A la mañana siguiente, despierto con un intenso dolor en el estómago pero no es por la maldita borrachera que me pegué anoche. Oh, no, señores. El alcohol no tiene nada que ver en esto. Me duele el estómago por culpa de los nervios.
Después de que Rome me dijo todo lo que pensaba, pasamos el resto de la noche juntos, conversando de todo y nada a la vez mientras bebíamos. Cualquier persona que nos hubiera visto, habría pensado que solo éramos dos chicos normales pasando un buen rato, sin creer que por un lado estaba Hannah Montana y por el otro el hermano perdido de Christian Grey. Él mismo fue quien tomó mi celular y frente a mis ojos volvió a añadirse a mi lista de contactos en whats y él mismo también añadió una nota con alarma incluida, recordándome que nos veríamos en su departamento a las cuatro de la tarde. O sea, en tres horas más.
Mientras desayunamos, Stanley y yo conversamos absolutamente todo lo que ocurrió la noche anterior. Ella me cuenta cómo lo pasó con Steve y cuando comienza a darme detalles de lo que hicieron, le digo que no siga entre risas nerviosas. Adoro a Stan pero, imaginarla en una escena s****l es como imaginar a mi hermano. Le cuento rápidamente lo sucedido con Rome (acontecimiento que ella no pudo presenciar porque estaba en... bueno, ya saben) y le digo que he aceptado verme con él a las cuatro de la tarde en su departamento.
Entre risas y gritos de euforia, Stanley me manda a bañarme. Me dice que no me preocupe por mi madre, que ella misma se encargará que explicarle que pasaremos el día juntas y que llegaré en la noche a mi casa. Cuando estoy terminando de bañarme, ella se asoma a la puerta del baño para decirme que todo en casa está arreglado.
A diferencia de las veces anteriores, Lola no llevará mucho maquillaje. Obviamente, las mil capas de base tienen que ir para cubrir mis pecas, los lentes de contacto cambian el color de mis ojos y Stan ha decidido hacerle dos sutiles trenzas a la peluca en la primera capa de cabello. Me visto con un short de mezclilla, una camiseta blanca y una camisa de franela combinándolo todo con un par de zapatillas blancas.
Cuando nos subimos al coche justo a las tres y veinte de la tarde, no doy más de los nervios. El estómago lo tengo apretado en un ocho y las manos me sudan más de lo normal. Todo el camino nos la pasamos en silencio, yo con la mirada fija en la ventana pensando en qué decirle a Rome esta tarde. No sé qué imaginarme con respecto a esto. Recuerdo cada una de sus palabras pero, no quiero crearme grandes expectativas. Él y yo sólo vamos a hablar, ¿por qué estoy tan nerviosa?
—Hemos llegado.
Le lanzo una mirada a Stanley quien usa sus lentes de Willy Wonka. Miro hacia adelante y frente a nosotras se extiende con majestuosidad el gran complejo de departamentos. Desabrocho el cinturón de seguridad y miro a mi amiga por última vez.
—Suerte. —me dice. Todo aire de humor ha desaparecido de ella.
—Gracias, la necesitaré.
—Llámame cuando necesites que venga a recogerte.
Asiento —Lo haré. Gracias... por todo.
Me bajo del coche y el ruido que produce la puerta al cerrarse me hace saltar. Escaneo mi alrededor dándome cuenta que el edificio se encuentra localizado en una de las mejores zonas de la ciudad.
Comienzo a caminar y siento las piernas temblar. Me pregunto una y otra vez qué estoy haciendo. Y es que últimamente es lo que más me pregunto con respecto a Rome Finnegan. Elevo la cabeza para lanzar un vistazo al onceavo piso, que es a donde tengo que llegar. Al llegar a la puerta principal del edificio, miro hacia atrás encontrándome con Stanley. Ella sigue ahí. Mi amiga me regala un saludo de mano y yo se lo devuelvo antes de verla desaparecer por la avenida. Suelto un suspiro.
Presiono el número once en el intercomunicador y un par de segundos después, descuelgan el auricular.
