Capitulo VIII

1021 Words
—Tu colocas el valor, dime ¿Que deseas?—Preguntó Uriel de un modo impulsivo. —Un alma por otra alma, eso ambiciono ¿Ves a aquella mozuela de allá?—Fenicio apuntó con su grueso dedo índice hacia donde se encontraba Beatriz, sentada sobre un taburete. Al segundo, una ola de frío atravesó el cuerpo de Uriel, no sabía que rumbo tomarían las vidas de sus allegadas, ni la suya propia. La turba vengativa emitía un sonoro ruido caótico, que obstaculizaba la profundidad en sus reflexiones. —Rápido amiguito, que resta poco para que aniquilen a tu camarada. —Pero ¿Es lícito hacer eso? el alma de Beatriz no me pertenece—La voz de Uriel se empezaba a oír estrangulada. —Pues... Sospecho que sí. Ustedes fueron el mismo ser humano en una vida anterior—Dijo Fenicio de manera astuta. A Uriel apenas le impactó la clarividencia del ser oscuro, le afligía errar al tomar una decisión. A la distancia vislumbró que estaba encendida la hoguera, y se disponían a la ejecución de Teresa. Al avistarla encadenada, lo asaltó una sensación de pena. Le resultó inconcebible la actitud indiferente con la que la arrastraban. Su rostro, que irradiaba santidad, no despertó el mínimo interés en la inmensa mayoría de los borgones presentes. La multitud enfurecida le arrojaba piedras, en tanto los soldados actuaban con firmeza, utilizando el poder militar contra los alborotadores. —Pero ¿que deseas exactamente de Beatriz?—Preguntó algo sobresaltado Uriel, puesto que carecía de tiempo. —Ella me resulta muy atractiva, pero no es mera atracción física, percibo que es dueña de una categoría de sangre distinguida, casi vale tanto como Teresa. Todo esto lo sé por su olor y por su comportamiento—Respondió Fenicio, el había sido el empleado encubierto que presenció la escena donde Beatriz besaba y lamía las heridas de Uriel. —Pero...¿Es una entrega permanente e irrevocable? —Sí piadoso Uriel, y mejor apresúrate, que la monja está cerca de retornar al polvo del que fue tomada¹. —Entonces sí, anda, vé, sálvala, usa tus facultades sobrehumanas para eludir este desastre—Uriel caviló que, con el transitar del tiempo idearía una resolución para liberar a Beatriz, pero, de momento, el tiempo que disponía para decidir sobre Teresa era minúsculo. —Desde ahora el alma de Beatriz me pertenece—Dijo muy eufórico Fenicio. Por la mañana, a Teresa se le permitió recibir los sacramentos a pesar de haber sido excomulgada. Después, por la noche, fue entregada directamente a los borgones y atada a una alta columna de yeso -de unas 236 pulgadas- para ser ejecutada, allí se le leyó públicamente su sentencia de condena. Vestía una túnica blanca. Varios testigos clericales dijeron que sería venerada como mártir. Atada al alto pilar, pidió a los frailes Juan Forgione e Isabel Nunzio que sostuvieran un crucifijo ante ella. Un soldado fabricó una pequeña cruz que ella besó y colocó en su vestido junto a su pecho. Un crucifijo procesional fue traído de la iglesia más cercana. Lo abrazó antes de que le ataran las manos. Al ella principiar a sentir el ardor de la llama de la hoguera, una sombra, referido por los presentes como un enorme ser oscuro. Contra todos los protocolos se aproximó a la condenada y, empleando sus colmillos, cortó las gruesas sogas que la ataban. Prendió su ingrávido cuerpo, elevándolo hacia el punto más prominente de la columna. Alberto evocó el evento más tarde y, según su versión, quién arrebató el cuerpo de Teresa se asemejaba a un leopardo -con su presa- trepando a lo alto de un árbol. Fenicio llacía junto a Teresa, ahora desatada y libre, encima de la columna de yeso. La muchedumbre daba alaridos de terror porque Fenicio había transformado su apariencia a una monstruosa y oscura, como la de un demonio. —Es una bruja ¡Quémenla!— gritó un ciudadano. A Teresa esto le hizo mucha gracia, ya que el pueblo era extremadamente supersticioso y, al ella defender la misma creencia que -ahora- la turba pregonaba, su testimonio recibió todo el asedio posible. La religiosa sentía más espanto de la muchedumbre violenta, que del -supuesto- ser sobrenatural que tenía a un lado. Fenicio se veía gigantesco comparado con el cuerpo de la joven. El ser de oscuridad elevó a la religiosa con sus manos orientadas al cénit y, con fuerza sobrehumana arrojó su insignificante cuerpo a un pozo de agua, situado exactamente en el centro de Bedford. El cuerpo recorrió unos 10 metros de caída. Antes de advenir al fondo del pozo, sufrió muchas contusiones por la colisión de su cuerpo con la pared de piedra que rodeaba el túnel vertical. La estructura tenía una profundidad aproximada de 30 metros. Como todo estaba muy oscuro, la generalidad de personas resolvieron demoler la columna de yeso, en lugar de rastrear a Teresa. Al hacerlo, los ciudadanos, con lanzas, alabardas y palos, embistieron a Fenicio. Para Uriel todo era muy desordenado y confuso, apenas descifraba lo que estaba pasando. Determinó buscar el cuerpo de su amiga. Con una linterna alumbró el fondo del pozo, donde ella permanecía. Se había desmayado. —¿De que orden es usted querido fraile? Su rostro me resulta familiar—Le dijo un anciano deforme al preocupado Uriel. —Me está confundiendo con alguien más—Contestó Uriel e intentó ocultar más su rostro con el capucho franciscano. —No no, querido monje, le digo que lo conozco—El anciano le retiró la capucha y una agrupación de personas -próximas al pozo- vislumbraron la cara desnuda de Uriel. Retratos de su rostro estaban distribuidos por todos lados para darlo a conocer como un criminal. —¡Es él, acorralemos al señor asesino!—Gritó un hombre. Al instante tenía a un copioso número de aldeanos a su alrededor. Uriel se aventó al fondo del pozo y también sufrió contusiones por la altura de la caída. Al observar a Teresa desmayada, se sumergió -junto a ella- bajo el agua para evadir los palos, lanzas y flechas que el aturdido pueblo les lanzaba.
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