—¿Puedes creer que después de todo lo que hablamos, él me envió un mensaje llamándome Luís?
Stanley revienta en carcajadas sin importar que su boca esté llena del emparedado de jamón y queso que le ha preparado su madre para la merienda. Ella no está interesada en lo que pueda decir el resto, si quiere reírse, lo hará de igual manera y, al parecer, mi historia de cómo Rome se despidió la noche anterior le causa demasiada gracia. Y es que si me contaran una historia así a mí, estaría en la misma situación.
Es bastante cómico si lo ves desde el punto de vista de Stan. Por mi parte, yo quedé frustrada y con ganas de tener a Rome entre mis piernas.
Sin embargo, la intriga puede mucho más que la calentura del momento y después, cuando mi cuerpo se enfrió, comencé a pensar, tratando de buscarle una explicación a tal extraña despedida.
—No puedo creer que ese tipo de cosas sigan sucediendo. —se burla mi amiga, un poco más calmada de su ataque de risa.
—Y yo no puedo creer que después de todo lo que te conté, sólo tengas eso para decir.
—Lo siento —dice entre risas—, pero debes admitir que fue chistoso.
—Sí, mucho, ja-ja. Ahora, ¿podrías colocarme atención?
Espero unos segundos más hasta que se tranquilice. Cuando la serenidad vuelve a ella y yo estoy segura de que no me interrumpirá, le pregunto:
—¿No te parece extraño que me haya cambiado el nombre de un momento a otro?
Stanley mira hacia ambos lados en la cafetería, asegurándose que nadie nos está escuchando. Aquí, las paredes tienen oídos y un rumor caliente se esparce como la pólvora.
—Quizás estaba con otra.
—¿Tú crees?
Ella asiente —¿Por qué más iba a ser? No te va a llamar Luís si sólo está con un amigo, ¿no crees?
—Sí, tienes razón... —concuerdo con ella pero, me encojo de hombros—. Pero, no me importa.
—No debería por qué importarte.
Estoy a punto de hacer un comentario suspicaz, cuando Logan se acerca a nuestra mesa y, oh, sorpresa; junto a él viene el mejor amigo de Rome. Alzo la mirada lentamente, recorriendo el rostro de ambos chicos. Mi hermano, como es de costumbre, me mira con esa preciosa cara de culo que me dan ganas de borrar con una patada. Steve trae el pelo tan engominado que me dan nervios. Cuando lo veo peinado de esa manera me entran unas ganas de saltar sobre su espalda y tirarle los pelos hasta que entienda que ese peinado no le queda bien.
—¿Qué quieres?
Logan alza la ceja.
—Tengo entrenamiento ahora y después de clases iré a la casa de un compañero —informa Logan—. Ten las llaves.
Extiendo mi mano, recibiendo el juego de llaves que mi hermano me tiende. Por la mirada que me lanza, me quiere decir que no quiere sorpresas en la casa pero como a mí me importa tres hectáreas lo que opine mi hermano, lo ignoro.
—Entonces, como te iba contando... —reanudo mi conversación con Stan pero me detengo a medio camino porque Logan sigue parado frente a mi mesa—. ¿Se te ofrece algo más?
—No quiero sorpresas, Abed. Recuerda que yo estoy a cargo.
—Sí, sí, como digas. —hago un ademán para restarle importancia y cuando finalmente se va, suelto un suspiro— A veces lo detesto.
—Ese chico se está volviendo un completo grano en el culo.
—Ni que lo digas —ruedo los ojos—. Tengo que aguantarlo todos los días. No veo la hora que ya se vaya a Los Ángeles a estudiar.
Stan ríe —Mejor sigamos en lo que estábamos hablando. Ahora que tu hermano no estará... ¿qué tal una sesión de fotos hot? Puedes tenerlas guardadas en tu celular en caso de alguna emergencia... ya sabes a lo que me refiero.
—¿Tú crees...?
—No lo creo. Estoy segura.
Sonrío con malicia y busco al causante de mis orgasmos visuales hasta que lo encuentro. Sentado en la misma mesa de todos los días, Rome está junto a sus compañeros de equipo pero está como ausente. Su mano izquierda sostiene una lata de refresco muy cerca de su boca mientras que su mano derecha maneja el celular. ¿Qué tanto estará esperando que no puede apartar la mirada del móvil? Sus amigos le hablan pero él hace como si ellos no existieran.
—Ahora que lo pienso, él ha estado todo el día así. Ausente. —informa Stanley bebiendo de su botella de agua.