—¿Sí? —dice Rome. A través del pequeño parlante su voz suena más grave y robótica.
—Uh... soy yo... —trago saliva—, Lola.
—Oh, hola —me saluda y yo le respondo con la misma palabra—, ¿cómo estás?
—Eh... bien.
—Qué bueno.
—Ah..., ¿Rome?
—¿Sí?
—¿Bajarás o me dejarás pasar ya de una vez?
Lo escucho reírse de forma nerviosa y después de lanzar un improperio en contra de su propia persona y disculparse también, presiona el botón para que la puerta principal del edificio se abra.
Ingreso con cautela, dando pasos cortos para aplazar lo más posible nuestro encuentro pero nada es inevitable y si yo realmente hubiera querido aplazar esto no habría venido. Presiono el botón del ascensor y en cuanto las puertas se abren, yo ingreso apretando de inmediato el botón once, luces de neón azules rodeando el botón. Las puertas se cierran y yo me miro en el reflejo. ¿Qué estoy a punto de hacer, maldita sea? Estoy aquí porque, me guste o no reconocerlo, los sentimientos que creí desaparecer por Rome siguen presente. Él me gusta y al parecer, Lola le gusta a él así que... ¿en qué topamos?
Siento culpa al estar haciendo esto, engañando a un chico que al final del día, termina siendo inocente de una idea loca que se me ocurrió semanas atrás. Rome Finnegan se sentía como una estrella inalcanzable a la que sólo podías admirar desde la distancia y por más que estiraras tu mano, jamás podrías rozar ni la punta de sus dedos porque estaba tan alejado como las estrellas en el cielo. No fue hasta que se me ocurrió esta idea que pude acercarme a él finalmente. Si no hubiera comenzado con todo esto, jamás me habría acercado a él ni hubiera obtenido su atención. No obstante, él no tiene la culpa de estar envuelto en una mentira en la que yo lo he obligado a ser partícipe en contra de su voluntad, viviendo una etapa de su vida que se resume en nada más que mentiras porque, absolutamente nada de lo que le he mostrado acerca de mí es real. Cada palabra, cada acción, cada información que le he proporcionado es parte de una farsa que me ayudó a lograr mi objetivo.
—Lola.
Doy un respingo cuando escucho su voz. Parpadeando, miro hacia el frente encontrándome a Rome parado en medio del pasillo de su departamento. Fugazmente, lo miro de pies a cabeza encontrándome con que va vestido casi igual que yo y eso hace que ambos sonriamos. Sin embargo, su sonrisa es diferente a la mía porque, él sonríe con inocencia y entusiasmo. Yo sonrío con incomodidad. Y no por incomodidad generada por él sino que por mí misma y todas las mentiras que me han convertido en una mierda de persona. La culpabilidad me corroe.
El chico de ojos verdes tiene que acercarse e introducir su brazo dentro del ascensor para que las puertas no se cierren. Su mano se aferra a mi muñeca y da un pequeño tirón acercándome a él. Me mira desde las alturas y la cercanía entre nosotros me permite oler su fragancia, una mezcla de océano y loción de afeitar.
—Hola, Rome. —lo saludo en voz baja.
Él se inclina y por un momento pienso que va a besarme en los labios. Sin embargo, sus rozados labios dejan un suave y corto beso en mi mejilla. Al apartarse, me mira de pies a cabeza, deteniéndose más de la cuenta en mi rostro. El brillo en sus ojos me cohíbe.
—Luces hermosa.
No sé cómo responderle a eso. Jamás me imaginé a Rome como el tipo de chico halagador. Quiero decir, tal vez él halague a las chicas antes de conseguir acostarse con ellas pero, nosotros no estamos a punto de hacerlo. Es raro estar en esta situación con él sabiendo que lo nuestro comenzó netamente con encuentros sexuales.
—Déjame tomar mis llaves antes de salir, ¿bueno?
—¿Salir? —repito, frunciendo un poco el ceño. Él asiente, guardando el teléfono en el bolsillo de su pantalón— ¿Dónde quieres ir? Pensé que sólo hablaríamos.
—Lo haremos pero, primero iremos a un lugar.
—¿Dónde?
—Sólo sígueme y verás.
Rome me toma de la muñeca otra vez y me arrastra al interior del ascensor. Bajamos hasta el subterráneo, yo haciéndole muchas preguntas y él sólo sonriendo. "Sólo sube" me dice cuando abre la puerta del copiloto para mí. Resignada, le hago caso y me abrocho el cinturón. El interior del coche huele a Rome y está impecable. Él se sube también y pone en marcha el auto en cosa de segundos, nos mantenemos en silencio por unos minutos, mis ojos viendo todo a través de la ventana. Entonces él pregunta:
—¿Almorzaste?
Le lanzo una mirada y asiento cuando él me mira fugazmente. Es entonces cuando mi estómago suena en un rugido digno de película demoníaca.
—Pequeña mentirosa... —canturrea Rome, picándome en la cintura con su dedo índice. Suelto una risa—. Iremos a comer porque muero de hambre también. Después de comer, podremos hablar con más calma, ¿te parece? Perfecto.
Refunfuño porque él no me da oportunidad para responderle. Me acomodo en el asiento y enciendo la radio, buscando una estación para oír. Cruzo mis brazos después de eso y me quedo ahí, cómoda y tranquila por un momento, sintiendo la mirada del chico a mi lado de vez en cuando.
Eventualmente, Rome estaciona el coche en el aparcamiento de un restaurante que se encuentra en una parte de la ciudad a la cual nunca había venido antes. Estoy a punto de bajarme pero él me detiene, diciéndome que espere un poco. Frunzo el ceño en confusión cuando él se baja y rodea el auto para abrirme la puerta. Me tiende la mano, confundiéndome aún más. Se la acepto, sin embargo. Él me guía hasta el restaurante sin soltar mi mano y cuando entramos, me doy cuenta que el lugar está completamente vacío. Lo miro, asombrada. Es imposible que un restaurante como este se encuentre vacío a esta hora.
—Lo he reservado completo para que nadie nos moleste. —informa él cuando siente mi mirada.
Trago saliva. No sé qué demonios pensar acerca de eso. ¿Tanto dinero posee la familia de Rome que él puede darse el lujo para reservar un restaurante en su totalidad si lo desea? He oído rumores acerca de la familia Finnegan pero jamás los he visto en persona. He escuchado también que están forrados en dinero y algunos bromistas en la escuela dicen que su papel higiénico está hecho de billetes de cien dólares más Rome nunca ha alardeado sobre eso. Sí, cambia de coche como yo cambio de ropa interior, viste las mejores marcas de ropa y usa los accesorios más costosos pero nunca ha alardeado sobre el dinero que posee su familia.
Él me ayuda a tomar asiento. Luego, se sienta frente a mí e inmediatamente llega un mesero impecablemente vestido. Nos entrega un menú a cada uno y se queda de pie junto a la mesa, esperando a que ordenemos.
—Puedes pedir lo que quieras.
Asiento sin poder hablar. Observo la lista de platos y casi me atraganto con mi propia saliva al ver el valor de cada uno. ¿Realmente existen personas que están dispuestas a pagar semejante suma de dinero sólo por un plato de tallarines con salsa? Vaya mierda. No conozco ninguno de los platos, todos tienen nombres extraños y difíciles de pronunciar.
Yo no supe que pedir y me dio mucha vergüenza reconocer en voz alta que no conocía ninguno de esos extraños platillos. Trago saliva y le lanzo una mirada a Rome, algo que es totalmente suficiente para él porque entiende de inmediato.
—¿Puedo recomendarte algo? —murmura con voz suave, casi como si estuviera hablándole a una niña. Yo asiento despacio, rostro apenado y mejillas rosadas por la vergüenza— Deberías probar el boeuf bourguignom, es realmente increíble.
No entiendo una mierda de lo que me dice pero termino asintiendo de todas maneras.
—Está bien.
