—Quiera El Creador que esas abominables orcas nos dejen en paz—decía Ariel, acongojado, con el cuerpo lleno de heridas, supurando infectadas. Todo estaba en tinieblas cuando llegaron al lugar,que les había servido para dormir, los días anteriores. —Desventurados hombres, ni siquiera nos declararon sus nombres. Y desdichado ballenato, yo quería que viniera a nuestro rescate— dijo Uriel, lamentándose. Muy en el fondo creía que su ballena madre se había manifestado en el cuerpo del ballenato, para ayudarlos sacrificándose. —¿Por que dices eso muchacho? Ese misticeto era un animal, no tu camarada. Acércame esas hebras por favor— decía Ariel, mientras cocía sus heridas con unas fibras vegetales trituradas. Había procesado plantas (tallos, hojas, etc.) para extraer sus filamentos, utilizándo

