Seis.

3398 Words
He lanzado al diablo los tacones porque no es algo de lo que quiera preocuparme en este momento. Mi cuerpo está más receptivo que nunca y la mirada de Rome me tiene como hipnotizada. Él coloca las manos en mi cintura y da un pequeño apretón antes de deslizarla por mi cuerpo. Yo siento un escalofrío que me recorre de pies a cabeza y me relamo los labios cuando siento sus manos en el inicio de mi trasero. No sé qué mierda le han agregado a los tragos pero necesito que me toque. Oh, vamos, ¿para qué culpar al alcohol? Este chico me encanta. Rome se agacha un poco y comienza a deslizar la punta de su nariz por la curva de mi mandíbula. Dejo que mis manos vaguen por sus brazos hasta que lleguen a su cuello, creando pequeñas caricias en él. El ritmo de la música está lejos de ser el mismo al que nosotros llevamos pero no me importa. Él me aprieta contra su anatomía, haciendo que sienta su cuerpo por completo. —¿Cómo supiste que era yo? —le pregunté contra el oído, respirando todo su aroma. El da una pequeña y suave mordida en mi cuello antes de decir: —He visto este precioso culo en fotografías —dice y lo aprieta con sus grandes manos. Suelto un jadeo entrecortado—. Jamás podría confundirlo. Río. Me aparto de él un poco y lo miro a los ojos. Su mirada viaja hasta mi boca y se relame los labios con lentitud. Copio su acción y lo obligo a agacharse un poco más. Comienzo dejando besos en su clavícula, su mentón y sus mejillas. La respiración de Rome se vuelve un poco más pesada y entreabre los labios, nuestros alientos mezclándose. Él se relame los labios por segunda vez y estamos tan cerca que la punta de su lengua roza mi boca. Entonces lo beso. No es para nada un beso lento y romántico. Nada de eso. Ambos tenemos las cosas bien en claro: ninguno de los dos está buscando amor en el otro, no tenemos intenciones de volver a vernos después de esa noche porque sólo queremos sexo y hacer cualquier cosa teniendo aquello en claro es mucho más liberador. No tienes que estar pensando en no dañar los sentimientos del otro. Sólo te enfocas en entregarte sexualmente a la persona y listo. Lo pasamos bien, tenemos unas buenas sesiones de sexo y después, si te he visto no me acuerdo. Rome me besa con intensidad. Su lengua roza la mía con un erotismo que me nubla los sentidos mientras que sus manos intentan acercarme más a él si es que eso es posible. Yo enredo mis manos en su cabello y doy un pequeño tirón. Él me muerde el labio, separándose. Me besa otra vez. Y otra. Cada una más intensa que la anterior. Es tanto el deseo que siento por él que ya siento mi braga un poco mojada. Sin apartarse de mi boca, Rome comienza a retroceder. Vamos chocando con las personas pero a ninguno de los dos nos importa. Cuando se aparta de mí, me doy cuenta que nos hemos alejado un poco. Todavía hay gente a nuestro alrededor pero está un poco más oscuro. La música hace un cambio totalmente radical y ahora suena una melodía jodidamente erótica. ¿Es esto parte de un maquiavélico plan contra mí? ¿Una conspiración tal vez? ¿O se han dado vuelta los papeles y el que está jugando realmente es él y no yo? —Báilame... —Rome susurra contra mi oído y respira profundo. No puedo negar que su petición me ha puesto un poco nerviosa pero recuerdo las palabras que me dijo Stanley antes de salir. Esta noche soy Lola, nadie me conoce aquí y puedo jugar un rato con él antes de desaparecer. Me aparto de Rome Finnegan por completo y él no esconde el descaro con el que me observa de arriba abajo. Sus ojos se fijan en mis pechos y decaen hasta mis piernas. Yo recorro su cuerpo también y gracias a los pantalones apretados que está usando, el bulto en su entrepierna comienza a notarse bajo la tela. Me acerco con lentitud y me giro suavemente bajo la atenta mirada de Rome. Como le he dado la espalda, él no duda en posar sus manos en mis caderas y apretarme contra él haciendo que mi trasero choque descaradamente con su entrepierna. Dejo descansar mi cabeza en su pecho y comienzo a moverme contra él muy despacio, las manos de Rome crean un vaivén desde mi cadera hasta mi cintura. Gracias a la poca ropa que estoy usando, puedo sentir cómo el amigo de Rome comienza a despertar de a poco hasta que se convierte en un prominente bulto. Una de las grandes manos de Rome me toma de la barbilla y me besa con rudeza. —Vamos a mi casa. —susurra contra mis labios y como si yo estuviera bajo un hechizo, asiento sin titubeos. Rome Finnegan enreda sus dedos alrededor de mi muñeca y comienza a tironearme. Me cuesta mucho seguirle los pasos pero