Capítulo 1
Los haces de luz se descomponían en destellos de todos los colores al atravesar el cristal de la botella de vino, llenando la mesa de reflejos inciertos bajo la luz tenue de la noche.
—Vamos… toma otra copa, aún nos queda mucho por disfrutar —insistió la voz ronca a su lado.
Kendall Morrison ya había perdido la cuenta de cuántas copas había bebido; la cabeza le daba vueltas y el ambiente se sentía cada vez más pesado, pero aquel hombre de aspecto grasiento y modales descuidados no mostraba ninguna intención de dejarla marcharse.
—Kendall, ya casi es la hora —dijo el presidente Macmillan, apartando su copa para pasarle los brazos alrededor de los hombros con un gesto posesivo—. Vayamos juntos a las aguas termales esta noche, y dejémonos llevar por todo lo que sentimos el uno por el otro…
Ella se apartó de un tirón, con un escalofrío que le recorrió la espalda. Sacudió levemente la cabeza para intentar recuperar el control de sí misma y respondió con voz firme, aunque contenida:
—No puedo. Tengo que estar pendiente de una paciente esta noche, no puedo faltar.
—¿Una belleza como tú perdiendo el tiempo cuidando a enfermos? —se burló él, soltando una carcajada que dejó al descubierto sus dientes amarillos y desiguales—. ¡Eso sí que es un desperdicio! Hay otras personas para hacer ese trabajo. Tú solo tienes que ocuparte de estar bien conmigo; eso es todo lo que importa.
A Kendall se le revolvió el estómago con asco, y la náusea que sentía desde hacía un momento se hizo mucho más intensa.
—Presidente Macmillan, usted prometió firmarme el contrato si accedía a cenar y beber con usted —recordó ella, tratando de no mostrar su inquietud—. Ese era el trato.
—Vaya, vaya… ¿todavía te haces la inocente? —murmuró él con una sonrisa maliciosa, mientras sus manos regordetas se abalanzaban sobre ella y tiraban con fuerza de su blusa blanca. Varios botones salieron despedidos al instante, dejando una abertura grande en la tela—. ¿Para qué tanta prisa por papeles? Es una noche maravillosa, y hay cosas mucho más interesantes de las que podemos ocuparnos. Una vez que estemos de acuerdo en lo demás, todo lo del contrato se podrá arreglar… te lo aseguro.
Era evidente que aquel hombre tenía muchos más años que su propio padre, y sin embargo fingía familiaridad y cercanía, con una actitud que le resultaba tan repugnante como si hubiera tragado algo podrido.
Ya no pudo contenerse más. Fingió que el alcohol le había nublado por completo el juicio, y con un movimiento rápido y decidido, tomó la copa que tenía más cerca y la golpeó con fuerza contra su frente. El cristal estalló en mil pedazos al instante, y la piel del hombre se abrió; la sangre comenzó a correrle por la cara manchando su ropa de inmediato.
Macmillan se llevó las manos a la herida y soltó un grito furioso, con la voz desgarrada por la rabia:
—¡KENDALL MORRISON! ¡CÓMO TE ATREVES A HACERME ESTO! ¡NO CREAS QUE ESTO SE QUEDARÁ ASÍ, PUEDO HACER QUE DESAPAREZCAS HOY MISMO!
—Si te atreves a dar un paso hacia mí… —empezó a decir ella. Su voz no sonó temblorosa, sino fría y cortante, mientras le mostraba el teléfono que sostenía en la mano, cuyos dedos estaban manchados de la sangre del hombre—… todo lo que dijiste y me hiciste está grabado. Y ese archivo ya se envió a una persona de confianza. Piénselo bien, presidente: ¿cree que podría ocultar lo que pasó aquí si algo me llegara a suceder?
Sus palabras fueron breves, directas y una amenaza real e irrefutable. Para él, ella era como una rosa hermosa pero llena de espinas: algo que deseaba apresar, pero al que temía acercarse por miedo a salir herido de nuevo. No tuvo más remedio que quedarse ahí, inmóvil, golpeando el pie contra el suelo de pura impotencia, mientras ella se daba la vuelta y salía del lugar con paso firme hasta perderse de vista.
Solo cuando estuvo fuera, bajo la luz de la calle, los ojos de Kendall se llenaron de lágrimas que no pudo detener; corrían por sus mejillas, mezclando la ira con la angustia de todo lo que acababa de vivir.
