CAPÍTULO TRECE Emily no estaba segura de haber conseguido dormir ni siquiera una hora entera aquella noche. La cabeza no dejaba de darle vueltas, pensando sin cesar. Se sentía hiperactiva y en guardia y saltaba al más mínimo ruido. Se levantó al instante de la cama en cuanto sonó su despertador a las seis; lo último que quería era que su madre se paseara por la casa sin nadie que la vigilase. Si insistía en quedarse allí, Emily tendría como mínimo que tenerla siempre a la vista. Se vistió a toda prisa y en silencio, sin querer despertar a Daniel, aunque éste acabó abriendo los ojos de todos modos. ―¿Te vas? ―le preguntó soñoliento. ―Debería dar de comer a los perros ―contestó ella mientras se abotonaba la blusa―. Y a las gallinas. Y al dragón. Daniel sonrió divertido. ―¿Quieres que

