El silencio de mi parte la obliga a seguir hablando.
—Si no me contestas, el otro lobo que desea tu muerte por tomar a esa mujer —la que ahora es Reina de Philip— entrará pronto.
Sus palabras intentan sonar firmes, pero puedo oler el miedo en su sudor. Me está presionando, pero también rogando por su vida.
Pensando en sus condiciones, le pregunto con autoridad, con esa voz grave que hace temblar hasta a los más valientes:
—¿Por qué deseas ser mi Luna? Ya eres la guardiana del Rey. ¿Por qué anhelas más poder?
Mis palabras la golpean como un látigo, y su respuesta llega con el temblor de quien ha perdido todo y aún así se aferra a lo que queda:
—Porque tengo mucho que proteger… y no puedo hacer nada. No puedo cometer más errores, Alfa. ¿Tenemos un trato o no?
Gruño, dejando que mi ira se asome por entre mis colmillos apenas contenidos.
—Te protegeré… pero no serás mi Luna. Ya la encontré.
Y hasta que me pruebes que eres digna de confianza, no te permitiré marcarme ni beber de mi sangre.
Ella gruñe con furia, llena de frustración. Su rabia es tan fuerte que debo mirar a mi alrededor, asegurarme de que Mónica sigue dormida, que sigue a salvo. Al verla respirar con tranquilidad en nuestra cama, me calmo… pero el enojo con esta loba no desaparece.
—¿Es la Reina Mónica?
Su pregunta, disfrazada de curiosidad, huele a veneno. Está buscando información, nada más. Con firmeza, tomo su muñeca y la marco, uniendo su energía al enlace de mi manada… pero le niego lo más importante: mi sangre.
Sin mi sangre, no puede entrar completamente. No tiene mi confianza.
La empujo lejos, obligándola a calmarse. Ella me mira con horror, como si acabara de sellar su sentencia de muerte, y empieza a mirar a todos lados, temiendo ser descubierta. Entonces le hablo, cada palabra como un mandato que no puede ignorar:
—Eres de mi manada ahora… y nadie debe saberlo. Si hablas de cualquier cosa que te he dicho, te mataré.
Me dirás todo lo que desconozco, porque eso es lo que se espera de los míos. Y solo cuando esté seguro de que puedo confiar en ti, hablaré con mi manada para permitirte entrar por completo en nuestro enlace.
Su expresión cambia. Ya no es miedo… es desafío. Y eso, eso es lo que más me enoja. Porque ni en su desesperación deja de intentar controlar la situación.
En ese momento, me viene a la mente cómo mi antiguo Alfa usaba su aura para imponer miedo y respeto a todos aquellos que se atrevían a desafiarlo. Dejo que mi propia aura de Alfa despierte con fuerza, envolviendo la habitación con su energía salvaje. Observo cómo la loba responde de inmediato: su cuerpo tiembla, y al final expone su cuello con sumisión total. Se ha rendido por completo.
Sus gemidos de miedo no me ofrecieron paz… pero sí me devolvieron el control.
Le envío un enlace mental, mi voz rugiendo dentro de su mente como un trueno:
“Dime lo que no conozco. Empieza con tu nombre.”
Ella intenta mantener la compostura, pero sus movimientos delatan su tensión. Comienza a caminar hacia donde están mis ropas, intentando quizás distraerse, organizar algo, fingir normalidad. Pero cuando se inclina y toma una de mis prendas con cuidado, suelta la verdad:
—Me llamo Katerina… y lo que debes saber ahora es que tengo que irme con el Rey Patricio.
Sus palabras me dejan inmóvil por un segundo. No tienen sentido. ¿El Rey Patricio? Pero ella es la guardiana de Philip… el hijo del último rey.
Girándome lentamente para verla, con la mirada afilada como cuchillas, le exijo con voz baja, pero cargada de autoridad:
—¿Por qué vas con el último Rey Patricio y no con tu dueño actual?
Ella no contesta con palabras. Simplemente abre la puerta y se va del cuarto, como si ya todo estuviera decidido. Pero su respuesta llega en mi mente, atravesando el silencio:
“El es mi compañero destinado… Yo también encontré a mi Alfa. Pero no es nada fácil. Mañana te diré más, Alfa. Por ahora solo te diré que he tenido peleas con ese otro lobo… porque él no será la clase de hombre que ayuda.”
Me quedo de pie, en silencio, mirando la puerta por donde desapareció.
Sus últimas palabras giran como cuchillas en mi cabeza.
La loba destinada… del último Rey.