Sabía que había actuado con inteligencia, que había sabido defenderse y salir ilesa de una situación terrible. Pero a pesar de todo, se sentía vacía y destrozada por dentro.
Necesitaba reunir 308 mil dólares para cubrir todos los gastos médicos de su madre. Ni un dólar menos.
Si alguien se lo hubiera preguntado meses atrás, jamás habría creído que llegaría el día en que su vida dependiera de esa cantidad de dinero, ni que tendría que rebajarse de esa forma para intentar conseguirla.
Lo que hacía que todo pareciera aún más cruel y absurdo era saber que ella tenía un padre. Un hombre que en ese preciso momento disfrutaba de unas vacaciones lejanas, junto a su esposa y sus dos hijas, ajenos por completo a su sufrimiento y a la gravedad de lo que ocurría en su propia familia.
Kendall había intentado llamarle varias veces, pero nunca obtuvo respuesta. Al día siguiente vencía el plazo límite para el pago, y ya no importaba si Julian Morrison había olvidado hacer la transferencia o si simplemente había decidido dar la espalda a su propia esposa.
Las lágrimas asomaron a sus ojos, irritados y cansados, aunque ella se obligó a retenerlas. Apretó los dientes y, al final, tomó la decisión más difícil: debía hacer acopio de valor y llamar a su prometido, Ian Sullivan.
Kendall nunca le había mencionado nada sobre sus problemas económicos desde que comenzaron su relación, pero ahora que se encontraba al límite de sus fuerzas, tendría que dejar a un lado su orgullo y pedirle ayuda.
El tono de espera se prolongó durante largos segundos, hasta que por fin se escuchó que la llamada era atendida.
Haciendo un esfuerzo inmenso por no dejar notar la voz quebrada, reunió todo su valor y comenzó:
—Ian, hay algo muy importante que necesito decirte. Quería pedirte...
Antes de que pudiera siquiera mencionar el motivo de su llamada, una voz dulce, suave y cargada de malicia respondió al otro lado de la línea:
—Hola... ¿buscas a Ian?
Kendall aferró el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sintió que la sangre se le helaba en las venas al instante, y preguntó con dificultad:
—¿Quién... quién eres?
—¿Cómo que quién soy? —respondió la otra mujer—. Soy Jillian. ¿No te acuerdas de mí?
Jillian Lynch era conocida por su belleza llamativa y su voz melodiosa. Sin embargo, desde que había quedado en segundo lugar frente a Kendall durante un concurso de belleza en la universidad, guardaba un profundo rencor y buscaba cualquier oportunidad para hacerle daño.
Kendall intentó convencerse de que todo aquello no podía ser más que una coincidencia. Se negaba a creer que Ian fuera capaz de traicionarla.
—¿Tú...? —alcanzó a decir, pero sentía la garganta tan seca que apenas le salían las palabras—. ¿Cómo tienes el teléfono de Ian?
—¡Vamos, Kendall! Cualquiera podría adivinarlo, aunque pensara con los pies —se burló Jillian—. La razón es muy sencilla: porque estoy aquí, con él. ¿No te da curiosidad saber qué es lo que estamos haciendo en este preciso momento?
A Kendall le faltó el aire; sintió como si algo le apretara el pecho con fuerza al escuchar aquellas palabras.
—Ian parece un caballero tan serio y educado, pero debo decirte que es todo un diablo cuando está en la cama —continuó ella con tono descarado—. Casi siento que pierdo el control con él... no se conforma con nada y siempre quiere más, así que yo me he encargado de estar a su altura y complacerlo en todo lo que desea. Y además... me ha dicho que contigo todo es muy aburrido. Dice que siempre te muestras tan distante, tan recatada, que nunca le permites que se acerque de verdad a ti.
Tenía la garganta tan seca que le empezaba a doler, pero en el fondo de su corazón seguía queriendo creer en él. Estaba segura de que Jillian decía todo aquello con la única intención de lastimarla; solo una tonta le daría crédito. Se consideraba lo bastante lista para no caer en sus juegos ni en sus mentiras.
—¡Jillian Lynch, no voy a creer ni una sola palabra de lo que dices! —respondió con firmeza—. ¡Ian nunca se fijaría en ti, aunque se quedara ciego!
—¡Kendall Morrison! ¿Cómo te atreves a hablarme así? —replicó ella, ofendida y furiosa.