Ver a Carlos en su nuevo uniforme, similar al nuestro pero claramente adaptado para el combate, me llenó de un orgullo que no supe disimular. No era solo el uniforme: era lo que representaba. El fruto de nuestro esfuerzo, de nuestra unión, de haber forjado una manada desde las cenizas del abandono.
Nuestros trajes, creados con los pelos de nuestros lobos, ya no se veían como algo salvaje o desordenado. No. Parecían ropa común, elegante, fuerte… pero al mismo tiempo, viva. Había algo mágico en vernos a todos vestidos de esa forma. Extraño, sí. Pero en el mejor sentido posible. Nos habíamos convertido en algo nuevo. Algo más.
Después de saludarnos, conversamos con seriedad sobre las estrategias que debíamos tomar en esta guerra que apenas comenzaba. Carlos, con la fuerza y determinación que lo caracteriza, aceptó sin titubear la posición de Gamma. Su tarea sería peligrosa pero vital: recorrer con veinte de mis guardias y diez lobas los distintos reinados humanos, contactando a los lobos esclavizados o reprimidos que desearan ser libres, y ofrecerles un hogar en nuestra manada. En mi manada.
Pablo, por su parte, se quedaría al mando del territorio y de los nuestros. Él y su compañera, Carla, protegerían la paz que tanto nos costó construir. Sabía que podía confiar en ellos.
Yo partiría con Lily, acompañados de doscientos de nuestros lobos y cien de nuestras lobas. Nuestro destino: el campo de concentración donde tenían cautivo al compañero de Lily. Sabíamos que no sería fácil. Pero también sabíamos que no dejaríamos a nadie atrás.
—Nos veremos en un par de meses. Si algo cambia, les enviaré mensajes en mi estado de lobo —anunció Carlos con firmeza, despidiéndose de nosotros con ese aire seguro que siempre lo acompaña.
Asentimos, compartimos un último cruce de miradas cargado de respeto, y sin más palabras, nos pusimos en marcha.
Cada paso que dábamos era uno más hacia la libertad.
Y esta vez… no íbamos a fallar.
El día pasó con la rapidez de un suspiro, y aunque el camino fue largo y el silencio pesaba en la garganta de todos, algo en mí se alivió cuando escuché la voz temblorosa de Lily acercarse a mi oído, como un susurro lleno de esperanza… y miedo.
—Alfa… hemos llegado. Estamos justo al lado del campo de concentración. Siento a mi mate… está aquí… está trabajando ahora mismo —dijo, conteniendo un sollozo.
Su tono no era solo de ansiedad, era de un profundo dolor contenido, uno que hablaba de sufrimiento, de días y noches soñando con encontrarlo vivo. Sus palabras, tan suaves y rotas, me lo dejaron claro: los humanos que manejaban este campo eran crueles y despiadados. Si ella, una mujer fuerte y valiente, temía tanto, era porque había vivido el infierno con ellos.
No necesitaba más para actuar.
“Rodeen el área y vuelvan con información precisa. Necesito saber exactamente qué enfrentamos,” ordené por el enlace.
Mis guerreros partieron en silencio, tan sigilosos como sombras, y tras horas que parecieron eternas, comenzaron a llegarme los reportes.
“Alfa, son muchos… pero si iniciamos el ataque con silencio y precisión, ganamos ventaja” dijo uno de los exploradores.
No me precipité. Esta vez no quería actuar como bestia hambrienta de venganza. Esta vez quería que cada humano sintiera que sus decisiones los llevaron a su fin. Que sintieran el peso de lo que hicieron con cada lobo enjaulado, con cada lomo marcado por látigos, con cada vida que creyeron inferior.
—Lily, ven conmigo —le ordené, mirándola con la firmeza de quien protegerá su dolor como si fuera el propio.
Mientras caminábamos hacia la entrada principal, envié un enlace a toda mi unidad:
“Empiecen a eliminar en silencio a los que están más cerca. Sin hacer ruido. Cuando escuchen mis palabras: ‘Entonces dejaré uno con el mensaje’, será la señal. Ese será el único que dejarán vivo. Todos los demás, que no sean de nuestra especie… mátelos sin piedad.”
—“¡Sí, Alfa!” contestaron todos al unísono, con la determinación grabada en su pecho.
A medida que nos acercamos a la entrada, el aire se volvió más denso, y el olor a hierro, químicos y desesperación me llenó las fosas nasales. Era como si la tierra misma supiera lo que allí adentro se hacía.
Los humanos en la entrada nos vieron venir. Se pusieron en alerta, las armas listas, con los dedos nerviosos temblando sobre los gatillos. Aún así, di un paso al frente con dignidad y voz firme:
—Deseo hablar con su líder. ¿Está disponible?