Tomado por sorpresa por esa confesión, siento que es imposible apartar el pensamiento de lo que acaba de revelarme. Lo que parecía una simple misión, se ha vuelto una guerra de lazos, sangre… y destinos entrelazados.
Virarme no ocurrió hasta que escuché la voz de Mónica, aún entre sueños, arrastrada por el cansancio.
—¿Lobito?
Su llamado, suave y medio dormido, me atravesó como una súplica. No dudé. Me giré de inmediato y regresé a la cama, acercándome a ella con cuidado. Apenas me senté, su cuerpo se movió por instinto… y apoyó su rostro en mi pecho, como si allí encontrara su hogar.
La paz regresó a mí en ese instante. Sentirla tan cerca, respirando tranquila sobre mi piel, borró la tensión que todavía ardía en mis venas.
Mónica volvió a dormirse enseguida… y no me tomó mucho tiempo seguirla. Cerré los ojos y, envuelto en su calor, me dejé caer en un sueño profundo.
Mónica
Al despertar, lo primero que veo es el pecho fuerte de Alejandro. Saber que aún está conmigo en nuestra cama me da una paz más profunda de lo que jamás imaginé sentir.
Tantas cosas debo hacer hoy, pero no sé cuáles son verdaderamente importantes. Nunca me enseñaron qué hacer en caso de una guerra. Sé cómo lidiar con un embarazo, aunque en la iglesia me enseñaron que debía eliminarlo… Pero este bebé fue creado con amor, con un hombre que, aunque sea una bestia, me ama de corazón.
Él me acepta como su compañera, y desea lo mejor para mí en todos los aspectos.
Somos diferentes, sí, pero precisamente por eso nos atraemos. Alejandro solo me ha mostrado amor y cuidado, algo que Philip jamás entendió que era más valioso que su corona.
Sabiendo que mis próximas semanas serán más vigiladas, más dulces, más íntimas… me empiezo a plantear cómo extraer información útil. Necesito saber qué puedo hacer. Cómo moverme en este nuevo juego de poder que me rodea.
Al intentar moverme para ir al baño, siento cómo Alejandro me hala con suavidad hacia él. No puedo evitar soltar una risa pícara.
—Lobito, necesito usar el clóset de agua. No puedo ir si no me sueltas.
Su gruñido me hace reír aún más, pero finalmente me deja libre. Voy a relajarme y, al terminar, tomo algo de ropa para cambiarme antes de que alguien venga a despertarme.
Justo cuando estoy terminando de arreglarme, escucho golpes en la puerta.
Me alisto lo más rápido que puedo y camino hacia la entrada para indicar que pueden pasar, pero me detengo al ver a Alejandro ya vestido, de pie, esperándome con paciencia.
—¿Les indico que entren… o me permites un momento más?
Verlo querer estar conmigo un poco más me llena de alegría. Hay algo en su forma de mirarme que me hace sentir deseada, importante, cuidada. Con una sonrisa y las mejillas encendidas, le contesto con dulzura:
—Sí puedes, mi Lobito.
Ese sobrenombre… ese pequeño detalle, lo transforma. Su expresión se ablanda, se llena de ternura y amor. Me derrite.
—Acepté ser tu amante para no dejarte sola, pero Mónica… no creo que pueda seguir siéndolo solamente. Me has enamorado —dice, su voz cargada de emoción contenida—. Y deseo explicártelo mejor, pronto. Pero, por favor, debes saber que eres más importante para mí de lo que demuestro. Nunca te haré daño. Y no dejaré que te lastimen a ti ni a nuestro hijo. Ustedes dos son mi vida… y quiero vivirla con ustedes. Libres. Lejos de todo este caos.
Sus palabras me dejan paralizada por la sorpresa.
Ayer por la noche fue Philip quien intentó conquistar mi corazón. Pero esta mañana… después de hacer el amor con Alejandro, es mi guardián quien se declara con el alma en las manos.
Y no sé qué me duele más… lo mucho que estoy empezando a necesitarlo, o lo poco que entiendo cómo será nuestra vida de ahora en adelante.
Lo primero que pensé al despertar esta mañana fue en mi embarazo, en los deseos que crecen dentro de mí por este bebé. Pero ahora, tras escuchar las palabras de Alejandro, entiendo que mis sentimientos no son unilaterales. Son reales. Son mutuos.
Y, sin embargo… él no es el Rey.
Alejandro es mi guardián. Solo eso. Mi guardián.
No tiene el poder que posee Philip.
No puede protegerme con coronas ni decretos.
Y esa verdad, por más que me duela, me enfrenta a una realidad que no sé si podré cambiar.