Capítulo 35: Primer año

1318 Words
Dentro de todo lo que nos pudo llegar en las batallas contra aquellos que apoyaban a Philip, pensé que lo había visto todo. Tuve muchas dificultades para traer más lobos a mi manada después de la última advertencia directa del último rey y el rey Philip. Sus amenazas, firmadas con arrogancia y violencia, se esparcieron como veneno entre los clanes. Aun así, con resistencia y paciencia, pasó un año… un año entero donde logramos salvar a decenas de lobos de los castillos y palacios, uno por uno. Los reinados que antes caminaban con orgullo sobre nuestras espaldas, ahora se arrastraban como animales, incapaces de justificar las barbaridades que defendieron durante tanto tiempo. Con cada conquista, con cada lobo liberado, mi manada crecía, y también lo hacía la esperanza. Pero ningún lugar, ninguna victoria… me preparó para lo que me llegó hoy. Llevaba un mes en la mansión reorganizando nuestra vida, construyendo paz, respirando por fin entre muros donde no se derramaba sangre. Y fue entonces cuando llegó una carta… escrita con la letra firme y temblorosa del viejo rey, el padre de Philip. Al leerla, mis ojos casi se salen de su lugar. Me puse de pie con una furia y una incredulidad que me empujaron hasta la puerta principal de la mansión. La abrí de par en par, con la respiración contenida, y lo que encontré me dejó paralizado. Cuatro cachorros. Cuatro niños varones, alineados frente a mí con los pies descalzos, vestidos con harapos manchados y telas que apenas cubrían su piel. El más pequeño no pasaba de los cinco años; el mayor, apenas llegaría a diez. Y sin embargo… sus rostros decían más que cualquier carta. Rasgos del rey. Ojos y bocas que me gritaban la sangre de Katerina. La misma que marcó con su veneno cada rincón del trono. Verlos ahí, tan pequeños, tan silenciosos, tan despojados de todo lo que les debía pertenecer… me destrozó. Eran los cachorros bastardos de un rey que se atrevió a proclamarse superior, pero que crió a su descendencia como si fueran basura. Philip gobernaba como rey… pero a sus propios cachorros los trató como esclavos. Y mientras los veía allí, sin levantar la mirada, sin esperanza… mi corazón lloró. ¿Qué clase de padre hace esto? ¿Qué clase de hombre deja que sus propios cachorros crezcan sin amor, sin un abrazo, sin un nombre digno de pronunciarse en voz alta? El odio me ardía por dentro. Porque al verlos, no vi a los cachorros de mi enemigo. Vi lo que podría haber sido el destino de mi cachorro. Vi a mi cachorro, el que crecía en el vientre de Mónica, atrapado en un futuro donde sería separado de nosotros, vestido con ropas finas pero sin alma, viviendo entre mármol y cadenas, creyendo que Philip era su padre. Y esa imagen… esa maldita idea de que mi hijo algún día podría amar a ese impostor como si fuera suyo, me desgarró por dentro. No. Jamás. Philip ha cometido demasiados crímenes. Pero este… este fue el más cruel de todos. Hoy sellé dentro de mí la certeza de que no descansaré hasta que su nombre desaparezca de cada muro, de cada historia, de cada rincón donde alguna vez impuso su reinado de terror. Porque los hermanos que llegaron hoy, y el hijo que aún no he tenido entre mis brazos, merecen un mundo donde ser lobo no sea una condena. Y yo… yo lo haré posible. Aunque me cueste la vida. Abriendo más la puerta, me dirigí hacia los cachorros que ya tenían la atención de los guardias en la entrada de mi mansión. —¿Desean entrar? El mayor de ellos levantó la mano con firmeza, indicando a los demás que lo siguieran. Uno tras otro, los cuatro caminaron con pasos cautelosos hasta quedar al centro del gran salón. Me observaban todo con ojos abiertos, visiblemente sorprendidos al ver una