Alejandro
Solo verlo cambiar… solo verlo celebrar algo que no le pertenece… mientras mi pareja está embarazada de mi cachorro y no del suyo… me hierve la sangre.
La ira es tan brutal que los lobos a nuestro alrededor se agachan en sumisión, incluyendo a la loba de Philip.
Ella tiene sangre de Alfa, pero no es un Alfa. Y ahora lo ha comprendido. Me ha sentido. Sabe que yo podría serlo.
Aun así, se mueve con una precisión perfecta. Y, como si nada, se posiciona más cerca de Philip, reconociéndolo como el centro de su lealtad.
Podría tomarlo por el cuello ahora mismo. Romperle la tráquea. Terminar con su vida en un solo movimiento.
Sería tan fácil.
Pero allí está mi Mónica. Y nuestro cachorro. A plena vista. Si hago algo… los matarían en cuanto me acerque. Sin pensar. Sin piedad.
Y ella… ella siente todo lo que yo siento. Pero aún no lo entiende. Esa es la parte más dolorosa.
Puedo sentir su confusión como un eco dentro de mí. Está desorientada. Nada de lo que aprendió en la iglesia sirve aquí. El mundo que la rodea no tiene lógica, ni guía, ni respuestas. Se siente disociada, como flotando en un cuerpo que no reconoce.
Pero sé cómo es Mónica. La he visto tomar el control cuando comprende su papel, su verdad. Y ahora mismo, sé que está empezando a preguntarse qué es lo que realmente está ocurriendo dentro de ella.
Y entonces… la escucho hablar.
Su voz baja, mirando al suelo, con el corazón latiendo entre dudas y valor.
—Perdóneme si mis palabras no son exactamente lo que desea escuchar… pero tengo mucho que aprender y entender. Soy Reina, seré madre, soy esposa… y tengo un guardián que no puede hacer lo que me corresponde… pero sí deseo poder vivir tus palabras, Philip.
Todo mi cuerpo se pone en guardia.
Creí —por un segundo— que ese príncipe le pondría la mano encima, como lo hizo con la Señora. Estuve listo para matar. Sin piedad. Sin pensar.
Pero Philip no alzó la mano.
Tomó las suyas.
Las besó, con una suavidad repugnante.
Y le respondió con ternura:
—Ten paz en saber que no has hecho ni dicho nada que me cause dolor. Hablas con amor y con verdad. Por favor… dime cuándo podré verte de nuevo. No en nuestras camas, sino caminando, conociéndonos mejor.
Sus palabras me hicieron estallar.
Mis uñas se extendieron sin que pudiera detenerlas. Sentí la carne desgarrarse en mis propias palmas, la sangre brotar… pero no me detuve.
El odio de ver cómo él desea a mi pareja… cómo la toca como si le perteneciera… cómo le promete tiempo y ternura…
Me hace crecer en ira. En sombra. En algo que pronto… ya no podré contener.
Ver a mi Mónica alejarse de Philip, con ese gesto suave y silencioso que pedía regresar a su cuarto, fue como poder volver a respirar después de haber contenido el alma en llamas.
Solo su movimiento, esa pequeña súplica sin palabras, me bastó para calmar la bestia dentro de mí… aunque fuera por un segundo.
En ese instante, me llegó un enlace mental. Era Carlos.
“Alfa, he regresado de nuestra mansión. La manada está creciendo. Los humanos están aterrorizados… sienten que algo se mueve en las sombras. Tengo que hablarle pronto, pero puede esperar hasta mañana.”
La información era importante. Pero no más que perder a mi pareja.
Respondí con la verdad, sin reservas.
“Mañana tengo mucho trabajo. Nuestra Luna está embarazada de mí… pero el rey Philip cree que le pertenece. Está intentando conquistarla. Quiere ganarse su corazón. Dime si es de vida o muerte, Carlos.”
La respuesta llegó al momento, como un suspiro de alivio que se coló por mi pecho.
“La mansión está protegida por lobos que escaparon de un campo de concentración. Pablo los encontró. Dijeron que te jurarán lealtad si tú los aceptas… pero, hasta entonces, cuidarán a nuestros cachorros.”
Con eso, entendí que no era urgente. Que hoy, mi lugar era junto a ella. Solo ella.
“En cuatro días iré a la manada —envié como orden final— pero tú te quedas protegiendo a tu Luna. ¿Estoy claro?”
Carlos respondió con un respeto que aligeró el peso sobre mis hombros:
“Sí, Alfa. Y para añadir… mi hermana está con la manada. Ella… encontró a su compañero destinado. Es Pablo. Entiendo que nuestra Luna también merece vivir su verdad… pero por ahora tienes razón. Me quedo con ella. Y te juro que haré que se enamore más de ti. Descansen.”
Sus palabras me dejaron dividido entre la alegría por mi manada y el dolor que todavía me roía por dentro… pero su humor me devolvió algo que creía haber perdido hoy: calma.
Llegamos al cuarto.
Mónica se despidió de Philip con una reverencia medida, y luego entramos juntos.
La habitación me dejó sin palabras.
No había jaulas.
Ni grilletes.
Solo una cama grande. Para dos.
Mi lobo se tensó. ¿Alguien más sabía? ¿Sabían que ella y yo éramos destinados?
¿Esto era una prueba? ¿Un juego cruel de parte del rey?
Me sentí a punto de estallar con preguntas… pero ella se adelantó.
Mónica, con pasos suaves y resueltos, caminó hasta un pequeño escritorio, levantó una hoja, y me la leyó con una voz que contenía una serenidad que no había sentido en días:
—Por costumbre de nuestra nueva amistad… un guardián es asignado a la Reina para protegerla y cuidarla a distancia. Pero… el guardián marcado… dormirá con su amo.
Su mirada se alzó. Me miró directamente al alma.
Y luego, como si el mundo fuera solo este momento… se acercó a mi pecho.
Con la carta aún en su mano. Con su corazón latiendo justo contra el mío.
Su aroma, su calor, su temblor controlado, todo en ella gritaba pertenencia.
Y yo…
Yo no era más que un lobo rendido ante la única verdad que importaba:
Ella es mía. Y yo soy suyo.
La tomo en mis brazos.
Y ella… me devuelve el abrazo con una dulzura que me desarma.
Se acurruca contra mi pecho como si aún pudiera confiar en mí, como si todavía quedaran rincones seguros en este mundo cruel. Pero entonces… me habla. Su voz es suave, pero hay una grieta, una sombra detrás de sus palabras.
—Yo no confío mucho en Philip… pero sé que tú tampoco me estás diciendo toda la verdad.
Sus ojos me buscan, con esa expresión suya tan pura, tan triste, como si esperara que le fallara.
Y aun así… me llama con el apodo que siempre logra doblegarme:
—Alejandro… ¿qué me escondes, mi lobito?
Esa pregunta…
Esa maldita pregunta…
Me rompe.
Porque ella sabe.
Sabe que le oculto algo, que hay verdades que sangran en mis silencios.
Y aun así me llama suyo.
Aun así me llama lobito.
Inclino mi rostro y beso su frente, su sien, su cabello. La lleno de besos como si pudiera empapar mi arrepentimiento en su piel.
Le hablo en voz baja, temblando por dentro:
—Con todo lo que ha pasado… lo has hecho extraordinariamente bien, Mónica. Y Philip… está ilusionado con una idea que no le pertenece.
Ella suelta un suspiro.
Un sonido tan amargo que me corta por dentro.
Lo veo en sus ojos: piensa que la he traicionado.
No dice nada más.
Solo se separa de mí… con esa calma que duele más que un grito.
Camina hacia la cama y se sienta sin mirarme. No me habla. No se mueve. No tiembla.
Solo guarda silencio.
Y ese silencio me enloquece.
—Mónica…
No me responde.
Así que le hablo por el enlace, buscando su alma con desesperación.
“Mónica… mi luna. Mi amor eterno. Mi alma gemela… Si piensas bien en tu pregunta, sabrás por qué no puedo darte todas las respuestas todavía. Hay un lobo que trabaja fuera de este cuarto. No sé quién es. No sé a quién sirve. Y decir ciertas verdades… podría ponerte en peligro.”
Me quedo esperando.
Su mente no contesta.
Pero la siento.
Siento su dolor. Su confusión. El abismo entre nosotros, cada vez más grande.
Y el deseo.
El deseo que me arde en las venas por tocarla, por fundirme con ella, por borrar su tristeza con mis labios.
Quiero decirle cuánto la amo.
Cuánto me quema la marca que llevamos.
Cómo mis instintos de bestia me gritan que la haga mía una vez más solo para asegurarle que todo estará bien.
Pero no puedo.
Porque verla así… tan perdida… tan rota por dentro… me destruye.
Me arranca el alma.
Y me doy cuenta de algo: no es la ira de Philip lo que más temo…
es perder su corazón.