CAPÍTULO 5 "UN IMPULSO"

1106 Words
Amber Wilson miraba con horror la pantalla de su teléfono mientras reproducía ese grotesco vídeo donde los tres trillizos Morgan la violaron. Sentada en su cama, ahogaba su llanto tapando su boca fuertemente con su propia mano con la intención de que su padre, el señor Wilson, no le escuchara sufrir. Por nada de el mundo se podía dar el lujo de que ese contenido llegará a internet, puesto que sería el fin de su vida. Su novio la dejaría sin pensarlo dos veces, y toda la popularidad de la cual gozaba en el instituto, se esfumaría rápidamente. Ella había decidido dejar todo así, que los hermanos Morgan se salieran con la suya. Sin embargo quería ir hasta la mansión a decirles un par de cosas a la cara, desahogar un poco todo ese odio que sentía en aquel momento quemando sus entrañas. Esos patanes la debían oír, y ella haría que se arrepintieran de lo que le hicieron. Fernán Morgan finalmente llegaba a tierra luego de ese extravagante viaje a través de el caribe a bordo de el crucero que alquiló para su fiesta privada, y en la cual se celebraría la firma de tan importante contrato. Una limusina muy bien escoltada con hombres elegantemente vestidos, lo esperaba para llevarlo hasta el aeropuerto donde posteriormente regresaría a su hogar. Deseaba ver a sus hijos nuevamente. Él disfrutaba mucho inmiscuirse en sus vidas, controlarlos como le diera la gana. Al fin y al cabo, era este magnate quien les brindaba todo esos increíbles privilegios. Muchas veces abusando de ese poder que ejercía sobre estos chicos. Tal vez eso explicaba un poco lo malévolo que resultaban algunos. En especial los trillizos. Azucena trataba de llegar rápidamente a su habitación. Necesita ayuda con urgencia, esa herida sangraba de manera alarmante y escandalosa. Buscaba con premura algo de alcohol para limpiar su herida y una gasa para tratar de detener la hemorragia. Entre los anaqueles de la elegante cocina, manchando el encerado piso con su roja sangre, temiendo perder el conocimiento en cualquier momento debido a toda la sangre que había perdido. No pudo evitar hacer ruido al dejar caer todo lo que encontraba a su paso. Esto llamaría la atención de la señora Estancia Bellafuente, esa ama de llaves con décadas de servicio dentro de la mansión, y que siempre había sido tan amable con Azucena. La señora Estancia entraba rápidamente a la cocina de la mansión Morgan para averiguar de que se trataba todo ese escándalo. Al ingresar se encontraría con la pobre chica tirada en piso casi desmayada con todo el brazo ensangrentando y sus ojos parcialmente blancos, al igual que su pálido rostro. En un gesto de completa exaltación, Estancia gritaría: — ¡Santo Dios bendito! Pero niña Azucena, ¿Qué le pasó? ¿Qué es toda esa sangre? — Estancia acudía rápidamente a la ayuda de Azucena usando una de las elegantes servilletas con las cuales adornaban las mesas dónde comían los habitantes de la mansión, para detener el sangrado de la adolescente que fluía como un río imparable. — Me caí Estancia, me caí en el jardín, y me herí con las tijeras de el jardinero. Fue mi culpa, lo siento. Soy una completa idiota — Azucena hablaba entre gestos de dolor mientras era atendida por esa ama de llaves. Quien al parecer era una de las pocas personas quien la habían tratado bien desde niña. — La herida es muy profunda mi niña, necesita sutura y algo de antibióticos para evitar una posible infección — Estancia intentaba levantarla con la finalidad de llevarla a una clínica cuánto antes. — ¡No!, ¡Al hospital no! — respondió Azucena rápidamente recordando la amenaza de sus hermanos. No podía arriesgarse a que tan si quiera ellos sospecharan que los había traicionado. Era un riesgo que no estaba dispuesta a correr por nada de el mundo. Pero también notó de manera muy obvia que esa señora se había percatado de que algo raro estaba pasando, así que debía decir algo pronto para calmar la curiosidad de la señora Estancia — Es qué... Es qué... Yo le tengo pánico a los hospitales. Tiene que haber alguna forma de que tú me puedas curar aquí. — De ninguna manera niña Azucena, ¿No está viendo lo profundo de la herida?, necesitas sutura, y algo de tratamiento que evite cualquier infección, puesto que éstas suelen ser muy peligrosas — Azucena estaba en toda una encrucijada sin saber que hacer, ¿Cómo diablos haría para proteger su salud sin que sus malévolos hermanos, no desconfiaran de ella? En ese mismo momento, los trillizos disfrutaban tranquilamente en el terreno baldío detrás de la mansión. En ese mismo espacio en el cuál acababan de herir a su propia hermana. Ahora se divertían cortando cosas con ese afilado cuchillo, cuando recibirían una inesperada visita. Se trataba de la mismísima Amber Wilson, quién no pudo aguantar otro día sin confrontar a esos odiosos patanes. Necesitaba gritarles mil cosas en las caras, y exactamente a eso fue a la mansión Morgan. — ¡Vaya, vaya!, pero, ¿A quién tenemos aquí?, La mismísima Amber Wilson. La súper estrella de el porno. ¿Será que vino por una segunda ronda? — Alan reía sarcásticamente provocandos también la risa de sus hermanos. — ¿Creen que pueden abusar de mí, o de cualquiera, y salirse con la suya? — Amber gritó fuertemente llegando a estar frente a esos tres hermanos, pero era Alen quién empuñaba el cuchillo tratando de lucir amenazador. — No lo creemos... ¡Estamos seguros!, es más, ya lo hicimos — dijo Alex con una soberbia impresionante. — ¿Están seguros? — preguntó Amber sonriendo levemente mirando al suelo sin poder creer la pésima actitud de esos criminales. — ¿No estás segura?, puedes mirarte a tí misma. hicimos lo que quisimos contigo, y ahora debes morir en silencio. Porque sabes que si abres la boca, toda tu vida se va a la mierda — Alen expresó mientras jugueteaba con ese cuchillo. — Entonces, en ese caso. Creo que alguien debería de detenerlos, ¿No es así? — Amber levantó momentáneamente el rostro para mirarlos fijamente a los ojos. — ¿Y cómo lo piensas hacer?, ¿Nos chuparás los p***s hasta matarnos? — dijo Alex para provocar las risas de sus hermanos. — ¡No exactamente! — respondió Amber mientras desenfundaba un arma de fuego que traía en la parte trasera de su pantalón, y con la cuál ahora les apuntaba directamente a la cara preparada, y lista para disparar — Ahora bien... ¿Quién de ustedes, basuras, se quiere morir primero?
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