—¿Qué crees que esté pasando por esa cabeza bonita?
—Averigüémoslo.
La miro —¿Cómo?
—Envíale un mensaje de parte de Lola, estúpida. No sé por qué pero, tengo el presentimiento de que está esperando uno de tus mensajes.
Decido hacerle caso. De inmediato, el estómago se me aprieta por los nervios pero, decido ignorarlo y mandarle un mensaje. Quiero ver cómo reacciona cuando una chica le está calentando la sopa por mensajes mientras él está con sus amigos.
Lola: Hola, sexy
Al parecer, Stanley tenía razón porque apenas Rome chequea el mensaje, sonríe. Sonrío yo también y comparto una mirada cómplice con mi amiga.
Rome: Hola, guapa. Que tal todo?
Lola: Aquí, aburrida. ¿Qué hay de ti? ¿También estás aburrido?
Rome: Sí. Estoy en receso y aunque no lo creas, estaba esperando que me escribieras.
—Te lo dije... —susurra la chica a mi lado sin quitar los ojos del móvil. Mis manos tiemblan un poco.
Rome: Lo siento por haberme ido así anoche. Fui un completo idiota.
Lola: Ahórrate las explicaciones, sexy. No estoy interesada.
Veo a Rome sonreír. Se muerde el labio de tal manera que mi boca se vuelve agua. Dios bendiga esos labios que te hacen tocar el cielo.
Rome: Puedo saber de qué color es tu ropa interior?
Lola: Mi braga es negra. No traigo brasier el día de hoy. ¿Vas a castigarme por eso?
Rome: Tengo un par de castigos en mente...
Lola: Yo sólo te tengo a ti en mi mente. Atado a mi cama. Con los ojos vendados. Desnudo.
Stan me golpea en el brazo y con la cabeza señala hacia el frente. Cuando miro en la dirección que ella está señalando, me doy cuenta que Rome se está acomodando en la silla, moviéndose de un lugar a otro. De pronto, toma la chaqueta del equipo de fútbol que había estado colgada en el respaldo de su asiento y se cubre la entrepierna.
—Alguien se acaba de calentar... —canturrea Stanley y yo río con malicia—. Sigue, a ver si se va a echar una al baño.
Rome: Qué más tienes en mente, bebé?
—Necesito irme de aquí. —anuncio y en menos de lo que puedo esperar, escapo de ahí y me encierro en el baño con la respiración agitada y un nudo en el estómago. Bajo la tapa del inodoro y me siento, lista para aprovechar los pocos minutos que me quedan de receso.
Lola: Estoy a punto de comerme un pequeño pote de helado. Me gustaría esparcirlo por distintas partes de tu cuerpo...
Lola: Y lamerlo.
Rome: Joder... estás haciendo que me ponga duro y estoy en receso, rodeado de personas.
Lola: Ve al baño. Enciérrate en un cubículo y llámame.
Por un segundo, dudo si Rome me haría caso. Claro, eso fue hasta que Stanley me envió un mensaje diciendo "Rome acaba de salir del comedor con un prominente bulto en los pantalones."
Mi teléfono vibra entre mis manos y siento que mi corazón se salta un latido. Santísima mierda, Rome me está llamando.
Aclaro mi garganta, trago saliva y le respondo:
—Hola... —para mi sorpresa, mi voz escapa de mi boca como un ronroneo.
—j***r, me has puesto duro con sólo un par de palabras.
¿Alguna vez han sentido un orgasmo auditivo? ¿No? Pues yo lo acabo de sentir. Escuchar la voz de Rome contra mi oído (aunque sea a través del teléfono) envía un sinfín de sensaciones a través de mi cuerpo. La respiración se me acelera en cosa de segundos y a pesar de la nubosidad que me nubla la mente, necesito estar alerta por si alguna chica ingresa al baño.
—¿Quieres que juguemos un poco? —trato de no sonreír pero mi voz se oye juguetona. Rome ríe al otro lado del teléfono.
—Me encantaría.
Respiro profundo, me acomodo y cierro los ojos. Necesito estar relajada para esto. No es la primera vez que practico sexo por teléfono pero, sí es la primera vez que lo hago en el baño de la escuela. Estoy nerviosa pero el solo hecho de pensar ser descubierta, me llena de adrenalina.
—Necesito que te acomodes y cierres los ojos —indico y espero unos segundos—. ¿Listo?
—Y duro.
Sonrío —Respira profundo y dime qué es lo primero que viene a tu mente.
—Todo está oscuro pero sé que estás ahí. El aire caliente de la habitación envuelve mi cuerpo, no puedo mover las manos. Comienzas a acercarte y con cada paso que das, mi entrepierna se endurece bajo el bóxer. Entonces te detienes, justo al lado de la cama.
Yo también estoy con los ojos cerrados, la respiración acelerada y con mis dedos a punto de escabullirse bajo mi pantalón y braga. Relamo mis labios porque en mi mente puedo ver exactamente lo que Rome ha descrito.
—Estiro la mano y la punta de mis dedos roza tu bulto... —susurro y lo escucho jadear. Trago saliva—. Bajo mi toque, tus caderas se alzan y tu erección cubierta con la tela del bóxer choca contra mi palma. ¿Quieres que te toque?
—Mierda, sí. Quiero que me toques, que me chupes y que me montes.
Inhalo con fuerza; hace mucho calor aquí.
—Me subiré a la cama y te rodearé con mis piernas... ¿sientes la presión cuando me rozo?
—S-sí...
—Mis dientes capturan el lóbulo de tu oreja y lentamente, voy dejando mordiscos y lamidas por tu cuerpo. Presiono los labios bajo tu ombligo y mis dientes sujetan con fuerza el elástico de tu bóxer. Los quito con lentitud mientras que tú tironeas de tus manos para soltarte.
—Quiero tocarte... —su voz se escucha entrecortada, casi como si estuviera sufriendo.
—Lo sujeto con mis manos —él gime. Es un gemido tan ronco que yo tengo que apretar las piernas. Tengo que admitirlo, hacer esto con Rome me pone caliente—. Fuerte. Duro. Lento.
—Acerca tu boca, por favor...
—¿Por qué, Rome? —le pregunto. A pesar de los jadeos que suelta, escucho cómo se masturba— ¿Por qué quieres que acerque mi boca?
—Porque quiero acabar con tus labios alrededor de mi polla.
—¿Debo chupar como si fuera una paleta?
—Mierda, sí —él gruñe—. Tú solo chúpala.
—Voy a deslizar mi lengua y estás caliente. La deslizo lento hasta que llego a la punta y la beso suavemente antes de introducirla por completo a mi boca. Cuando entierro mis uñas en tus muslos, tú gruñes y alzas las caderas haciendo que la punta de tu pene choque en mi garganta.
—Mierda... tienes que agradecer que estoy con las manos atadas porque si no fuera así, follaría tu boca hasta que me pidieras que parara. —gruñe entre dientes.
—Me encanta cuando hablas sucio, Rome. Es tan caliente...
Seguimos jugando un rato más, él dice un montón de cosas que no logro comprender, tal vez sólo son gruñidos pero, lo único que alcanzo a oír con total claridad es cuando él suelta un gemido profundo y liberador, demostrándome de esa manera que se ha corrido.
Me quedo en silencio, con las piernas bien juntas y tratando de controlar el latido desenfrenado de mi corazón. Rome y yo nos quedamos en silencio pero, logro escuchar su respiración que comienza a regularse conforme los segundos pasan. Ninguno dice nada pero, quiero imaginar que Rome está con el pantalón a la rodilla, su mano manchada de semen y su cuerpo derrotado sobre la tapa del inodoro.
—¿Sigues ahí? —pregunta.
Me aclaro la garganta y emito un sonido afirmativo.
—¿Cuándo nos veremos?
—¿Qué?
Sí, he escuchado perfectamente bien pero, necesito que él repita lo que ha dicho porque... ¡no puedo creerlo!
—j***r, una completa desconocida ha hecho que me masturbe en el baño de la escuela... necesito conocerte.
Suelto una risita, totalmente complacida por estar oyendo eso.
—Muy pronto nos veremos, Rome.
Y sin esperar a que él responda, corto la llamada. Él no intenta llamarme y se lo agradezco; las clases están a punto de comenzar y yo no estoy convencida de poder aguantar una vez más la calentura sin correr hasta los baños de varones y hacer todo lo que hablamos.
Salgo del cubículo y me enjuago el rostro. Me miro al espejo y me doy cuenta que estoy roja como un tomate. Sonrío. Una vez que me he secado el rostro y estoy más o menos presentable, salgo del baño y en medio del pasillo veo a Rome Finnegan caminando en dirección contraria a mí con la chaqueta del equipo de fútbol colgando de su hombro, su mano escondida en el bolsillo del pantalón y una sonrisa cómplice en los labios.
¿Y saben qué? Me encanta saber que esa sonrisa ladeada es debido a mí.