Mi petición fue recibida con carcajadas burlescas… y un disparo que chocó contra el suelo, a centímetros de mi pie.
Fue entonces que dije las palabras clave.
—Entonces dejaré uno con el mensaje.
Y como si el mismo viento llevara mi voz a cada rincón del campo, los gritos comenzaron. Gritos de horror, de dolor, de súplica. Mis lobos, invisibles entre las sombras, cayeron sobre ellos como la noche cae sobre el día. La masacre fue silenciosa y limpia, hasta que sólo quedó el eco del miedo en el aire.
Horas después, cuando el último aullido de batalla se desvaneció, recibí el enlace:
—“Todos están muertos, Alfa. Queda uno, tal como pidió.”
Entré al centro del campo con pasos firmes. A mi lado, Lily caminaba temblando. El lugar era un cementerio de armas y cuerpos. Jaulas con nuestros lobos y lobas. En medio del caos, un hombre de avanzada edad, con uniforme de comandante, estaba de rodillas, con las manos unidas en súplica.
—¡No me mates! ¡Haré lo que me pidas! ¡Lo que sea!
Lo observé con una calma peligrosa, mis ojos como cuchillas que se clavaban en su pecho.
—Tú harás lo que yo diga, no porque te lo pida —gruñí, caminando lentamente hacia él—, sino porque sabrás lo que se siente temer cada día por la vida… como lo hicimos nosotros bajo tu reinado de crueldad, fui humano en pedir permiso pero ahora ustedes serán el chiste.
Lo levanté del cuello con una sola mano y lo obligué a mirarme a los ojos.
—Vas a decirme dónde está el esposo de Lily. Y después… hablarás de lo que viste aquí. Serás mi mensaje.
El hombre asintió desesperado, ahogado entre lágrimas y sudor, y por primera vez desde que llegamos, sonreí.
La guerra apenas comenzaba… y este era solo el principio.
Mirando a Lily, sentí el peso de su temblor contenido, y aunque sus manos se apretaban entre sí con nerviosismo, su voz brotó firme, cargada de determinación, como solo una mujer en medio de la guerra puede lograr.
—¿Dónde está Luis? —preguntó con la garganta seca—. Mi esposo… es aquel que trabaja creando sus armas.
El silencio que se apoderó del lugar fue más revelador que cualquier palabra. El comandante, aún arrodillado, se quedó inmóvil, y en sus ojos no vi sorpresa… vi miedo. Un miedo profundo que confirmaba que ese nombre no debía pronunciarse. Que ese hombre, Luis, representaba algo importante, quizás peligroso… o simplemente demasiado valioso para el enemigo.
Mi ceño se frunció, y sin dejar de mirar al cobarde, lo tomé por el cuello de su uniforme y lo arrastré lentamente hacia la gran hoguera que nuestros lobos habían encendido horas antes para quemar lo que quedaba del campamento: documentos, armas, uniformes.
Su cuerpo se tensó de inmediato al sentir el calor del fuego rozarle la piel. Sus pies patalearon, sus manos se aferraron a mi brazo, y su rostro palideció más de lo que creí posible.
—¡No me mates! —chilló como un cerdo llevado al matadero.
Incliné la cabeza hacia él, con una sonrisa fría, apenas curvando mis labios.
—Contéstale a Lily, y te dejaré caminar —dije con voz grave—. No lo hagas… y llegarás arrastrado, inconsciente, como mi mensaje para el Rey Philip.
Su expresión cambió del terror a la desesperación.
—¡Está… está en mis anotaciones! —gritó con voz quebrada—. En el sótano… bajo el segundo nivel del depósito principal… ¡Allí está todo! ¡Los informes! ¡Los mapas! ¡Sus nombres…! ¡Su celda…!
No tardó mucho.
Mis guerreros, al recibir mi enlace, se movilizaron al lugar indicado. No habían pasado más que unos minutos cuando escuché un aullido de confirmación. Pero lo que realmente me partió el alma fue el sonido que le siguió:
El llanto de Lily.
Un sollozo quebrado, lleno de alivio, angustia y amor, rasgó el aire como una flecha directa al corazón.
Corrí hacia el sótano con el corazón acelerado y al llegar vi a Lily arrodillada, abrazada a un hombre delgado, encadenado, cubierto de mugre, heridas, y con los ojos hundidos… pero vivos.
Luis.
Él, aún débil, levantó la mirada y al verla, murmuró:
—Lily… mi amor…
Y ella, temblando, lo besó en la frente con ternura infinita, mientras yo cerraba los ojos, sintiendo que al menos por un instante… habíamos vencido.