Once.

1850 Words
Los días pasan y yo no vuelvo a saber más de Rome Finnegan. Poco a poco, el sentimiento de confusión comienza a disiparse, dándome una tranquilidad que hacía mucho tiempo no sentía. Trataba de no toparme con él en los pasillos de la escuela pero, aunque era inevitable no verlo en el salón de clases, yo no le ponía atención en absoluto. Estaría mintiendo si dijera que en un principio no extrañé leer sus mensajes en mi teléfono pero, la no relación que teníamos estaba comenzando a hacerme mal. Soy fiel creyente de que si una persona comienza a estresarte a tal punto de no querer seguir realizando tus actividades con normalidad como lo hacías antes, es mejor cortarla de raíz; porque Rome me estaba comenzando a afectar de esa manera. Cada vez que lo veía en los pasillos de la escuela, comenzaba a temblar como una hoja al viento, mi estómago se apretaba y sólo quería salir huyendo. Los mensajes que me enviaba me dejaban pensando en él todo el día y yo no quería ser dependiente de alguien de aquella manera tan extremista. Stanley dejó el tema de Rome de lado. Los primeros días, cada conversación que manteníamos se resumía a él pero con el paso de los días, su interés fue decayendo. Ahora, sólo escucho su nombre cuando uno de nuestros compañeros le habla en el salón. ¿Y saben qué? Se siente jodidamente bien. Siento que me he quitado un peso de encima y ahora que Rome Finnegan no está vinculado en mi vida en lo absoluto, puedo respirar con normalidad. El término del año escolar se acercaba a pasos agigantados. Stanley y yo estábamos con la cabeza metida en los libros la mayor parte del tiempo, estudiando para dar la prueba de ingreso a la universidad. El estrés y la tensión estaban presente en cada salón de los de último año, menos en los que habían conseguido una beca como deportistas. Mi hermano era uno de ellos. Rome también (lo supe por una plática que mantenía Logan con mamá) y su mejor amigo igual. Stanley suelta un suspiro y deja caer su cabeza sobre el libro de química. Era viernes por la tarde y el lunes tendríamos el penúltimo test de la asignatura. Ambas estábamos por reprobar química, por eso, hemos pasado todas las tardes estudiando fórmulas químicas y la maldita tabla periódica. —Creo que mi cabeza va a explotar si leo una página más de este jodido libro —se queja, mirándome entre su cabello—. ¿Nos tomamos un receso de cinco minutos? La miro mal —No hay recesos de cinco minutos contigo, Stan. Si queremos aprobar, tenemos que seguir estudiando. —¡Pero llevamos toda la semana leyendo las mismas páginas! ¿Es que no te aburres de leer la misma mierda una y otra vez? —A mí tampoco me gusta estudiar pero, no pretendo estar todo el verano en la escuela. Stanley ignora mi último comentario y comienza a revisar su teléfono. Yo intento resolver los ejercicios que están al final de la página del libro pero estoy tan cansada de estudiar que termino escribiendo cosas que no tienen nada que ver con el tema. Tomo mi celular también y lo desbloqueo; desde que Rome y yo dejamos de hablar, mis mensajes han disminuido en gran manera. Ya no me provoca la misma emoción revisar el chat y la ansiedad ha desaparecido por completo. —¿Lo extrañas? Miro hacia el frente encontrándome con la mirada de Stanley. Me he quedado como una boba mirando la pantalla del teléfono. —Para nada. —bloqueo el teléfono y tomo el lápiz para seguir con los ejercicios. —No me mientas. —No te estoy mintiendo. —Sí lo haces —me contradice—. No hay nada de malo en reconocer que lo extrañas. —¿Qué pretendes, Stan? —escupo un poquito cabreada con ella. —¿Yo? —se apunta y suelta una risa— Nada. Sólo quiero que seas sincera contigo misma. —No extraño a Rome, ¿bien? Sólo extraño ver sus mensajes en mi teléfono. Era una cuestión de costumbre, nada más. —Mhm... —ella asiente—. Entonces... si te muestro una foto de él no sentirás nada. Me encojo de hombros —Supongo. Stanley me enseña su móvil y ocupando toda la pantalla está la fotografía de Rome besando a otra chica. Alguien ha subido esa imagen al i********: de la escuela y yo siento un pequeño pinchazo en mi estómago. No me duele ver la foto pero sí me molesta un poco ver que él se olvidó rápidamente de Lola. ¿Qué mierda estoy pensando? Que él se besuquee con media población femenina no debería por qué importarme ya que al fin y al cabo fui yo quien terminó todo. —¿Y? —No me importa. Y ahora, ¿podemos seguir estudiando? Ella me lanza una última mirada inquisidora antes de seguir perdiendo el tiempo en su teléfono. Yo me dedico a resolver los últimos problemas y cuando termino, suelto un suspiro agotado. Jamás en la vida había pasado tanto tiempo estudiando para un examen. Bueno... eso no es verdad. Esta historia se repite todos los años cuando me doy cuenta que estoy a punto de reprobar. —¡Abed! —No grites, mujer. —j***r, te estoy hablando hace mil años, ¿Dónde diablos tienes la cabeza? Froto mi frente. —¿Qué quieres? —Te estaba preguntando si me vas a acompañar hoy en la noche. —Sí. ¿Dónde quieres ir? —A una fiesta. —Ni siquiera lo pienses —me coloco de pie y estiro mi cuerpo, los huesos de mi espalda suenan—. No estoy de ánimos para salir hoy. —Por favor —ella junta sus manos como si estuviera rezando—. Irá Steve y sabes que me encanta. ¿He mencionado que Stanley tiene un extraño crush con Steve? Síp, ese mismito Steve. El mejor amigo de Rome. Me lo confesó hace un par de días atrás y aunque yo reventé en carcajadas porque no le creía, me di cuenta que ella estaba hablando en serio. —Stan, por favor... —Te lo suplico —hace pucheros—. Te lo ruego. Suelto un gruñido. —No quiero ir porque estará Rome. —protesto. —Pero si me acabas de decir que él no te importa. ¡Pues mentí, idiota! —¿Y qué tienes pensado hacer? ¿Acostarte con él? —suelto con sarcasmo— Recuerda que ese chico sigue las mismas estúpidas reglas de Rome. —Tengo una súper idea para eso. No me hizo falta preguntarle a qué se refería porque entendí de inmediato. —Ni siquiera lo pienses. —le advierto. —Oh, vamos, me lo debes. Sí, yo sé muy bien que se lo debo pero, esa maldita idea que tiene también me meterá a mí en problemas. Ella quiere que yo vuelva a vestirme como Lola y actúe como intermediaria entre ella y Steve a través de Rome sólo para que ella logre lo que quiere. ¿Me escuchas? ¿Me oyes? ¿Me sientes? ¡Eso se parece mucho a tu historia! Y si eres una buena amiga, ayudarás a Stanley de la misma manera que ella te ayudó a ti aun sabiendo que tu idea era un jodido asco. Mirar el rostro suplicante de Stan me hizo preguntarme si yo lucía igual de desesperada. Y sólo por eso, terminé cediendo. —Está bien —respondo resignada—, ¿Qué tienes en mente? Ella suelta un grito que casi me deja sorda. —La cosa es bien sencilla: quiero ser Hannah Montana 2.0 e ir contigo a la fiesta. Por supuesto, Rome y Steve estarán ahí y como tú ya tienes un pasado con Rome, será más fácil acercarme a Steve. Sólo nos tienes que presentar y listo. —Eso suena muy fácil, ¿no? —Suena fácil porque lo es. —¿Y qué hay de la ropa? ¿Y la peluca? Dijiste que la fiesta es hoy y no tenemos tiempo ni dinero como para estar comprando todo eso. Ella sonríe con suficiencia —Eso ya lo tengo arreglado. Corre a buscar su mochila y de ella saca un montón de ropa y una peluca pelirroja que a diferencia de la mía, es mucho más larga. Me acerco a la cama y observo todo lo que ha traído: crop tops, faldas, pantalones, camisas, camisetas simples y con estampados, zapatos y su infaltable maletín con maquillaje. Ella estaba completamente segura de que yo iba a aceptar. —Estás completamente loca. —le digo, riendo un poco nerviosa. Ella sonríe como una maniática —Lo sé. Como mamá ya ha regresado, le pido a ella permiso para salir esta noche y ella no se hace ningún problema. Tomo una ducha rápida, rasuro mis piernas y me visto con algo cómodo. Meto en una mochila lo más esencial y salgo de casa antes de las ocho para ir hasta la casa de Stanley. Como no vivimos tan lejos, me voy caminando hasta su casa y cuando ya estoy ahí, entro por la puerta trasera. Sus padres no están en casa así que, tenemos total libertad para hacer lo que queramos por un rato. Yo soy un cero a la izquierda con el maquillaje así que, esa tarea se la dejo a Stanley. Me coloco los lentes de contacto y ella comienza a hacer su magia. Mientras ella se maquilla, yo me cambio de ropa. A diferencia de las veces anteriores, no opto por usar una falda. Esta vez me coloco un pantalón oscuro rasgado en los muslos y un crop top del mismo color. Voy hasta el baño y cepillo mis dientes antes de pintarme los labios con el labial rojo mate de mi amiga. Cuando regreso a la habitación, tengo que afirmarme de la pared para no caerme de culo porque ella está irreconocible. Usualmente, Stanley no viste mal. Tiene un exquisito gusto por la moda pero, ahora ella luce totalmente irreconocible. La peluca pelirroja le llega hasta la cintura y su atuendo consiste en un corto short de mezclilla y una camiseta de tirantes junto a una camisa de franela. El maquillaje que ha elegido es adecuado y todo se cierra con unos anteojos redondos a lo más Harry Potter. —Vaya mierda... —murmuro y me acerco con cuidado—, ¿quién eres y qué hiciste con Stan? Ella ríe —¿Luzco como una chica con la que un chico deportista quiera acostarse? —Indudablemente. —recorro su cuerpo con la mirada y sonrío complacida— Te juro que si no te acuestas con él te golpearé de una manera que no podrás ir a la escuela por una semana. Esto lo hago sólo por ti. —Lo sé. Ahora vamos, antes de que mis papás lleguen. Guardo mi teléfono en el bolsillo trasero del pantalón y ambas salimos de la habitación listas para esta noche.
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