El camarero asiente y después de que Rome le dice que para beber queremos una botella de vino blanco, él se retira dejándonos solos. No soy capaz de alzar la mirada otra vez porque está situación me supera. A diferencia de Lola que visiblemente no se deja intimidar por nadie, Abed es totalmente lo contrario. Trato de ocultar mis emociones bajo una muralla la cual solo algunas personas podían rodear para conocer mejor.
Fue tanto el rato que estuve en silencio que Rome posa su mano sobre la mía, captando mi atención. Su mirada es comprensiva y amable. Trato de apartar mi mano pero él sujeta con fuerza mis dedos.
—Rome...
—Tengo mucha hambre —dice él, soltando un suspiro quejumbroso— y cuando tengo hambre, no puedo pensar bien. Hablemos después de comer, ¿vale?
Aprieto los labios y asiento sin más porque él se ve muy decidido
*
"Hablemos después de comer" tomó otro significado. Al parecer, Rome no tenía el mismo concepto que yo ya que después que terminamos de comer, él pagó la cuenta y volvió a tomarme de la muñeca para arrastrarme hasta el coche. Fuimos al cine y a tomar helado hablando de cualquier cosa menos de lo que él supuestamente quería hablar. Me pidió que le hablara sobre mi vida y tuve que inventar mil cosas, introduciendo pequeñas partes de mí misma sin tener que dar muchas pistas o llamar la atención. Él me contó acerca de su vida y pude conocer un poco más de Rome Finnegan, un lado que posiblemente sólo sus amigos más cercanos conocían. Sin embargo, cada momento que yo mencionaba el real propósito de lo que nos había traído aquí, él me despistaba o cambiaba el tema de conversación con renuencia.
No es hasta que estamos volviendo al coche cuando pronuncia:
—Me gustas.
Yo me detengo justo en la puerta de su coche y lo miro. Sus ojos no están puestos en mí. Están fijos en el asfalto bajo sus pies.
—Rome...
—Tal vez yo no te gusto para algo más que no sea sexo pero... —me mira entonces, sus ojos brillando. Su rostro tiene una expresión que me aprieta el pecho, produciéndome unas tremendas ganas de decirle "tú también me gustas" — démonos una oportunidad, ¿sí? Intentemos algo y veamos qué resulta. Por favor.
Abro la boca para responderle algo pero soy interrumpida por el sonido de mi teléfono.
—Lo siento. —me disculpo, nerviosa, y reviso mi teléfono encontrándome con un mensaje de Stanley que me recuerda volver porque tengo que estar de regreso en casa pronto.
Supongo que mi expresión tuvo que haber cambiado porque Rome pregunta:
—¿Sucede algo?
Guardo el móvil de vuelta en mi bolsillo y asiento.
—Tengo que irme. Ha surgido algo importante.
—¿Te llevo?
Trago saliva —No quiero molestarte.
—No es ninguna molestia. Vamos, yo te llevo a casa.
—Rome, en serio, no es necesario —le digo ya nerviosa. Las manos comienzan a sudarme y mi cerebro trabaja a gran velocidad para tratar de crear alguna excusa que suene convincente. No quiero que él me lleve a casa porque... bueno, porque no.
—Por supuesto que lo es. —él responde con decisión y abre la puerta del copiloto— Vamos, sube. Te llevaré a casa.
Su tono es demandante. Aprieto mis labios y me subo al auto con el corazón en la garganta. ¿Dónde diablos puedo decirle que vivo sin revelar mi verdadera casa? Él sabe dónde vive Logan y pensaría que es bastante extraño que Lola viva ahí también. Sin mencionar que comenzaría a hacerle preguntas a mi hermano y todo este enredo saldría a la luz más pronto de lo que había imaginado.
El motor ruge y yo me estremezco. No sé qué hacer, he quedado en blanco.
—¿Dónde vives? —inquiere, encendiendo el GPS.
—Vivo en... —pausa. ¿Puede tragarme la tierra justo ahora y escupirme en alguna parte del planeta donde nadie me conozca? —. Vivo cerca de la universidad.
—¿De verdad? —me mira con desconfianza. Asiento frenéticamente— Está bien.
Él conduce, siguiendo las instrucciones del GPS. Disimuladamente, yo le envío un corto mensaje a mi amiga pidiéndole que vaya por mí a Princeton y que allá le contaré todo. El ambiente alrededor de nosotros se siente tenso. Por el rabillo del ojo, trato de ver si Rome está igual de nervioso que yo en sus facciones pero, todo en él luce relajado. Su frente cubierta por rizos desordenados, su nariz recta y labios color cereza, su mentón levemente elevado con una pizca de elegancia que sólo la gente con mucho dinero tiene. Él posee un atractivo físico increíble por donde quiera que lo mires y eso mismo hace que él sea muy seguro de sí mismo.
—¿Qué pasa? —Rome pregunta, sacándome de mi trance. Aclaro mi garganta y desvío la mirada hasta la ventana, odiándome a mí misma por haber sido descubierta observándolo—, ¿quieres decirme algo?
—¿Puedes dejarme fuera de la universidad? —digo lo primero que se me cruza por la cabeza.
—¿Por qué?
—Tengo que... ir a buscar una cosa a la habitación de un compañero.
Él me lanza una mirada un tanto extraña pero, asiente de todos modos. Guardamos silencio después de eso por el resto del camino. Finalmente, Rome estaciona el coche fuera de la universidad de Princeton y para mi sorpresa, apaga el motor. Se desabrocha el cinturón de seguridad y voltea para mirarme. Yo me apego más contra el asiento, como si eso fuera posible.
—Lola... —él se acerca peligrosamente a mí y yo me aparto, golpeando mi cabeza contra el cristal—, ¿qué tienes?
—Gracias por traerme. Nos vemos luego.
Hago el intento de salir disparada del auto pero al único lugar donde consigo llegar es de vuelta al asiento porque ni siquiera he desabrochado el cinturón de seguridad. Miro a Rome con los ojos bien abiertos y en cuanto nuestras miradas hacen contacto, ambos reventamos en carcajadas por mi torpeza. Me siento estúpida y muy ridícula pero reírme de mis momentos embarazosos con él no me hace sentir apenada.
Reposo la cabeza en el respaldo y miro al chico a mi lado, encontrándolo en la misma posición, observándome con una pequeña sonrisa en sus labios. La tensión que antes sentía ha desaparecido por completo, dándole una grata bienvenida a la comodidad.
—Me gustas —él repite y parpadea lento, como si estuviera a punto de quedarse dormido— y me gusta pasar tiempo contigo. ¿Podemos intentarlo? Si no resulta, te prometo que dejaré de molestarte. No volverás a saber nada de mí pero, permítenos intentarlo una vez. Por favor.
Lo miro en silencio y alzo la mano para acariciar su rostro. Él cierra los ojos y suelta un suspiro por la nariz, a gusto con esta situación. Mientras le acaricio la mejilla, me tomo unos segundos para pensar rápidamente si es esto lo que realmente quiero. No saco nada con seguir ocultando el hecho de que él también me gusta porque sería vergonzoso hacerlo; me gustaría que él me estuviera pidiendo esto a mí, no a una chica que no existe.
Darle una oportunidad conlleva muchas cosas. Él querrá pasar tiempo con Lola, salir a lugares donde van los chicos que se están dando oportunidades y yo tendré que estar mintiéndole a mamá cada vez que quiera salir con él. Todo será un caos sin mencionar que cuando él se entere de la verdad me odiará y me dirá hasta de lo que me voy a morir. Es triste darme cuenta que Abed Möller es una chica más de la escuela que no llena sus expectativas, a la cual puede ver botada en el piso y no ayuda a ponerse de pie. Pero, tiene que llegar la misma chica disfrazada de puta y decirle un montón de mentiras para que él caiga rendido en menos de un segundo.
Con el sabor agridulce que él me provoca instalado en la garganta, aclaro mi garganta y le digo:
—Está bien. Intentémoslo.