Capítulo 16: Una Semana

1425 Words
Deseando estar con ella, intento hablarle, pero su respuesta llega con una tranquilidad que me inquieta. No era indiferencia… era algo peor. Era resignación. Como si empezara a creerse que no merece la verdad. “Alejandro… entiendo que si tenemos enemigos afuera del cuarto, ¿pero ellos también pueden escuchar lo que ocurre dentro? Estas paredes están hechas con plata… y sé que la plata es un arma contra los lobos.” Sus palabras me golpean más que cualquier metal. Me levanto de inmediato y toco una de las paredes, solo para sentir el ardor quemándome la palma. Me aparto de un tirón, jadeando por el dolor. El picor sigue incluso después de haber retirado la mano. Ella tenía razón. Maldita sea… tenían encerrada a mi Luna en una prisión plateada. Y ahora todo cobraba sentido. Por eso mis enlaces funcionaban solo dentro. Por eso mis sentidos estaban turbios. Era una jaula disfrazada de habitación nupcial. Me viro lentamente para mirarla. Mónica me observa sin acusarme, sin miedo, pero con una serenidad que duele. Una serenidad aprendida a golpes. A silencios. A años de obediencia. Camino hacia ella. No como guardián. No como bestia. Sino como el hombre que ama hasta la locura a la mujer que tiene frente a él. Caigo de rodillas, con el corazón expuesto, y beso su abdomen con una devoción que no puedo describir. El calor de su piel. El aroma de su cuerpo. Todo me envuelve, me ata, me calma. Mónica deja caer sus manos sobre mi cabello, enredando sus dedos como si temiera que desapareciera. Mientras acaricio con ternura el lugar donde crece nuestro cachorro, mis ronroneos escapan de mí sin permiso. Son bajos, profundos, casi felinos… una muestra de mi amor. Su emoción me llega como una oleada tibia. Amor. Admiración. Confianza. Y por un momento… el mundo se reduce a esto: su piel, su aliento, su latido dentro de mi oído. Me inundo de paz. Una paz primitiva, poderosa. La certeza de que ella y yo… somos manada. Somos destino. Somos hogar. Pero entonces… Su voz, suave y temblorosa, interrumpe ese instante. —Mi lobito… —me dice con una mezcla de dulzura y vulnerabilidad que me rompe—. Dime lo que te pregunté. Necesito estar preparada… para todos. Para todos. No dijo “para ti”. Ni “para mí”. Dijo para todos… como si se estuviera alistando para una guerra. Y sé que la hay. Con un gemido contenido de desesperación, mis manos se deslizan por su cuerpo. Primero con lentitud… después con urgencia. No por lujuria. Sino por algo más profundo. Más animal. Necesito borrar cada rastro de inseguridad. Necesito que recuerde quién la desea con cuerpo y alma. Que sepa a quién pertenece su corazón, incluso si el mundo entero quiere arrancárselo. Beso cada parte de su ropa como si fuera una ofrenda sagrada. Como si mi boca pudiera trazar un mapa de nuestro amor. Subo. Beso su vientre. Su pecho. Su cuello. Y finalmente sus labios. Un beso cargado de todo lo que callé. Un beso que arde. Que duele. Que promete entrar en su cuerpo no solo como lobo… sino como hombre. Como compañero. Como protector. Mi cuerpo comienza a temblar de necesidad. De entrega. Mientras arranco, una por una, las telas que la ocultan, escucho un gemido escapar de su garganta. Un sonido frágil. Inocente. Hermoso. Y mi lobo… Mi lobo ruge. Rujo con él. Con fuerza. Con victoria. Porque la tengo frente a mí. Porque es mía. Totalmente mía. La veo desnuda, temblando, con las mejillas sonrojadas y el pecho subiendo y bajando como si el aire no le alcanzara. Y su mirada… Su mirada es lo que me destruye. Llena de deseo. De entrega. De miedo. Pero también de amor. Un amor tan real que me hace olvidar el dolor, la guerra, la política, los muros de plata. Porque en este momento… Solo existimos ella y yo. Su boca regresó a mi m*****o como si fuera su única fuente de vida. Su lengua, suave y decidida, lo acariciaba con hambre, explorando cada rincón como si ya me conociera desde antes. Mónica no necesitaba