hago el intento. Mi corazón martillea con fuerza contra mi pecho y la emoción escapa por cada uno de mis poros. Me pellizco en el muslo, tratando de convencerme de que esto realmente está pasando. Si alguna vez tuve dudas de que podría conseguirlo, estaba muy equivocada. Pero, si tengo que ser sincera, jamás pensé que sería tan fácil. Salimos de la bahía luego de unos minutos, Rome sigue tironeándome de la muñeca y es un poco molesto. La leve brisa ha hecho que el alcohol ingerido haga efecto más rápido y estoy un poco más mareada que hace un rato atrás. Siento mi rostro caliente y cada fibra de mi cuerpo vibra por la excitación de lo que se avecina. —Espera un poco —escupo y él frena en seco, observándome—. ¿Podrías soltarme? Sé caminar perfectamente bien por mí misma. Mi comentario mordaz lo hace reír. En este lugar hay más iluminación y puedo ver su rostro con más detenimiento. ¿He dicho que Rome Finnegan es realmente atractivo? Lo admito, si él no tuviera la fama que tiene y si yo no lo quisiera sólo para el sexo, me sentiría atraída por él. Sin embargo, los chicos como Rome tienden a romperles el corazón a las chicas antes de que ellas puedan decirle "me enamoré de ti". Es por eso que estoy absolutamente mentalizada a la idea de que entre él y yo no hay ni habrá algo más que sexo y si en algún momento confundo las cosas, le he otorgado el permiso a Stanley de lanzarme un ladrillo en la cabeza para reaccionar. Porque los chicos como él nunca cambian. —Lo siento. —dice, acariciándose el labio inferior con el dedo índice. Relamo los labios y sin pensarlo mucho, lo tomo por la camiseta para besarlo. No estoy en condiciones para pensar y tampoco quiero hacerlo, sólo quiero disfrutar de esta noche como si no hubiera un mañana y saciar mi hambre s****l con el chico que se ha vuelto mi capricho desde hace tanto tiempo. Rome no tarda en rodearme la cintura con sus brazos y apegarme a él. El beso es caliente y sus manos me estrujan el trasero con tanta fuerza que yo gimo contra su boca. Un torbellino de emociones se instala en mi pecho antes de reventar y recorrer cada espacio de mi cuerpo. Poco a poco, comenzamos a retroceder hasta que mi anatomía choca suavemente contra un coche. Rome desliza sus labios por mi barbilla y besa mi cuello de una manera que me hace tocar el cielo con las manos. Una de sus manos se aparta de mi trasero y en una maniobra perfecta, saca las llaves del coche de su bolsillo para desactivar la alarma. Abre la puerta entonces y se aparta de mis labios para decir con la respiración agitada: —Sube. No espero a que lo repita por segunda vez. Con la excitación al cien por ciento, me subo al auto y me estremezco cuando él cierra la puerta con un movimiento decidido. Esto realmente está sucediendo... Eventualmente, Rome se sube y arranca el coche de inmediato. Viajamos envueltos en un silencio cargado de deseo s****l y por la manera en que él empuña las manos alrededor del volante, me doy cuenta que está igual o más ansioso que yo por llegar a su casa. Bajo la mirada hasta el bulto en sus pantalones y sonrío, totalmente complacida de que esa erección haya sido producida gracias a mí. Un par de minutos después, Rome Finnegan detiene el coche en el aparcamiento de un edificio y cuando pongo un pie fuera del auto, me doy cuenta que realmente he lanzado a la mierda mis tacones. Suelto una risa. —¿De qué te estás riendo? —me pregunta Rome, mirándome con curiosidad. —He lanzado, literalmente, mis tacones al carajo. Él mira mis pies cubiertos únicamente por las medias y sonríe de medio lado. Nos acercamos al ascensor y él presiona el botón para que las puertas se abran. Ingresamos en silencio, lanzándonos miradas de reojo de vez en cuando. Rome presiona el número once y las puertas se cierran de manera automática. De pronto, me asalta una duda. —¿Vives sólo? Él me observa —No sé cómo decirlo sin sonar arrogante. —Sólo dilo y ya. —Mi padre me compró este departamento para venir los fines de semana. Necesitaba mi espacio, ya sabes. —Comprendo. —asiento, sin querer preguntarle nada más. Las puertas se abren en el onceavo piso y de inmediato queda expuesto el departamento. Rome me invita a pasar primero y apenas doy un paso, la luz tenue del corredor se enciende permitiéndome ver la magnitud del lugar donde estamos: paredes blancas de granito se desplazan con majestuosidad creando una especie de fortaleza. Hay cuadros colgando en las paredes, costosos muebles que mi familia jamás en la vida podría costearse. Llegamos a sala y me doy cuenta que la pared frontal es una gran ventana que te permite admirar una panorámica hermosísima de toda la ciudad. Esto es increíble. Me acerco al ventanal y admiro la vista. Por el reflejo del vidrio veo que Rome se acerca con pasos lentos. Al llegar a mí, desliza sus manos por mis caderas para rodearme con sus brazos, él deja húmedos y pequeños besos en mi hombro desnudo. —¿Quieres algo de beber? —pregunta entre besos. Suelto un suspiro y asiento —Me encantaría. Rome me sirve una copa y yo bebo el contenido de un solo trago. No conversamos más después de eso. Él y yo sabemos muy bien a lo que hemos venido hasta aquí. Extiende su mano en mi dirección y yo no dudo ni un instante en aceptarla. Me conduce por un pasillo oscuro hasta una de las habitaciones. Enciende la luz y ante mis ojos queda expuesta una habitación bastante básica conformada por una cama King Sinze, dos veladores a cada lado y un respaldo con barrotes plateados que me hacen imaginarme un montón de cosas morbosas. El chico de ojos verdes se acerca a la cama y toma asiento. Desde ahí, me observa con intensidad. Sin quitarme los ojos de encima, deja su móvil y el mío sobre el velador y alza la mano, llamándome con su dedo índice. Yo me acerco y me ubico entre sus piernas. Él planta sus manos en la parte trasera de mis muslos y comienza a subirlas con lentitud, enganchando sus dedos en el vestido, jadea cuando se da cuenta que estoy usando medias con liguero. —¿Me ayudas a quitarme el vestido? —le pregunto con falso tono inocente. —Eso sería un placer. Giro entre sus piernas. Rome recorre mi anatomía de forma morbosa hasta llegar al inicio del cierre. Lo baja sin ningún problema y me quita el vestido, dejándome sólo en ropa interior. Giro otra vez para encararlo y me doy cuenta que sus ojos se han oscurecido varios tonos. Su mirada está fija en mis pechos y darme cuenta que me mira con tanto deseo me hace sentir bien. —Arriba los brazos. Obedece con una sonrisa lasciva en los labios. Le quito la camiseta dejando expuesto su torso bien trabajado. A pesar de que sus brazos están libres de tinta, varios dibujos se desplazan por su pecho. Él se coloca de pie a la misma vez que yo creo una línea imaginaria y desigual desde su pecho hasta el botón de su pantalón con mi dedo índice. Sin apartar mi mirada de él, desabrocho el botón y bajo su jean, rozando su bulto bajo la tela con el dorso de mis dedos. Él ahoga un gruñido en su garganta. En un movimiento rápido, él se quita el resto de ropa quedando sólo en ropa interior. En un acto totalmente osado, lo empujo a la cama y me subo a horcajadas sobre él. Sus manos viajan hasta mis muslos pero yo lo tomo por las muñecas y las sujeto firmemente sobre su cabeza. Niego despacio —No está permitido tocar, sexy. —Oh, vamos... —él se queja y traga saliva después de relamerse los labios. —Te quedas ahí. —le ordeno. Bajo de la cama y comienzo a buscar por la habitación algo con qué atarle las manos. Después de buscar por unos segundos, no encuentro nada así que no se me ocurre nada mejor que sacar los ligueros de las medias y atar sus manos. —No puedo creer que estés haciendo esto. —Si te comportas, existe la posibilidad de que libere tus manos. Me subo a horcajadas nuevamente sobre él y lo beso. Como todo un rebelde, Rome rodea mi cuerpo con sus brazos y con ayuda de sus manos, empuja mi trasero hacia abajo para que mi entrepierna haga fricción contra su erección. Ambos jadeamos contra la boca del otro y cuando me aparto, él suelta una risita maliciosa. Lo miro con una ceja alzada y comienzo a jugar su propio juego, frotándome sobre él con lentitud. —No me jodas. —Pensé que eso era lo que querías... —le digo contra la oreja y succiono el lóbulo—. Que te jodiera. Beso a Rome con intensidad, queriendo saborear su boca por completo. Sentir su cuerpo bajo el mío, escuchar su respiración agitada y su cuerpo caliente bajo las manos es espectacular. Él abre los ojos y me observa, sus ojos cargados de deseo, como si yo fuera todo lo que había estado deseando este último tiempo. —Necesito tocarte... —dice él, su voz más ronca de lo normal—. Si no me sueltas las manos, lo haré yo por las malas. Soy consciente de la fuerza que él tiene y solo basta un tirón de sus muñecas para liberarse pero, me entretiene verlo así, falsamente indefenso. —Ese no es parte del juego. —Me importa una mierda, yo también quiero jugar. Y entonces se libera. En un abrir y cerrar de ojos, estoy bajo el cuerpo de Rome con su prominente erección entre las piernas. Introduzco las manos en su cabello y mis piernas rodean sus caderas, acercándolo un poco más. Él frota