Doce.

3806 Words
A diferencia de la fiesta anterior, en la playa, aquí lo que veo son sólo rostros conocidos de la escuela. Stanley y yo hemos llegado un poco más tarde de la hora estipulada así que, cuando hacemos acto de presencia frente a la casa de Steve, la mayoría de los invitados han llegado. Mi amiga a mi lado me lanza una mirada temerosa, dudando de entrar en el papel de una loca universitaria sólo para acostarse con un chico que sigue unas estúpidas reglas. La historia se repite y yo mejor que nadie sabe la cantidad de nervios que provoca el hecho de hacerte pasar por otra persona. Que te descubran luego de hacer algo es una cosa pero otra muy distinta es que te descubran en pleno acto. Es algo que yo realmente no le desearía a nadie y menos a Stanley. La tomo por los hombros y la miro a los ojos, tratando de expresar empatía a través de la mirada. —Tranquila —le digo, sobándole los brazos—, si no quieres hacerlo, puedes decirme y nos vamos. Nadie te está obligando a hacer esto, Stanley. —Lo sé. Quiero hacerlo. Sólo... —cierra los ojos por un momento. Cuando los vuelve a abrir, noto la indecisión en ellos— estoy un poco nerviosa. —Es normal, te lo digo yo que ya pasé por eso —ambas reímos—. Pero, tienes que saber que si te quieres ir, a cualquier hora, tienes que decirme. Stanley asiente —Estoy lista. —Entonces vamos. Ambas comenzamos a caminar, creando nuestro camino hacia la puerta. Le lanzo rápidas miradas a mi amiga, detectando el nerviosismo aunque quiera parecer segura de sí misma. En el camino hasta aquí, ella me contó que entre ella y Steve no hubo un intercambio de mensajes como sucedió conmigo y Rome. Ellos han conversado un par de veces en el salón pero, yo nunca me habría imaginado que Stanley sentiría algún tipo de atracción por este chico. No me malentiendan, yo creo que Steve es un buen chico a su modo pero, no junta ni pega con el prototipo de chico en el cual Stanley se fijaría. Ahora entiendo por qué dicen que el amor es ciego. Entramos a la casa de Steve y nos envuelve una cálida voz que sale por los parlantes. Hay chicos por doquier, bebiendo y fumando como en todas las fiestas. Stanley me toma de la mano y me susurra al oído que la ayude a buscar a Steve. Yo asiento, dispuesta a ayudarla así como ella lo hizo conmigo. Encontrarlo fue más sencillo de lo que pensé, sin embargo, me llevé una gran sorpresa cuando lo hice. Steve está junto a sus compañeros del equipo de fútbol pero a diferencia de los demás chicos, él no está acompañado por nadie. Cada hombre ahí presente en su círculo está con una voluptuosa muchacha mientras que él se encuentra manteniendo una plática de lo más agradable con ellos y con una botella de cerveza en la mano. Inconscientemente, me descubro buscando a Rome con la mirada. Tironeo a Stanley y señalo con un movimiento de cabeza en la dirección que se encuentran los chicos. —Ahí está Steve. —Dios, él luce tan atractivo. —emite con voz emocionada. Río —Acércate, yo iré a buscar algo de beber. —¡Espera! —me detiene por el brazo. Me giro a verla— ¿Puedes acompañarme? —Stan... —Por favor, Abed. Quiero hacer esto pero estoy muy nerviosa. Ayúdame, ¿sí? No quiero ir hasta allá porque sé a ciencia cierta que acercarme es obtener un pase VIP para encontrarme con Rome. No obstante, mi deber como amiga es apoyarla y ayudarla en todo lo que pueda. Así que, en contra de mi propia voluntad, termino asintiendo. —Está bien, vamos. La tomo de la mano y emprendimos la caminata hasta allá. A medida que nos vamos acercando, logro ver el rostro de todos los chicos que rodean al anfitrión de la fiesta. No puedo ver a mi hermano por ninguna parte pero, estoy segura que también está aquí. Cuando estamos a mas o menos cinco metros de distancia, Steve se da cuenta de nuestra presencia. Me mira de pies a cabeza y hace lo mismo con Stanley, agregando una pequeña sonrisa de medio lado cuando desliza su mirada por las piernas desnudas de mi amiga. Es entonces, que ahí, un poco más allá veo esa mata de rizos castaños siendo levemente cubiertos por una cabeza con abundante pelo rubio. Trago saliva. Rome se está besando con una rubia que, a decir verdad, tiene un cuerpo fenomenal. Aquellas manos que recorrieron mi cuerpo estaban recorriendo el cuerpo de otra chica con suma libertad. El beso es intenso, entregado y yo tengo que ahogar una arcada. —Señoritas. Miro hacia el frente, encontrándome cara a cara con Steve. Él ha abandonado a su grupo de amigos para venir a recibirnos. Sus compañeros de equipo no nos quitan la mirada de encima. Como Stanley no hace el intento de hablar (siempre ocurre cuando está nerviosa), decido intervenir. —Hola. Una amiga nos invitó, espero que no te moleste. —le regalo una sonrisa falsamente inocente. —En absoluto, es muy agradable tenerlas aquí —él sonríe abiertamente, enseñando sus perfectos dientes—. ¿Cuáles son sus nombres? —Yo soy Lola. —le ofrezco la mano y él la estrecha con una sonrisa cómplice. Golpeo a Stan por lo bajo para que se presente. —Oh... —suelta una risa nerviosa—. Yo soy St... —Stella —la interrumpo, queriendo golpearla y asesinarla con la mirada—. Ella es Stella. —Bueno, siéntanse como en casa. La barra está por ahí y... —De hecho —lo interrumpo—, mi amiga está que se muere de sed. ¿Podrías invitarle una cerveza? Yo necesito hacer una llamada urgente. Siento la mirada de Stanley sobre mí. A diferencia de ella, Steve sonríe encantado y acepta de lo más feliz. Le guiño un ojo a mi amiga y alzo ambos dedos pulgares, demostrándole apoyo. Me quedo parada ahí sin saber qué hacer realmente. He logrado lo que quería, ¿qué se supone que haré ahora? Miro en la dirección donde se encontraba Rome pero él ha desaparecido y la chica también. Debo admitir que sentí un pinchazo en el pecho al darme cuenta que, posiblemente, se ha llevado a la chica a la habitación. Voy hasta el lado contrario de la barra y le pido al chico una cerveza mientras que tarareo la versión electrónica de I want it that way de BSB. De algo que sirva haber venido hasta aquí. Me acerco la botella a la boca y bebo un sorbo pero, tengo que devolver el líquido cuando escucho: —Pero mira quién ha decidido volver a aparecer. Miro hacia atrás encontrándome con Rome. Para mirarlo a la cara, tengo que alzar la cabeza. Su rostro está serio pero sus ojos brillan. Entonces sonríe y los hoyuelos que tanto me encantan aparecen en sus mejillas. No obstante, no es una sonrisa de me-alegro-de-verte sino que es la sonrisa que darías antes de preguntar: qué-mierda-haces-aquí-estúpida-zorra. —¿No pudiste pasar un día más sin verme? —pregunta con fingida alegría. —No te emociones tanto, Rome —lo bajo de su nube porque no estoy de ánimos para comentarios mordaces—. Si he venido hasta aquí no es por ti sino por mi amiga que está con tu amigo, por allá. Él mira en dirección a Stanley y Steve y baja los ojos a mí una vez más. —¿La pelirroja? —Exacto. Así que, si me disculpas. —Espera —me sujeta la muñeca con tanta fuerza que tengo que apretar los dientes para no soltar un gruñido—, quiero hablar contigo un momento. Lo miro ceñuda y tironeo de mi brazo para soltar mi muñeca pero él no me hace la tarea fácil. Es tanto el forcejeo que yo termino botando la mitad de la cerveza. —Nosotros no tenemos nada de qué hablar. —escupo, torciendo mi muñeca entre su mano. Rome se acerca peligrosamente a mí y puedo sentir el olor a alcohol que emana de él. —Tal vez tú no tienes nada que decir pero yo sí. —Será mejor que me sueltes, Rome. —¿Y si no lo hago qué? —me mira con una ceja alzada, nuestros rostros muy cerca. Él sonríe de lado— Aquí no puedes bloquearme, Lola. Ruedo los ojos y escupo —Imbécil. Ya madura de una vez, ¿quieres? —¿Yo, inmaduro? —suelta una carcajada que me hace la sangre hervir por la ira— Si mal no recuerdo, no fui yo quien te bloqueó. —¿Y otra vez con lo mismo? ¿Te das cuenta que estás haciendo el ridículo, Rome? —la música está tan fuerte que yo tengo que gritarle— Ya olvida eso de una vez. —No lo haré hasta que me expliques por qué lo hiciste. —demanda, todo ápice de humor desaparece de su voz. —¿Explicarte qué? —¡Porque apareciste de la nada y desapareciste de la misma manera! —me grita tan fuerte que varias personas giran a vernos. Su grito me hace sentir indefensa y pequeña— ¡Pensé que lo que había entre nosotros estaba funcionando y te gustaba! Aprieto los dientes, controlando las ganas irracionales que tengo de estrellar la botella de cerveza contra su cabeza para que me deje en paz de una vez por todas. Es verdad, siento una estúpida atracción por ese chico pero es tan jodidamente intenso que me estresa. Se toma atribuciones que no le corresponden y quiere hacer todo a su manera. Yo quise jugar a esto, yo lo empecé y sólo yo sabía cuándo, cómo y dónde terminarlo. Dejo la botella de cerveza sobre la barra (porque él no me dejará beber) y lucho con él para que me suelte. —Suéltame, Rome. Suéltame... —Respóndeme primero: ¿Por qué desapareciste? —Rome... —Respóndeme. —¡Porque me aburrí de ti! —le grito a la misma vez que lo empujo por el pecho. Él se rehúsa a liberarme pero finalmente lo hace, dejando la piel de mi mueca irritada— Eres un intenso de mierda que se toma todo a pecho. Sólo quería acostarme contigo un par de veces y ya. Eso fue todo. ¿Qué haces tú cuando te aburres de acostarte con la misma chica? La dejas, ¿no? La dejas sin darle ninguna explicación y eso fue exactamente lo que hice yo. —Eres una perra. —escupe con enojo. Me encojo de hombros, una sonrisa amarga curva mis labios. —Prefiero ser una perra antes de ser un jodido inmaduro como tú. Él no vuelve a decirme nada pero se queda ahí de pie entre la multitud cuando yo me alejo. * Me paso el resto de la noche ignorando a Rome y no precisamente porque él se besaba con la rubia frente a mis narices. Eso no me molesta en lo absoluto y... bueno, ¿a quién quiero engañar? Por supuesto que me molesta pero, me molesta más aún el hecho de que él se ha encargado de espantar a cada chico que ha querido acercarse a mí. Ambos nos estamos mirando desde distintos puntos de la casa. Él besa a la rubia sin apartar los ojos de mí y yo bebo la séptima cerveza con un sabor amargo en la garganta. Tuve la oportunidad de irme hace mucho tiempo atrás pero no iba a darle el gusto a Rome. Pensé que podría sacarle provecho a esta situación pero no he conseguido conversar con ningún chico en toda la noche. —Esto es una completa mierda. —farfullo y bebo el resto del líquido que me queda en la botella antes de agarrar otra— ¿Por qué él puede besuquearse con otra y yo no? Imbécil. Sí, eso es exactamente lo que es. Un reverendo imbécil. Me aparto de la pared pero es tanto lo que he bebido que yo pierdo el equilibro. Me tambaleo hacia el lado y suelto una risa por mi propia torpeza. Camino entre los chicos y bebo al mismo tiempo pero es como una misión imposible. Alguien me empuja por la espalda y en cuestión de segundos yo estoy casi tirada en el suelo pero un par de brazos se enredan en mi cintura, devolviéndome la estabilidad. —Hey, cuidado. Miro hacia el lado y me encuentro con un chico cuyo rostro no conozco en este momento. —Hola. —lo saludo alegremente. El chico es guapo pero nah— ¿Puedes soltarme ya? —¿Me prometes que si lo hago no terminarás en el suelo? Asiento y el movimiento hace que mi cabeza de más vueltas. Miro a mí alrededor, pensando hacia dónde diablos iba... ¡Ah!, ya me acordé. Estaba buscando una esquina apartada de la mirada de Rome para seguir sintiéndome miserable. Avanzo entre las personas hasta que encuentro un cómodo sofá. Me siento y sigo bebiendo, mirando a lo lejos a Stanley riendo animadamente con Steve, él tiene el brazo alrededor de su cintura y ver que ella ha logrado lo que quería me llena de satisfacción. —¿Puedo hacerte compañía? Miro hacia arriba encontrándome con el mismo chico. —Oye, que me hayas salvado de la caída no significa que estés conmigo el resto de la noche —escupo sin tapujos—. Ese empujón me pilló desprevenida. —Eres divertida. —ríe, sentándose a mi lado. —Uh, no estoy intentando ser divertida. Me acerco la botella a los labios y bebo. —¿Cómo te llamas? —me pregunta él, interesado en entablar una conversación. —Lola. —Es un placer conocerte, Lola. Yo soy Phil. —¿Quién? —Phil. —Te preguntó. —reviento en carcajadas por mi propio chiste. Ay, soy tan graciosa. —Muy graciosa —él ríe, agitando la cabeza—. No te había visto antes, ¿estudias en Jersey High también? Estoy borracha pero sé mi monólogo. Tengo que morir con las botas puestas, vaquero. Con la mentira hasta el final. —No. —le lanzo una mirada descubriendo al chico mirándome los senos— Mis ojos están más arriba, Rodrigo. —Mi nombre no es Rodrigo. —No me importa. Si vas a mirarme los senos descaradamente, tengo el derecho de llamarte como yo quiera. Miro hacia el frente y me encuentro una vez más con Rome. Al parecer, él se ha dado cuenta que yo busqué otro sitio y no encontró algo mejor que hacer que moverse a un punto estratégico con la rubia. La chica besa su cuello pero la mirada verde de Finnegan está fija en mí. Él alza una ceja. Yo esbozo una sonrisa. Dos pueden jugar el mismo juego. —Y dime, Luís, ¿estás en último año? —le digo al chico a mí lado, rozando su muslo descaradamente. Él sonríe como un niño en navidad. No escucho realmente su respuesta porque no estoy interesada en la mierda que me está diciendo. Dejándome llevar por mis impulsos, pongo mi mano sobre su pierna y él ve aquello como una señal. Despeja mi cuello con suavidad y acerca sus labios a él, mi mirada nunca abandona la de Rome. Su ceño se ha fruncido y en el momento en que mi mano se posó en la pierna del desconocido a mi lado dejó de responder a los estímulos que hacía la rubia para llamar su atención. Yo muerdo mi labio inferior. Rome frunce el ceño. El desconocido sujeta mi mentón para besarme. Rome empuja a la rubia lejos de él y como un toro rabioso se acerca a nosotros echando humo por los oídos. —¡¿Qué mierda estás haciendo?! El grito de Rome es tan potente que parece que los vidrios temblaran. Aparta el rostro de Phil de un manotazo y me agarra la muñeca para obligarme a ponerme de pie. La cerveza resbala de mi mano y la botella se hace añicos contra el suelo. Río por su arrebato y él se enoja aún más si eso es posible. —¿Estabas a punto de besarte con este tipo frente a mis narices? —Oye, tranquilo, hermano... —Phil se coloca de pie pero parece que siguiera sentado al lado de Rome. —Tú no te metas en esto porque si lo haces meteré esos vidrios rotos por tu culo. ¡Ahora largo de aquí! —lo empuja por el pecho, alejando al chico un par de centímetros de nosotros. En cuanto mi salvador momentáneo desaparece, la mirada furiosa de Rome se posa en mí— ¿Qué mierda, Lola? ¿Por qué estabas a punto de besarte con ese tipo? —Oh, vamos Rome —hago un ademán con mi mano libre—. Si querías unírtenos, podrías habérmelo dicho. ¿No te parece excitante hacer un trío con un completo desconocido? Rome Finnegan se pellizca el puente de la nariz, irritado hasta la mierda. —Estás jugando con mi paciencia, Lola —dice con dientes apretados. —¿Por qué? ¿Tú sí puedes besarte con una chica pero yo no puedo? —reprocho, parándome derecha frente a él. Soy ridículamente pequeña a su lado pero le haré frente de igual manera— Has estado toda la maldita noche besándote con esa chica, manoseándola mientras me miras. ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué te aplaudiera? Al parecer, él es igual de temperamental que yo cuando está ebrio porque en menos de un segundo, la mueca de enojo en su rostro es reemplazada por una sonrisa burlesca y autosuficiente. —¿Estás celosa? Río por su —no tan— estúpida deducción. —Ya quisieras que estuviera celosa, Rome. —Si lo estás, sólo tienes que admitirlo. —¿Y qué gano yo con eso? —alzo las cejas. —A mí. —¿Y qué te hace pensar que te quiero a ti? —me burlo de él en su cara —Oh, vamos, Lola. Sólo mírate. —No, mírate tú, niño. Nunca creí que tuvieras el ego tan alto como para pensar que si ligo con alguien frente a ti es para sacarte celos. No fuiste ni eres una de mis prioridades. Él se relame los labios y yo estoy tentada a besarlos. No sé qué es pero hay algo en Rome que me vuelve completamente loca. No sé si son sus ojos verdes, sus adorables hoyuelos, su sonrisa asquerosamente sexy o la mágica lengua que tiene. Tal vez es una alternativa o todas las anteriores pero yo me obligo a mantener la compostura. —No se trata del ego. Se trata de conocer a las personas. —No me conoces en absoluto. —¿Ah, no? —él me hala de la muñeca para acercarme más a su cuerpo. Su mano libre se posa en mi cintura y el contacto de mi piel con su mano caliente me revoluciona las hormonas— Entonces... si muerdo tu cuello, ¿me prometes que no sentirás nada? No le respondo. Él baja la cabeza y sus dientes capturan la piel de mi cuello con una suavidad y erotismo que me hace querer gritar de la emoción. Su respiración contra mi piel hace que los vellos de mi nuca se ericen. Él desliza su tibia lengua por el lóbulo de mi oreja y yo ahogo un jadeo. —¿Sigues sin sentir nada? —pregunta de manera juguetona. —Nop. —digo después de una pausa— Absolutamente nada. Su mano se introduce bajo el crop top y me acaricia la espalda. Deja besos por mi mandíbula y se detiene justo en la comisura de mis labios. Me mira a los ojos, sus iris verdes brillando. Acaricia mi nariz con la suya y suelta un suspiro que me estremece. Mi corazón late tan rápido que me asusta, mi cerebro grita para que yo lo aleje pero eso es lo que menos quiero justo ahora. —¿Me extrañaste? —inquiere en un susurro— ¿Me extrañaste tanto como yo te extrañé a ti? Trago saliva —Rome... Sus dientes capturan mi labio inferior pero no me besa. Sólo lo tironea lento, sexy, y después lo suelta. Sus ojos jamás abandonan los míos. —¿Por qué no lo aceptas? ¿Por qué no aceptas que me extrañaste? Es como si él estuviera leyéndome el pensamientos porque, diablos, sí lo extrañé más de lo que yo misma quiero admitir. —¿Tú lo hiciste? —Cada maldito día. —confiesa sin temor. —¿Por qué? —Porque me gustas. Escuchar aquellas palabras fue como recibir un balde de agua fría en la espalda que me congeló por completo. Me quedo estática en mi lugar y lo único que mis ojos ven es a Rome mientras que esas tres palabras se reproducen en mi cabeza una y otra y otra vez. He de admitir que escucharlo decir eso me alegró pero eso no importaba. La chica que a él le gustaba era Lola, la universitaria atrevida que no le importa el qué dirán, la chica que consigue lo que quiere cuando y como ella desea. A él le gusta Lola, una chica que ni siquiera existe y a la cual él aborrecerá el día que se entere de toda la verdad. —Me gustas tanto que no soporto verte con otro. Es injusto para ti haberme visto con una chica toda la noche mientras que yo no dejé que nadie se acercara a ti. Soy inmaduro, egoísta, caprichoso y me gusta acostarme con distintas chicas pero, mierda, nadie me había llenado tanto como lo hiciste tú. No sé qué hice mal para que decidieras desaparecer, pero pensar en eso me ha estado volviendo loco todos estos días. —Rome... —Me gustas, Lola —él repite, cortándome—. Me gustas y quiero que lo intentemos otra vez. Tanto tú como yo sabemos que en el sexo nos complementamos a la perfección. Sólo... intentémoslo, ¿sí? Por favor. —hago el intento de hablar pero él me interrumpe una vez más— Juntémonos mañana, ¿vale? Juntémonos mañana y hablemos sobre esto cuando ambos estemos sobrios. ¿Podemos vernos mañana? —No puedo mañana, Rome. —Sólo dame una hora —insiste. Sus manos se juntan como si estuviera rezando—. Por favor. Dame una hora y seré feliz. Aprieto los labios para no sonreír. —Está bien. Entonces, él me regala la sonrisa más bella que pudo haber esbozado antes.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD