Ojos muertos. Abiertos de par en par y sin vida, mirando eternamente sin ver nada. Eso es lo primero que veo cuando abro mis propios ojos. La luz del sol parece demasiado brillante, y mis párpados raspan contra mis ojos como si hubiera un millón de granos de arena atrapados detrás de ellos. Un dolor sordo y palpitante llena mi cabeza, y no puedo mantener los párpados abiertos más de un segundo. La oscuridad tira de mí, y una parte de mí quiere hundirse de nuevo en sus profundidades. Allí es tranquilo. Silencioso. Nada duele. Pero no puedo, y hay una razón por la que no puedo. Algo que necesito ver o hacer. Algo importante. No puedo recordar qué es. No sé dónde estoy, ni por qué unos ojos muertos me miran desde apenas unos centímetros frente a mi rostro. Parpadeo. El roce de mis p

