Fuertes empujones obligaban los pasos de una aterrada azucena quién era llevada técnicamente a la fuerza a un terreno abandonado en la parte trasera de la mansión Morgan. Sus tres hermanos mayores custodiaban su camino directo a éste terreno baldío el cual muchos ignoraban que existía, o simplemente lo habían olvidado. Era el sitio perfecto para que vándalos como los trillizos Morgan (Alan, Alen, y Alex) hicieran de las suyas llevando sus bromas cada vez más y más lejos. Hasta el punto que habían dejado de ser travesuras para convertirse en crímenes bastantes preocupantes. Ahora era la indefensa Azucena la próxima víctima de sus insoportables abusos. Siendo amenazada con un cuchillo de cocina, sería trasladada hasta un viejo cuarto de herramientas para hablar un poco con ella y dejarle unas cuántas cosas claras.
— ¡Yo no ví nada! — Azucena lloraba aterrada, su mentón temblaba de manera descontrolada mientras caminaba despacio entrando a ese pequeño cuarto al igual que una oveja caminaba al matadero. Ella mejor que nadie sabía la oscuridad que existía dentro de los corazones de sus hermanos — ¿van a matarme?
— Eso depende de tí. Eres la única testigo de lo que pasó anoche, y como entenderás... No podemos arriesgarnos a que habrás la boca, porque podríamos terminar en la cárcel — Alan tomó sorpresivamente el cuello de Azucena comenzando a lastimarla apretando con fuerza — danos una razón para no matarte ahora mismo y comenzar a atar todos los cabos sueltos.
— No diré nada, no diré nada — Azucena se esforzaba para lograr hablar teniendo su garganta comprimida por la presión que ejercía la mano de su hermano mayor sobre ella.
— ¿Ustedes le creen muchacho? — Alan volteó a medias mirando a sus otros dos hermanos quienes reían disfrutando malévolamente de ese espeluznante espectáculo que solamente ellos podrían encontrar divertido — yo aún no le creo mucho... Alex... Pásame el cuchillo.
— ¡Aquí tienes hermanito! — Alex entregó en las manos de su siniestro hermano, ese cuchillo de cocina. El mismo con el cuál amenazaban con anterioridad a la pequeña Azucena
— Alan, por favor.. Te juro que no diré nada — Azucena gritaba llorando mientras miraba directamente al filoso cuchillo que se acercaba lentamente a su cara.
— Siempre te has creído una de nosotros, una... Morgan más. Pero tú jamás estarás a la altura de nuestro apellido. Solamente eres la hija de un empleado y una puta que no pudo mantener las piernas cerradas. Mi padre te mantuvo aquí en la mansión por lástima, porque solo eso Inspiras a las demás personas, lástima — Alan abusaba psicológicamente de la pobre Azucena, aprovechándose de lo indefensa que ésta se encontraba — lo peor de todo, es que pretendas cobrar una parte equitativa de nuestra herencia. Pero tú no deberías tener derecho a esa fortuna. Tú papá era solamente un mayordomo violador que se aprovechó de la facilidad con la que tu madre provocaba a hombres foráneos.
— Basta, basta — Azucena lloraba desconsoladamente. Todas aquellas palabras siempre le habían dolido muchísimo. Esa historia de su origen, todo ese abuso de parte de sus hermanos por el hecho de todo ese odio que sentían contra ella a verla como una usurpadora que solo quería robarles su dinero. Para Azucena todo aquello era como una daga en su corazón, puesto que ella era una niña de buenos sentimientos, que a pesar de el mal comportamiento de sus hermanos, los amaba inmensamente — yo no quiero ese dinero, no quiero robarte ni un centavo de tu herencia. Yo no pedí ser hija de ese señor mayordomo, así como tampoco quería mirarlos con la señorita Amber. Por favor deben creerme, yo no diré nada.
— ¿Qué dicen ustedes muchachos?, ¿Le creemos? — preguntó Alan sarcásticamente mirando a sus hermanos.
— No lo sé muchachos, algo me dice que esta mocosa abrirá su boca en la primera oportunidad que tenga. Miren sus ojos, ella nos odia. Desea obtener toda nuestra herencia... Es una usurpadora que solamente desea lo que nos pertenece por derecho — Alex sembraba la semilla de la cizaña en la retorcida mente de sus malévolos hermanos.
— Por favor muchachos, saben que si pudiera renunciar a la herencia, ya lo hubiera hecho. Pero saben que el señor Morgan puso una cláusula donde es imposible que ese dinero no llegué a nuestra manos de ninguna manera... Quiera o no, ese dinero será mío, dinero el cual yo nunca pedí... No deberían odiarme a mí, deberían odiar a su padre por tomar esa decisión de incluirme en su testamento, por, como ustedes le llaman.. "Lástima" — Azucena hablaba lenta y pausadamente sintiendo el frío filo de ese cuchillo amenazando su garganta.
— Me perece que, por ahora tenemos demasiados problemas como para seguir agregando más a la lista. Te diré que haremos, te dejaremos ir por esta ocasión, pero ya sabes que te pasará si se te ocurre, por remota casualidad abrir la boca — Alan retiraba el cuchillo de su cuello para que Azucena suspirara profundamente sintiendo un gran alivio — eres la única testigo de lo que pasó, para nosotros será muy fácil saber que fuiste tú la que nos entregó. Yo que tú andaría con mucho cuidado.
— ¿Y Amber? ¿No han pensado en la posibilidad de que ella recuerde todo lo que pasó y vaya directamente a la policía a acusarlos? — Azucena ponía otra carta sobre la mesa para dejar abierta otra posibilidad. Al fin y al cabo, era su pellejo el que estaba en juego ese día — visto desde ese punto, yo no soy la única testigo.
— ¡No te preocupes por ella! — Alan sonreía maquiavélicamente mientras volteaba a ver a sus hermanos quienes reían con la misma mueca malvada al recordar su diabólico plan — ella no hablará, puedes confiar en nosotros. Amber Wilson, no dirá una sola palabra.
— Entonces yo tampoco diré nada, y si nadie dirá nada, eso significa que nunca pasó nada — Azucena sonreía nerviosamente, sintiendo el deseo incesante de salir de ese lugar de inmediato — ¿ya me puedo ir?
— Si, si, claro. Solo una última cosa.. Queremos que te quede muy, muy claro que estamos hablando en serio, y espero que esto sea suficiente — Alan con mucha crueldad pasó el cuchillo por el brazo de Azucena causándole una herida bastante considerable. Luego los hermanos se marcharían ríendo tranquilamente mientras dejaban a su hermana menor allí agachada llorando de dolor y tratando de detener la fluyente hemorragia con su otra mano.