Como si de una escena épica se tratase, a lo lejos se avecinaba una mujer subida en un delfín, llegaba de un borde de la playa, tenía la cara muy lacerada y usaba una túnica blanca manchada de algas y arena. Como el rostro de Fenicio estaba irreconocible, ella le dijo:
—¿Quién es éste al que afligen?—Los religiosos dieron un brinco y deprisa la abrazaron. La conocían desde hace mucho tiempo atrás y se sentían muy gozosos de que haya sobrevivido. A los verdugos no les daba buena espina, conocían las acusaciones y la sentencia que pesaban sobre ella.
—Ven con nosotros, ahora recibirás lo que te mereces—Dijo un verdugo a Teresa.
—No te atrevas, estoy dispuesto a dar mi vida para salvaguardar la vida de mi compañera. Anteriormente no tuve la oportunidad de interponerme, mas ahora no consentiré que siquiera toquen a esta inocente mujer. Si ella muere, yo también—Dijo temerariamente el obispo Luis Martín, se sentía tan responsable de Teresa, como lo debieron estar de Juana de Arco en su tiempo.
Un insolente diputado de la Corte del pueblo se acercó, su actitud era decididamente ofensiva para Teresa.
—Le hará a usted mucho provecho dejar las sombras de este lugar y respirar el honesto aire de la Corte—Dijo altaneramente. El fraile Fray Castilla no pudo contenerse y, avanzando amenazante, le dijo:
—Otra palabra imprudente por parte suya, bastará para que lo arroje al suelo—Y avanzó ante el diputado amenazadoramente.
—¡Oh, miserable!—gritó el obispo—¿Cómo se atreve usted a pronunciar tales blasfemias en esta santa playa?"
Pero Teresa se puso protectoramente frente al abusador.
—No se exciten ustedes por tan poca cosa, este hombre está únicamente cumpliendo con su deber—Esto dijo dirigiéndose a los dos creyentes.
El diputado, confuso por esta variada recepción, sintió vergüenza de que, a quien condenaba saliera a su defensa.
—Es una mujer con la sangre sucia—Gritó un morador que se avecinó al suceso.
Desde el comienzo no se le guardó la consideración, pues menudearon las burlas y hasta los maltratos. Unos le tiraban del pelo, otros la empujaban hacia adelante con burlas obscenas y sátiras infames.
Teresa sospechó que difícilmente volvería a ser acogida por el pueblo y, mucho menos recuperaría su precedente prestigio.
Se acercó a Fenicio y dijo:
—Escuchen, voy a darle liberación espíritual a este prisionero atormentado. Así se comprobará la gran capacidad de mi alma para contrarrestar el mal. Si lo hago, quedaré absuelta de toda culpa. Ustedes son testigos de que ni la competencia del obispo es suficiente para aplacar a la criatura de energía oscura.
Entonces se aproximó a Fenicio y, observándolo fijamente a los ojos, dijo:
"Da spatium, maledicte, da spatium, impie, da spatium Christo, in quo nihil operum tuorum invenisti: quomodo spoliavit, qui deinde regnum destruxit, quomodo victus tuos alligavit et vasa tua spoliavit. Visita nos, te obsecramus, Domine, hanc habitationem, et remove ex ea omnes insidias inimici. Vade igitur, Agilieth. Plenus omni dolo et mendacio, inimicus virtutis, Agilieth innocentis. Quaeso, visita nos, Domine"
Fenicio mostraba tenaz y mortífera resistencia, se convulsionaba furiosamente haciendo sonar de manera estruendosa las cadenas, como si un demonio le hubiera entrado dentro. Por supuesto que entendía el latín cuando le hablaban en ese idioma.
Como estaban en la orilla de la playa, el delfín se situó muy cerca del poseso y emitió ondas sonoras que estimulaban el sistema nervioso central de Fenicio, que es el principal sistema que los demonios dominan. La frecuencia era tan elevada que interiormente Fenicio percibía que su cuerpo se estaba quemando
—¿Qué hace este mamífero marino? ¡Largo!—Le dijo un pescador -algo perturbado- al cetáceo. Al tratar de ahuyentarlo, Teresa le dijo:
—No no, el delfín está colaborando con el exorcismo. Los seres cetáceos son seres de luz, son seres espirituales.
Al no dar resultado los incansables esfuerzos, surgió de las profundidades Uriel, montado encima de la ballena azul. Ella emitió unas llamadas en una frecuencia fundamental de entre 450 y 513 Hz, de al menos 15 segundos de duración. A los pescadores estos cantos les evocaban los mismos cantos que emanan las ballenas jorobadas.
Desde su visión espiritual, tanto Uriel como Teresa y los religiosos allí reunidos, contemplaron a un terrible demonio desocupar el cuerpo de Fenicio. Finalmente quedó liberado. Era como si -en esencia- Fenicio no fuera malo, sino que un espíritu maligno se apoderaba de su cuerpo
Fue todo un espectáculo percibir a una tierna mujer y a los seres cetáceos exorcizar al poseso furioso, como si lo hubieran hecho toda la vida.
Tanto Uriel como su mártir amiga bajaron la guardia y consideraron que el pueblo, con las maravillas realizadas, les concederían el indulto. Empero Beatriz no se fiaba completamente de las intenciones de los presentes. Dió media vuelta, en sentido contrario al mar y, a lo lejos divisó que una turba se aproximaba con postura violenta y haciendo disturbios por doquier. La temerosa chica se dirigió hacia Uriel y le dijo:
—Uriel, tienes que escapar de aquí lo antes posible, sé cómo es la muchedumbre enfurecida y de ninguna manera te perdonarán lo que -estiman- has hecho ¡Huye!—Beatriz le dió un beso al mismo tiempo que lo abrazaba.
Uriel subió sobre la espalda de la ballena azul y le propuso a Teresa huír junto con él. Ella accedió. Los pescadores no realizaron ningún esfuerzo por detenerlos, los dejaron fugarse.
Antes de su intromisión en la sesión exorcista, Uriel se habia topado con unas redes de pesca en la orilla y había realizado, de manera maravillosa, unos nudos con los hilos y tejidos de las redes, que empalmó a las aletas pectorales del mamífero marino.
El mamífero desapareció de la vista de los presentes. Tanto Uriel como Teresa se encontraban sobre la espalda de la ballena, ambos se sostuvieron firmemente de las redes -una vez sumergidos- y viajaron como si cabalgaran al animal.