Viendo su expresión, sé que debo darle una respuesta… pero ninguna me parece la correcta. Me frustra este torbellino de sentimientos que tengo en el pecho, porque sé que no todos me pertenecen.
Yo me siento dividida. Triste. Desorientada. Muchas cosas se han dicho en muy poco tiempo, incluyendo lo que él acaba de confesarme. Pero entonces… siento algo más.
Amor. Deseo. Prudencia. Ansiedad.
Y no es mío.
Yo no estoy ansiosa. No estoy siendo prudente. No entiendo por qué esas emociones me inundan como si fueran propias.
Al abrir la boca para responderle, decidí hacerlo con cautela. No podía seguir dejándome llevar por impulsos ajenos o por lo que no comprendía del todo.
—Alejandro… hablaremos de esto más tarde. Es demasiada información, y necesito respuestas que no incluyan la idea de tener otro bebé.
Mi respuesta le cambió el rostro. Me miró con una expresión casi infantil, como la de un niño al que le niegan su juego favorito… pero que aun así insiste con ternura. Como un cachorro al que se le dice que no, pero vuelve aún más amoroso.
Y eso, aunque no lo quiera admitir… me hizo sonreír un poco por dentro.
Poniéndome la bata para que nadie viera mi cuerpo, le hablé a Alejandro con suavidad, pero con decisión.
—Déjalos entrar. Estoy lista.
Alejandro se inclinó y me besó la mejilla, ese gesto tierno que me desarma, y luego habló con voz firme, con la autoridad que solo él sabía usar.
—Entren.
Apenas esas palabras abandonaron sus labios, las puertas se abrieron de par en par. Una oleada de aromas florales llenó el cuarto mientras enormes jarrones rebosantes de rosas eran traídos por las sirvientas, que entraban una tras otra para adornar la habitación.
Miré a Alejandro, desconcertada. Él también parecía confundido al principio… hasta que, de pronto, cerró los ojos y resopló suavemente, como si acabara de entender algo que aún se me escapaba.
Un segundo después, su voz sonó dentro de mi mente, cálida y segura:
“Son flores enviadas por Philip. Y tiene más cosas preparadas… pero créeme, yo también tengo mis ideas para conquistar a mi Luna.”
Sentir su confesión atravesándome sin palabras, directamente en el alma, me hizo arder las mejillas. El calor subió a mi rostro, no solo por la vergüenza, sino por la conciencia repentina de lo que vivía: dos hombres luchando por mi corazón. Y los dos… con formas tan distintas de amarme.
Las sirvientas comenzaron a acercarse para ayudarme a cambiarme. Mis damas, que habían esperado su turno, entraron tras ellas. Una de ellas, con voz serena pero preocupada, se acercó y me habló con respeto.
—Reina Mónica, deseamos poder conversar con usted sobre los preparativos para la visita del príncipe… y también sobre algunos rumores entre los aristócratas que tienen a muchas de nosotras debatiendo.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Mi mente se llenó de preguntas, de dudas… pero también de algo nuevo: esperanza. Porque tal vez, al fin, empezaba a comprender la vida que ahora me pertenecía… la vida de una Reina.
Con estas conversaciones, tal vez podría aprender a controlar mejor mi vida como Reina. Si descubro los secretos de los aristócratas del palacio y también de otros países, podré asegurar mi posición y proteger lo que ahora amo.
Mientras las siervas y mis damas me ayudaban a cambiarme, sentí cómo la tela del nuevo vestido acariciaba mi piel con una suavidad reconfortante. Era un traje hermoso, en tonos violeta con azul, adornado con delicados bordados plateados que reflejaban la luz de la mañana. Una de las siervas se adelantó con delicadeza para cerrar las puertas de mi cuarto, garantizando nuestra privacidad.
—Reina, de aquí partiremos al patio para hablar con más libertad y tomar un poco de té acompañado de algunos bocados. ¿Qué le parece?
Su sugerencia me dio paz. Agradecí la gentileza de su tono y asentí, ya lista, con la serenidad que mi nuevo rol me exigía.
—Una idea muy agradable. Vamos entonces.