experiencia para saber cómo doblegarme. Lo llevaba en la sangre. En nuestra conexión de lobos destinados. Yo gemía su nombre entre dientes, sosteniéndome del marco de la cama para no venirme antes de tiempo, pero sus labios… sus labios eran fuego bendito y castigo a la vez. —Mónica… —jadeé, con la voz rota de tanto placer—. Es mío. Ese hijo dentro de ti es mío… y lo supo tu cuerpo antes que tu mente. —Mi pecho subía y bajaba, desbordado de pasión—. Eres mía, mi Luna, mi reina, mi condena… Ella se detuvo, con la boca aún húmeda, mirándome desde abajo como si acabara de ganar una batalla. —Entonces… quiero que termines lo que empezamos esta mañana —susurró, su voz ronca, húmeda de deseo. No necesitaba decir más. La alcé en brazos, la giré con cuidado y la acosté de espaldas sobre la cama. Su piel brillaba bajo la tenue luz del cuarto, y su vientre —aún plano— me llamaba como el lugar sagrado donde ahora dormía mi linaje. Me incliné sobre ella, lamiendo desde el ombligo hasta el centro de su pecho, marcando con mis labios el mapa de su cuerpo. Cada gemido suyo me volvía más salvaje, más hambriento. Separé sus piernas con mis rodillas y rocé mi m*****o contra su entrada caliente y lista, sintiendo cómo su cuerpo temblaba al reconocerme. —No será suave esta vez —le advertí con un gruñido—. Ya no puedo contenerme. —Entonces no lo hagas… —susurró contra mi oído, arqueando la espalda—. Quiero a mi lobo por completo. Me hundí en ella con un gruñido animal, y su cuerpo lo recibió como si siempre me hubiera esperado. Era caliente, apretada, deliciosa… y mía. Cada embestida era un reclamo, una promesa eterna grabada entre gemidos y suspiros. La habitación se llenó del sonido de nuestra unión, de su voz rota diciéndome mi nombre como si fuera su salvación. Y cuando sentí que el final se acercaba, le hablé con la voz más cruda y honesta que jamás usé: —Ven conmigo, mi reina… dame todo de ti. Y juntos, nos rompimos. En cuerpo, alma… y destino. Sintiendo su cuerpo debajo de mí, me sobresalta un sonido detrás de mí. Me muevo de inmediato y tomo del cuello a una mujer. La loba del Rey Philip. Sin levantar a mi pareja, me giro y la cubro con la sábana con rapidez, mientras sujeto a la loba que se muestra demasiado tranquila, incluso en medio de mi agarre. Mi mano, transformada en una mezcla de humano y lobo, envuelve su garganta con firmeza. Puedo sentir el latido acelerado en su cuello, aunque su rostro trata de fingir serenidad. Verifico que Mónica esté bien, dormida entre las sábanas aún tibias del amor que compartimos. Entonces regreso mi atención a la intrusa y hablo con el lenguaje de los nuestros, seco y sin compasión: —Acepta ser de mi manada o te mato donde estás. Ella permanece inmóvil por unos segundos, pero contesta con voz firme, aunque sin emoción alguna: —Si hago eso… me matan, Alfa. Presiono más fuerte. Mis garras se clavan apenas en su piel, y al fin su expresión cambia. El terror la alcanza. Sus pupilas tiemblan, su boca se abre sin aire y comienza a forcejear. Puedo sentir su miedo brotar como un aroma agrio. Trata de mover sus manos para soltarse, pero le doy un segundo. Entonces habla de nuevo, esta vez con urgencia: —Phil me envió para matarte… y supe que eso no iba a ser posible. Pero no puedo irme sin algo que me dé igualdad. Si acepto ser parte de tu manada, tienes que protegerme de estos humanos… y hacerme tu Luna. Mis colmillos se muestran con rabia contenida. ¿Luna? El descaro de su petición me provoca náuseas. No tiene idea. No sabe que mi Luna ya está aquí, dormida a metros de nosotros. Que la he marcado. Que lleva mi cachorro en su vientre. Que la sangre que late en este cuarto me pertenece, no porque sea mía como una posesión, sino porque su alma fue hecha para la mía. Y esta loba… esta intrusa… cree poder ocupar ese lugar. Lo que no sabe es que estoy al borde de arrancarle el alma por tan solo mencionarlo.
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