Capitulo VI

1245 Words
A lo lejos observaron el cuerpo de Teresa, que estaba esposada al lado de Alberto y el director Carlos III. —En Bedford (nombre de la institución) no se han visto nunca siniestros de esta naturaleza desde los días de su fundación. También, ella no es la causante del homicidio de las criaturas, sólo fue víctima de la situación, se los dije—Expuso Alberto. —Eso a lo que te refieres no hay certeza, la queremos muerta—Gritó un grupo de personas con aspecto grotesco, mismos que habían encendido la hoguera, situada cerca de donde se encontraba Teresa. —¿Que es esta gritería? ¡Silencio!—Ordenó el director. La agrupación que demandaba el cuerpo de Teresa parecía poseída por el diablo. —Eres un anciano de influencia semejante a todos, indolente e indiferente a las necesidades del pueblo— Exclamó un padre de familia, entre sollozos, como si le hiciera reclamos a un tirano. Las heridas psicológicas abiertas de los damnificados parecían descontrolarse ante la influencia de los oscuros, creando el ambiente perfecto para la venganza. El vulgo hizo mucho desorden y bulla, y procedieron a capturar a la chica. Parecía el límite de la locura contemplar como ni los militares y policías presentes conseguían frenar a la turba enfurecida. En el tiempo que Uriel apreció la escena, Teresa no dijo una sola palabra, ella mostró un notable control. Mientras era custodiada por los borgones, resultó herida por una flecha que se le clavó entre el cuello y el hombro Teresa fue transferida a una torre del mismo colegio con similitud al castillo de Ruan, sin viabilidad de escape. Allí permaneció encarcelada, encadenada y custodiada por un grupo de campesinos y soldados del mismo pueblo. Cuando -en las inmediaciones del pueblo- se difundió su nombre, numerosos clérigos tomaron acciones legales para liberarla, puesto que también había sido una m*****o notable de su precedente institución religiosa. El juicio de Teresa era una estratagema para deshacerse de una extraña prisionera con la máxima vergüenza para los miembros superiores de la institución, quienes -se aseguraba- eran responsables del mayor derramamiento de sangre humana y del atropello a sus derechos grabados en su historia. El desvivimiento de los chiquillos fue la gota que derramó el vaso y, por tal motivación apenas percibían remordimiento alguno por el sacrificio de Teresa. Los directores habían pertenecido a una dinastía que había ejercido poder e influencia política, económica y cultural -durante milenios- en aquella región, la misma era administrada por un gobierno local que había alterado radicalmente la vida, la salud y el futuro de los aborígenes. El sacrificio de Teresa era un modo de venganza acumulada en el tiempo, justa para manchar -de manera permanente- el prestigio de Bedford y visibilizar los actos infames cometidos en el pasado. Algunos teólogos estimaban que la santidad de Teresa era justa para sobrellevar los pecados perpetuados por sus antepasados. Se sabía que Teresa era extranjera y que guardaba semejanza genealógica con aquellos que ejercían poder en la institución. La delataba su fisonomía: el tono de su piel, el color de su cabello, y sus ojos claros. Algunos especulaban que pertenecía a la misma dinastía, además la generalidad de estudiantes no se asemejaban a ella. La mera concepción de sangre derramada excitaba a los demonios quienes, con pensamientos poderosos, cautivaban y tentaban a los opositores a realizar actos nefastos. Uriel estuvo presente durante toda la revuelta de manera anónima. Su hábito y capucha le permitieron hacerse pasar por un clérigo que defendía el nombre de su amiga. Teresa debía haber estado en manos de la Iglesia durante el juicio y custodiada por mujeres (monjas). En cambio, estaba encarcelada por nativos del lugar y custodiada por soldados ordinarios al servicio del mismo pueblo, al que se habían aliado. El tribunal, aparte violó la ley al negarle a Teresa el derecho a un asesor legal. El juicio se desarrolló en un Consultorio Jurídico del mismo colegio. Al inicio del proceso, Robert Hawk, fiscal general del pueblo Borgón se dirigió al tribunal diciendo: —El homicidio que debemos condenar y castigar ponen de manifiesto una premeditación tal, y ha sido tan infame que el pueblo Borgón no puede permitirse ignorarlas, porque hacerlo supondría ignorar los crímenes de lesa humanidad que han quedando impunes desde la antigüedad. El fiscal Flauchbert Washington la interrogó diciendo —¿Que hacía usted aquella mañana del 24 de febrero a las 11:43 am, cuando un puñado de testigos aseguran que se retiró de su institución? ¿Que justificación tiene usted de esta repentina ausencia en el aula? —Simplemente sentí una corazonada, un fuerte impulso de que algo malo sobrevenía. Cuando me dirigía en dirección a mi hogar, avisté a mi compañero siendo invadido por unas extrañas criaturas, que después advertí se trataba de unos estudiantes de Bedford. Ellos no tomaban conciencia de sus actos, parecían poseídos y procuraron deshacerse de mi y de mi compañero—Ante estas aseveraciones, la mayoría de asistentes y participantes del juicio estimaron sus palabras ausentes de base lógica, ya que los niños eran demasiado pequeños para hacerlos responsables de las acciones que Teresa testificaba. Aparte, a esa edad sus actos son considerados inimputables. Muchos de los escasos clérigos presentes confiaron de manera ciega en las palabras de la muchacha, dado que en años previos había demostrado nunca mentir, y eran más abiertos a creer en eventos sobrenaturales. Ella también había vaticinado el ascenso de Carlos III a la gobernación de la institución. Por esto y más hechos, durante la estancia en su anterior colegio Franciscano, sus amistades más cercanas acogían sus consejos fundamentados en la creencia de que eran fruto de inspiración divina. Para los adoloridos padres, la destreza de la estudiante para desvivir a más de una treintena de niños de un solo tiro, era una prueba de que el Diablo la poseía. —¿Que hay de su cercano camarada Uriel Wolfgang? está desaparecido desde que la prendimos a usted. Si realmente fuera inocente, daría la cara—Claramente no tenía forma de defenderse. Si Teresa argumentaba que Uriel era inocente ¿por qué no daba la cara? Por otro lado; si se exhibía, el pueblo no tendría conmiseración con él. Ella apenas pudo evadir las trampas que el tribunal le planteaba para atraparla. Por si fuera poco, aún venciendo a sus enemigos, los miembros del jurado jamás la favorecerían, ya que el juicio estaba diseñado para condenarla, todo estaba muy arreglado. —No sé dónde está Uriel, pero juro por mi sangre que es inocente. Se los dije y se los he venido diciendo, yo y Uriel recibimos acometimientos de niños posesos. Cuando el demonio líder se dirigió al río, los niños endemoniados se arrojaron al despeñadero, intentaron evitar que perezca el diablillo, ya que él comandaba a toda la legión... —Disculpe Su Señoría pero esta mujer, en plena Edad Contemporánea nos quiere hacer creer en supersticiones de la Edad Media—Declaró uno de los tantos abogados a favor de los padres de familia. Como la interrumpían y no la dejaban hablar, el juez principal golpeó fuertemente su martillo judicial diciendo: —¡Orden, orden, orden en la corte! —Esta joven es inocente, quienes la conocemos: sus docentes y compañeros cercanos hemos constatado que es una jovencita con una vida irreprochable, una buena cristiana, poseída de las virtudes de la humildad, la honestidad y la sencillez—Dió su testimonio Alberto, para defender a su alumna predilecta.
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