Saliendo en orden real, como dictaban las costumbres, nos dirigimos al patio trasero. Al cruzar la galería, los rayos del sol acariciaban las columnas de piedra y los jardines en flor llenaban el aire de fragancias suaves. Ya nos esperaba una elegante mesa dispuesta bajo un dosel blanco. Había sillas forradas en terciopelo claro, platos con pasteles finos, frutas frescas y jarras de té humeante. Todo estaba perfectamente dispuesto… para una conversación entre mujeres que no solo servían al reino, sino que también lo sostenían con sabiduría y estrategia.
Sentándonos todas en el patio, rodeadas de flores y del suave tintinear de las tazas de porcelana, escuché a una de mis damas hablar primero. Su voz llevaba una risa contagiosa que me dejó sonriendo, aunque no supiera todavía por qué reía.
—Susana, dinos qué escuchaste sobre ese revolú del Príncipe esta mañana —preguntó entre risas una de ellas, llevándose el abanico a los labios como si tratara de ocultar el escándalo en su tono—. ¿Es cierto que la mató por sus dramas… y que ahora se hace llamar Rey?
Su pregunta me tomó por sorpresa. Un pequeño escalofrío me recorrió la espalda, aunque mis labios no dejaron de sonreír. No sabía si se referían a Floraly o a otra mujer. Pero lo que sí sabía… es que cualquier cosa que ocurriera con Philip tenía implicaciones directas en mi vida, y ahora también, en la de mi hijo.
Mientras las demás esperaban con ojos brillantes, como niñas a punto de escuchar un cuento prohibido, mis ojos se fijaron en Susana. Se veía impecable: una dama de cabello largo, n***o como la tinta, que caía en ondas suaves sobre sus hombros. Vestía un elegante traje de inspiración victoriana en tonos verde y amarillo, que realzaba el azul profundo de sus ojos, tan intensos que parecía que podían leer la verdad detrás de cualquier secreto.
Ella se acomodó con gracia, alisando con una sola mano la falda de su vestido antes de hablar. Su expresión era la de quien sabe mucho más de lo que se atreve a decir… y que, justo por eso, todos deseaban escucharla.
—Pues sí, la joven venía de otra ciudad… una gypsy, entretenida con él —empezó Susana, su tono ahora más bajo, casi conspiratorio—. Pero después de las noticias de ayer, él ha estado despachando a cualquiera que pueda dar la impresión de que no ama a la Reina. Sin embargo… lo que le hizo a la pobre mujer es, ciertamente, una pesadilla para cualquier mujer.
Sus palabras me inquietaron. Sentí una punzada en el estómago, una mezcla de náusea y rabia. No sabía qué me perturbaba más: la posibilidad de que Philip hubiera estado con otra mujer… o el desprecio con el que la había tratado después.
Antes de que pudiera reaccionar, la misma dama que había provocado la conversación habló de nuevo, esta vez con decepción y algo de reproche.
—¡Susana! —exclamó—. La Reina está aquí para disfrutar de este bello día, no para llenarse de más miedos con cosas que no la ayudan en nada.
Susana bajó la mirada, pero antes de que pudiera cambiar el tema o suavizar sus palabras, hablé.
—¿Qué le hizo a la pobre gypsy?
Mi voz no tembló, aunque por dentro sentía un nudo que crecía más y más con cada segundo de silencio.
Susana mordió sus labios, y cuando al fin respondió, lo hizo con una mezcla de temor y pesar:
—La expulsó del palacio… —dijo—. Y los lobos de la ciudad no le dieron tiempo ni de recoger sus cosas. Iba camino a la casa de sus padres, pero… no la han vuelto a encontrar. Muchos temen que los lobos se estén levantando en protesta… dicen que la desaparición fue un castigo… un castigo a su especie.
La incomodidad entre las damas fue inmediata. Bajaron la mirada, se sirvieron más té, o fingieron estar más interesadas en los dulces que en la conversación. Pero yo no podía dejarlo pasar. No después de lo que había vivido. No después de haber sentido en carne propia lo que era ser tratada como un objeto, una propiedad.
¿Un castigo a su especie?
Sus palabras me dejaron helada. Hasta ahora, por lo poco que sabía… éramos nosotros quienes manteníamos a los lobos bajo control, obligándolos a obedecer, a servir, a someterse a nuestros caprichos.
Y ahora… ¿nos sorprendía que empezaran a responder?