerpo—Preguntó el desnudo Uriel. Su mirada denotaba cansancio, apenas vergüenza.
La habitación era muy antigüa. Comenzaron a rebuscar en rededor y descubrieron vestimentas medievales centradas en túnicas y capas de lino, braies (calzoncillos), velos, cofias y mantos, paños de lana o seda. Pero ninguna vestidura sedujo tanto a Uriel como un hábito capuchino marrón, muy ajustado que encontró cerca de un uniforme militar, perteneciente a la Orden Franciscana
Cuando colocó el capucho alargado y cosido al cuello de la túnica, Uriel se sintió revestido del aliento necesario para combatir a las fuerzas del mal.