nuestras entrepiernas y gruñe contra mi boca. Pasa la mano bajo mi espalda y con maestría me quita el sujetador. Cuando mis pechos quedan libres, siento un escalofrío que hacen a mis pezones erguirse. Sus grandes manos se deslizan por mi torso y yo me pregunto si existe un lugar mejor que este. Rome comienza a besar mi cuello, pasando por mis pechos y deteniéndose en mi monte de Venus. Le lanzo una mirada y mi estómago se contrae cuando veo una sonrisa maliciosa dibujada en sus labios. Oh, diablos. Había soñado incontables veces cómo sería este momento y ahora que estoy aquí, a punto de ser besada por él ahí abajo, no tengo idea de cómo jodidos reaccionar. Toda la secundaria ha escuchado los rumores sobre Rome y sus mágicas habilidades con la lengua. La leyenda dice que toda chica que lo prueba es capaz de tocar el cielo con las manos. Yo estoy tan excitada que terminaré tocando el cielo y el infierno a la misma vez. Sus dedos se enganchan en las tiras de mi tanga, sus ojos jamás abandonan los míos. Comienza a deslizar mi ropa interior con lentitud hacia abajo, sus manos aprovechando de tocar mis piernas. —Dejaremos las medias porque luces condenadamente sexy. –dice, lanzando mi tanga a algún lugar detrás de él. Estoy totalmente expuesta frente a él. Siento el rostro caliente y mi corazón no es lo único que está palpitando justo ahora. Rome me mira de pies a cabeza y se muerde el labio de una manera tan sexy que estoy casi segura que podría correrme con tan sólo mirarlo. Empieza besando mis pantorrillas, subiendo por mis muslos y da mordiscos juguetones en el interior de los mismos. Mis caderas se alzan, deseosas por un poco de atención de su parte y cuando él acorta la distancia que lo separa finalmente de mi feminidad, yo aprieto mis manos, queriendo aferrarme a algo. ¿Cómo puedo describir lo que estoy sintiendo en este preciso momento cuando no tengo las palabras adecuadas para hacerlo? Su lengua se mueve con maestría, sus manos aprietan mis muslos y yo tengo que apretar los dientes para no gemir tan fuerte. Tengo la increíble necesidad de apretar las piernas y dejar a Rome viviendo entre ellas para el resto de la vida. De haber sabido que todos los rumores eran ciertos o incluso mejores de lo que se oían, yo me habría arriesgado hace mucho tiempo atrás. Entierro la cabeza en la cama. Llega un momento en que ya no lo soporto más y suelto un gemido que había estado conteniendo hace mucho. Mi respiración es defectuosa, mi boca se ha secado y todo me da vueltas. Cierro los ojos y de pronto, me inundan unas increíbles ganas de orinar pero no, no quiero hacer del número uno. Al parecer, Rome se da cuenta y utiliza su mano derecha para crear círculos en mi clítoris y yo me dejo ir en un abismo de sensaciones que me hace caer sobre la cama sudorosa y con ganas de más. Rome se sube a la cama otra vez y me besa con exigencia. El beso sabe a mí y a una necesidad urgente de ser cogido. No espero más. Empujo a Rome por el pecho, me deshago de su bóxer y me subo sobre él. Mi movimiento es tan rápido que el rizado suelta un gruñido potente. Ver su rostro cuyas facciones están marcadas por la excitación desde las alturas debería ser considerado un pecado. Algunos mechones se pegan a su frente por la transpiración, su mandíbula se tensa y esos labios tan besables son acariciados por aquella lengua que te hace tocar el cielo sin moverte de tu propio lugar. Él es consciente del efecto que tiene su atractivo en las mujeres y no duda ni un segundo en sacarle provecho a la situación. Las grandes manos de Rome se posan en mis caderas y hunde los dedos en mi piel, aumentando el ritmo. Recita un sinfín de palabras sucias, desliza sus uñas por mi espalda y aprieta mis pechos tan fuerte que me causa un placentero dolor. Siento como se tensa bajo de mi cuerpo, veo su expresión endurecerse, avisándome que está a punto de c******e. Me mira a los ojos, un tanto preocupado, avisándome que está a punto de llegar y no sabe si c******e dentro de mí o no. Le doy una pequeña sonrisa y aquello es respuesta suficiente. No voy a quedar embarazada, ¿ok? Tomo pastillas anticonceptivas a escondidas de mi madre desde que tengo quince así que, ustedes tranqui. Me corro yo también y caigo derrotada en el cuerpo de Rome. Antes de que las cosas se pongan melosas, me recuesto en la cama y suelto un suspiro de satisfacción al mismo tiempo que Finnegan. Y cuando yo pensaba que él y yo no estábamos en sintonía, adivina mis pensamientos comentando: —El mejor polvo de hace mucho.
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