mansión limpia, organizada, donde la gente trabajaba sin miedo, sin cadenas ni gritos, simplemente siendo parte de algo… distinto a todo lo que ellos conocían. Cerré la puerta tras ellos y de inmediato envié un enlace a Pablo. “Necesito que me digas si tenemos un doctor disponible para atender a cuatro cachorros que me acaban de llegar.” Pablo respondió casi al instante: “Tenemos dos doctores especializados en niños, te envío al más cercano. ¿Quién envió cachorros a nuestra manada, Alfa? También enviaré a una niñera del hospital infantil para que los cuide mientras se les encuentra un nuevo hogar.” Su pregunta era lógica. La esperaba. Pero no respondí. En lugar de eso, me quedé mirando a los pequeños y empecé a pensar: ¿realmente podrían ir a otro hogar? ¿Sería justo separarlos otra vez, ahora que habían llegado aquí? Saber que eran hijos de Katerina complicaba todo. No podía decidir a la ligera. Mientras mis pensamientos se enredaban, escuché la voz tímida del mayor. —Buenos días, señor. Espero que no hayamos llegado en un mal momento. Sus palabras eran correctas, educadas… pero no podían ocultar el temblor en su voz. Estaba siendo valiente. Tratando de mantener la dignidad en medio de su vulnerabilidad. Lo vi, y comprendí que no podía permitirme más dudas. Pensé en su madre—en Katerina—esa mujer impulsiva, desesperada por ser algo más fuerte de lo que realmente era. Y por primera vez entendí su afán, su desesperación por alcanzar algo más. Ella intentó protegerlos… a su manera. Cruzando un brazo sobre mi pecho y dejando que el otro sostuviera mis nudillos bajo la barbilla, hablé con calma al mayor de los cachorros: —Perdón por mis maneras… no están en su mejor forma hoy. Ya mandé a buscar un doctor para verificar cómo se encuentran, pero quiero preguntarte algo importante. ¿Tienes un mensaje de parte de Katerina? El cachorro bajó la mirada y por un instante todo se volvió silencio. Pude sentirlo sin que dijera palabra alguna: el dolor de haber sido enviado aquí, sin saber si fue un acto de amor o de abandono. Y el miedo de no saber si su madre lo hizo voluntariamente… o si, como insinuaba el padre en su carta, todo fue decidido sin corazón. Y ese peso… ahora era mío. —Katerina dijo que nos cuide… que no nos deje pasar lo mismo que el último rey nos hizo… que nos ayude hasta que ella pueda regresar a nosotros. Sus palabras me atravesaron el pecho. Detrás de aquella voz infantil, temblorosa pero valiente, estaba el eco de una madre rota. Una mujer que no tuvo más opción que entregar a sus hijos y confiar en que no serían tratados como mercancía, como lo habían sido bajo el reinado de su propio padre. Con un suspiro profundo, envié la respuesta a Pablo por el enlace. “Ellos se quedarán en mi mansión, Pablo. Son los cachorros de Katerina y del antiguo rey… no son simples niños abandonados. Si los pongo en otro hogar, corren el riesgo de ser separados, de olvidar a su madre, o peor… de caer en manos equivocadas. No lo permitiré.” La respuesta de Pablo no tardó en llegar, cargada de preocupación… y de juicio. “Alfa… eres un hombre soltero. No tienes a tu Luna a tu lado. Cuidar a cuatro cachorros que no son tuyos no es prudente. ¿Qué pensará el resto de la manada?” Cerré los ojos, conteniendo mi frustración. Pablo tenía razón, en parte. No era sabio. No era fácil. Y sí, tal vez muchos cuestionarían mi decisión. Pero yo no era un Alfa solo para liderar en tiempos de gloria. Era Alfa para proteger a los que no podían defenderse. Y estos cachorros… ahora eran mi responsabilidad. —Que piensen lo que quieran —murmuré, más para mí mismo que para él—. Pero no pienso abandonar a nadie que me fue confiado. Jamás.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD