Capitulo 4

1529 Words
— Hola, preciosa. ¿Me pones lo de siempre? —Paul Adams me sonríe, apoyando un codo con despreocupación en la madera pulida mientras su pelo rubio rojizo brilla bajo la luz. Contengo el impulso de fruncir el ceño. Este tipo es básicamente inofensivo, aunque es persistente de cojones. Es cliente habitual del Tomy’s desde antes de que yo empezara, aunque Tom me comentó una vez que ahora viene más a menudo que antes. Creo que ronda los treinta y pico, lo que lo pone más de una década por encima de mí, pero la diferencia de edad no parece importarle lo más mínimo. — Sí, claro. Le preparo un dirty martini, deseando que su habitual fuera una cerveza o algo para poder servírselo rápido y quitármelo de encima. Aprovecha cada segundo que tardo en prepararlo para charlar conmigo como si pensara que un día todo este rollo le va a funcionar y voy a bajarme las bragas aquí mismo detrás de la barra. — Hoy hemos cerrado un contrato importante en el curro —me cuenta mientras coge la copa y la levanta en un brindis silencioso—. El que te conté. Tienes que ser mi amuleto de la suerte. La verdad es que no recuerdo que me contara nada de ningún contrato. Ni siquiera recuerdo a qué se dedica. Algo de gestión media, creo. No es el tipo de cosa de la que deberías fardar a una chica que intentas ligarte en un bar. Abro la boca para contestar, pero el sonido de un vaso rompiéndose cerca me hace dar un respingo. El corazón me da un vuelco en el pecho, golpeando fuerte y rápido contra las costillas como un animal asustado. Retrocedo un paso y casi tropiezo con una caja que hay en el suelo detrás de la barra. Uno de los universitarios borrachos mira alrededor con cara de culpable, y Tom suelta una maldición mientras va a limpiarlo. Mierda, Jade. Tranquila. Es solo un vaso. Paul me mira con el ceño fruncido, y siento como si me hubieran tirado de golpe a una bañera de agua helada. Me agacho detrás de la barra, fingiendo que estoy lidiando con la maldita caja. Pero en realidad cierro los ojos un segundo, intentando calmar la respiración que se me escapa en oleadas ansiosas. Incluso ahora, los ruidos fuertes repentinos siguen poniéndome al límite. Estoy mucho mejor que cuando salí del hospital, mucho mejor que cuando empecé en el Tomy’s, pero no estoy segura de que sea algo que supere del todo alguna vez. Cuando el corazón vuelve a un ritmo más normal, rompo la caja y la llevo al callejón de atrás, agradecida por el pequeño respiro de Paul. La ciudad es un páramo abandonado cuando termino el turno. Ya pasan de las dos de la mañana cuando Tom y yo cerramos. No esperaba que la limpieza se alargara tanto, pero debería haber sabido que el bar cerraría tarde con varios clientes demasiado borrachos para volver a casa. — Gracias por la ayuda de esta noche —dice el hombre gruñón mientras me da mis propinas extra de la semana. — No hay de qué —asiento. Nos separamos mientras yo cojo un atajo hacia mi apartamento, que está a varios kilómetros. Me tienta agarrar un taxi, pero sé que mañana me arrepentiré de gastar el dinero. Ahora mismo, las propinas son mi salvavidas. Hace semanas que no hago un curro temporal, así que mis ingresos extra están bajos. Entre nevera vacía y una calefacción que nunca funciona, no puedo permitirme tirar el dinero a no ser que quiera tocar mis escasos ahorros. El camino a casa es inquietantemente silencioso mientras tomo una calle conocida por otro callejón oscuro. Esta zona no está tan poblada como otras partes de la ciudad, y esta noche tan tarde se siente aún más desierta. Me subo la chaqueta y acelero el paso, con la manga del lado derecho colgando floja de mi brazo amputado. A lo mejor debería haber cogido un puto taxi. Normalmente voy en autobús, pero esta semana la ruta está suspendida por obras. Es demasiado lejos para ir andando tan tarde. Como si mi paranoia la hubiera invocado, un sonido leve me llega a los oídos. Mis pasos vacilan un poco mientras miro alrededor, con la piel erizada. Mierda. Un hombre viene detrás de mí a paso rápido, con una sudadera holgada con la capucha subida tapándole la cara. No es alto, pero tiene un cuerpo sólido, y sus pasos son decididos mientras se acerca. El estómago se me encoge de