El pecho me duele y los pulmones me arden por el esfuerzo intenso mezclado con el miedo. Aun así, seguimos corriendo. Mis pasos empiezan a flaquear, los pies se me enredan, pero me obligo a seguir moviéndome. A seguir adelante. Cole me arrastra consigo, implacable en su determinación de mantenerme a salvo. Finalmente, me lleva hasta otra esquina y se detiene, presionándome contra la pared del gran edificio mientras los dos jadeamos buscando aire. Asoma la cabeza por la esquina, con la pistola bien sujeta en la mano. —¿Hay… alguien ahí? —pregunto entre jadeos. —No —su voz suena controlada, aunque puedo oír la tensión debajo de ella, y sé que no es por el esfuerzo físico. — Pero eso no significa que no nos estén siguiendo. Carlos es un hijo de puta escurridizo. Depende de a quién quisiera

