El pueblo rodeó y atrapó el cuerpo de Fenicio, él se mostraba con carácter amenazante y terrorífico. Las personas más malvadas trataron de quemarlo, aunque, en vista de la fuerza sobrehumana que tenía, todos salían expelidos cuando los embestía con el impulso de una sola mano.
Los hombres más temerarios hicieron todo para encadenarlo. Lo elevaron sobre una tarima de escasa altitud.
Por causa de la resistencia del ser, le dieron paso a los eclesiásticos del lugar, ya que ni los soldados armados, ni el pueblo -con sus elementos bélicos existentes- alcanzaba a someterlo.
—¡Hay que descuartizarlo!—Gritaba el populacho.
Al aproximarse el obispo Luis Martin portando una medalla de San Benito, Fenicio mostraba aversión por el elemento sagrado.
El prelado pronunció oraciones de liberación empleadas en rituales exorcistas. Dijo:
"Dios omnipotente, ven en mi auxilio, vence al enemigo inicuo."
Y, acercando aún más la medalla, dijo:
"Cristo Salvador, por la fuerza de tu Cruz, ten misericordia de mí. Por el signo de la Cruz, líbranos de nuestros enemigos, Dios nuestro.
Honramos tu Cruz, Señor. Recordamos tu gloriosa Pasión. Ten compasión de nosotros, tu que padeciste por nosotros. Te adoramos Cristo y te bendecimos, que por tu santa Cruz redimiste al mundo."
La voz del encadenado era horrible, áspera y grosera. Profería insultos soeces y escupía continuamente al obispo, se reía de las oraciones y repetía despectivamente que no servirían para nada
Los hombres continuaban realizando considerables esfuerzos, ya que la fuerza del ser oscuro -en aquella primera sesión- era sorprendente, tuvieron que emplearse a fondo para mantenerlo tumbado.
En el transcurso de segunda sesión habían visto a Fenicio menos iracundo y había ofrecido menos resistencia física. Había comenzado el declive del espíritu, y ese debilitamiento se iba a ir acentuando sesión tras sesión:
Aún echándole agua bendita, para desmoralizarlos cantaba como si se encontrase en la ducha. Si le acercaban un crucifijo, decía con toda calma:
—Bah, eso no me hace nada.
Si le exorcizaban del modo más solemne y fervoroso, los despreciaba y decía con tranquilidad:
— No tienes ningún poder sobre mí.
Fenicio principió a comportarse como un perro. Durante un cuarto de hora o media hora, olfateaba todo, lamía cualquier objeto por sucio que estuviera y ladraba. En esos momentos no había chance de conversar con él, pues sólo respondía con ladridos.
Esto escandalizó mucho a todos los moradores de la zona y evocarían el suceso -más tarde- como una de las noches más terroríficas de su historia.
El tiempo pasó volando y ya comenzaba a amanecer. El único remedio que encontraron al problema fue encerrarlo, pero sus gritos fueron tan espantosos, rebasando los 150 kHz, que estimaron atormentaría por siempre al pueblo con su mera existencia.
Como Fenicio continuaba encadenado y custodiado por dos religiosos, se acercó Beatriz, a un ritmo pausado, y subió a la tarima junto a ellos.
—¿Tu quién eres muchacha?— Dijo algo molesto el fraile Fray Castilla
—No se acerque tanto señorita—Le ordenó el obispo Luis Martin, como si Fenicio fuese una bestia rabiosa.
Con gran resolución Beatriz dijo:
—Escuchen habitantes del pueblo Borgón, ha sido una noche muy intensa y llena de ferocidad. Sé que sus corazones no hallarán paz debido a los hechos espeluznantes y, debido al peso de su conciencia por el martirio provocado a una mujer santa. Considero apropiado no atormentar a este extraño ser que, así como salvó a la monja, así le corresponde la absolución. Así sus almas hallarán sosiego.
—Estás demente, a la monja le correspondía morir, ahora el pecado y las maldiciones del pueblo caerán sobre nosotros y sobre nuestros hijos—Levantó la voz una mujer con rasgos físicos poco destacables.
—Fuera de ahí niña, de lo contrario serás tú quien sea exterminada. La furia de los ardientes ojos de ese demonio turbó -de tal modo- nuestra alma afligida, que perdimos la esperanza de la salvación—Exclamó otro morador.
Los más supersticioso, en su afán a darle significado a los eventos y, en parte, para justificar al pueblo del gran pecado cometido la noche anterior, convencieron a los restantes pueblerinos de que el mal de Teresa había recaído sobre Fenicio.
Beatriz simpatizó con el pueblo; intuyó que nada, sino la muerte de Fenicio les dejaría en paz. Por lo tanto, con astucia les dijo:
—Pecado con pecado se paga. Emplearemos la misma táctica que utilizaron para desvivir a los chiquillos. Vamos, traslademos a esta oscura entidad a los mares, para que perezca igualmente ahogado.
La mayoría no resistió el sueño y la lasitud acumulados durante la noche ajetreada. Dictaminaron pues, dar la responsabilidad del cuerpo de Fenicio a los eclesiásticos, a Beatriz, y a unos verdugos dispuestos a dar muerte al joven. Con ellos -explicaban- era suficiente para dar constancia de su segura ejecución.
Arrastraron el cuerpo del condenado por las bacheadas calles hasta la zona de la playa.
Allí, el espectáculo atrajo la atención de los pescadores. Se reunieron alrededor de Fenicio, entre tanto el obispo Luis Martín pedía liberar su alma antes de su asesinato.
"El que habita al abrigo del Altísimo
Morará bajo la sombra del Omnipotente.
Diré yo a Yahvé: Esperanza mía, y castillo mío;
Mi Dios, en quien confiaré.
Él te librará del lazo del cazador,
De la peste destructora.
Con sus plumas te cubrirá,
Y debajo de sus alas estarás seguro;
Escudo y adarga es su verdad.
No temerás el terror nocturno,
Ni saeta que vuele de día,
Ni pestilencia que ande en oscuridad,
Ni mortandad que en medio del día destruya.
Caerán a tu lado mil. Y diez mil a tu diestra;
Mas a ti no llegará.
Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza,
Al Altísimo por tu habitación,
No te sobrevendrá mal,
Ni plaga tocará tu morada.
Pues a sus ángeles mandará acerca de ti,
Que te guarden en todos tus caminos.
Me invocará, y yo le responderé;
Con él estaré yo en la angustia;
Lo libraré y le glorificaré.
Lo saciaré de larga vida,
Y le mostraré mi salvación."¹
El exorcismo, aún así no dió fruto.