miedo y acelero, bajando del bordillo para cruzar la calle mientras meto la mano en el bolsillo buscando las llaves. Pero antes de que pueda agarrarlas, una mano pesada cae sobre mi brazo y me tira hacia atrás. El hombre me gira para ponerme frente a él, echándose la capucha hacia atrás mientras me amenaza con un cuchillo. Es calvo, con mechones desiguales de pelo a los lados de la cabeza y los dientes rotos típicos de un maleante de meta. — Dame la puta cartera, zorra. Agita el cuchillo hacia mí, dando un paso más cerca mientras yo retrocedo. Los pies se me enredan un poco y él hace un amago de corte hacia mí, con la punta del cuchillo casi rozándome la mejilla. Me echo hacia atrás y luego me quedo completamente quieta, con el corazón latiéndome dolorosamente en el pecho. Si hago otro movimiento brusco, lo pagaré con sangre. — Vale. Vale, espera. He oído que en situaciones como esta hay que tirar la cartera lejos en vez de dársela. El atracador elegirá el dinero antes que, a ti, dándote unos segundos preciosos para huir mientras va a por ella. El estómago se me retuerce al pensar en el único objeto irremplazable que llevo en la cartera, lo que más significa para mí de todas mis tarjetas y dinero juntos. — ¡Date prisa! ¡Ya! — Vale. De acuerdo. Levanto los brazos, dejándole ver mi mano abierta y mi muñón. Dejándole ver que no soy una amenaza. El cuerpo se me tensa mientras meto la mano despacio hacia la cartera, con las piernas preparadas para correr. Pero justo cuando mis dedos rozan el bolsillo trasero, un nuevo ruido me llama la atención. Antes de que pueda procesar qué he oído, tres figuras salen de las sombras detrás de mí, haciéndome dar un respingo. También agarran por sorpresa al atracador, y ni siquiera tiene tiempo de reaccionar antes de que se le echen encima. Uno de los hombres avanza y le agarra la muñeca, esquivando fácilmente el salvaje corte del cuchillo antes de apretar más y girar. El maleante grita, y el cuchillo cae al suelo con un tintineo; uno de los otros lo patea lejos. Miro atónita cómo el hombre que desarmó al atracador lo tira al suelo y empieza a patearle el estómago. Cada patada brutal arranca un grito, y se me corta la respiración cuando un chorro de sangre sale de la boca del tipo y salpica el asfalto n***o. El maleante debe estar tan dopado que no siente todo lo que le hacen, o las drogas le dan energía a pesar del ataque brutal, porque intenta defenderse. Se revuelve, lanza puñetazos y patadas, intentando ponerse de pie. Pero no tiene ninguna puta oportunidad. Los tres hombres por fin paran la paliza, pero no antes de que el más alto le dé un último golpe en la cara. El maleante se desploma, y el sonido de su cráneo golpeando el hormigón me revuelve el estómago. No se mueve más. Dios mío, ¿lo habrán matado? Uno de los hombres misteriosos y oscuros agarra al atracador inconsciente, levantándolo por la camiseta antes de arrastrarlo fuera de la vista. En segundos, otro de las tres sombras desaparece por el callejón, dejando solo a un hombre conmigo. Está de espaldas a mí, y lo observo con los ojos muy abiertos mientras sus hombros anchos suben y bajan, su aliento visible en el aire frío de la noche de otoño. Se queda en la boca del callejón, como si no terminara de decidirse a marcharse, a seguir a sus dos amigos. Como si estuviera esperando a que yo diga algo. La voz se me atasca en la garganta cuando abro la boca, las palabras pesadas en la lengua. ¿Qué coño digo? ¿Gracias? ¿Quién eres? Pero cuando el hombre de las sombras por fin se gira para irse, dando un paso hacia el callejón para seguir a sus amigos, solo una palabra sale de mis labios. — ¡Espera! Se detiene, mirándome por encima del hombro. Es breve, tan breve que apenas capto un atisbo de sus facciones. Pero bajo la tenue luz de las farolas de arriba, veo un destello de marrón y azul. Esos ojos. Conozco esos ojos. Jamás podría olvidarlos. Los miré fijamente en sus profundidades revueltas hace dos años y medio mientras mi sangre se derramaba de mi cuerpo. Es el hombre del club. Pero en el instante en que lo reconozco, se da la vuelta y se adentra en el callejón, tragado otra vez por las sombras.
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