Capítulo 29: Triángulo defectuoso

1403 Words
Alejandro En nuestro camino hacia la manada, corríamos en nuestras formas de lobo, deslizándonos entre árboles como sombras veloces, con el instinto encendido y los sentidos agudos. Pero el enlace mental me llegó como un grito desgarrado que me hizo casi caer por la sorpresa. “¡Alfa ayuda! ¡Nos atacan! ¡Nos atacan con nuestros propios lobos del campamento!” La voz de Pablo, mi Beta, sonaba aterrada… y eso fue suficiente para que un frío me recorriera la columna. Sin pensarlo, aceleré el paso, corriendo con la furia de un Alfa que sabe que su manada está siendo masacrada. Y entonces, en la distancia… Allí estaba. Un grupo de hombres armados, y entre ellos… Philip. El rey. El bastardo que sigue tratando de robar a mi Luna. El humano que juega a ser monarca mientras mata a los míos. Me detuve, gruñendo con fuerza, la rabia nublándome la vista. Philip sonrió… una sonrisa demasiado amplia, demasiado confiada. La sonrisa de quien cree tener el poder absoluto en sus manos. Envié un enlace urgente a Pablo mientras el odio me quemaba por dentro. “Todos… vayan con él. Ayuden a su Beta. ¡No paren hasta que cada uno de los nuestros esté a salvo! ¡Maten a los que controlan a los nuestros! ¡NO DEJEN A NADIE ATRÁS!” Mis guerreros, mis hermanos… todos se despidieron con un último gruñido antes de lanzarse directo al campo de batalla. Yo me quedé. Porque sabía que el veneno de este ataque tenía un solo nombre: Philip. Cuando lo vi de frente, el muy cobarde habló. Su voz impregnada de un desprecio que me hervía la sangre. —¡Cámbiate a tu forma humana, desgraciado traidor! Sé que eres tú quien mató a mis guardias. Sé que tú eres el que ha estado intentando conquistar a mi reina… ¡Tú eres el cocinero que desapareció con los otros! Sus acusaciones eran como latigazos. Cada palabra cargada de veneno, cada palabra una mentira tejida para arrastrar mi nombre por el suelo. Pero dentro de su arrogancia… Vi el brillo en sus ojos al verme. Vi su decepción al reconocer que no era el cocinero. Que no era el hombre que esperaba. Philip sabía que se equivocaba… y aun así sonreía. Porque para él, no era importante la verdad. Solo necesitaba un culpable. Un enemigo para alzar su corona sobre cadáveres. Me transformé en mi forma humana, desnudo frente a sus hombres y su hipocresía. Y aun así… no bajé la mirada. Los humanos que lo rodeaban susurraban con odio, algunos gritaban insultos, y otros solo me veían con desprecio… como si ya no fuera un hombre, sino solo un monstruo. Pero Philip… Philip me miraba con júbilo. Feliz. Porque para él… finalmente, tenía frente a sí al lobo que siempre quiso destruir. Y por la mirada que me lanzó, supe algo más. No venía a capturarme. No. Venía a matarme. — El guardián… el que mi propia reina decidió tener a su lado en todo momento —escupió Philip con desprecio, su voz impregnada de veneno—. Esto explica por qué empezó a alejarse de ti… un lobo deseando lo que no le pertenece. Sus ojos… Vi cómo se llenaban de una desilusión oscura, podrida. No por Mónica. No por amor. Sino por el ego herido de un rey que creía que todo le pertenecía. Sus palabras me dejaron claro que no había vuelta atrás. Que él ya me había sentenciado a muerte… y que ni aunque me arrodillara, él me dejaría con vida. Mi respiración pesaba, mis manos temblaban no de miedo, sino de la furia contenida. Pero aún así, le respondí con la calma del lobo que se sabe condenado, pero no derrotado. — Palabras llenas de ignorancia, Philip. Palabras huecas de un hombre que ni conoce a la mujer que llama su reina. —Lo miré directo a los ojos, sin miedo—. Dime entonces, rey… ¿liberarás a mi r**a si me matas? ¿Acaso mi muerte traerá paz a los tuyos? Su rostro cambió al instante. De blanco a rojo. De hombre… a bestia. La furia lo poseyó, y en ese rostro deformado por el odio, encontré mi respuesta: no. No habría paz. No mientras él respirara. Entonces… supe que debía huir. Que tenía que retirarme aunque el alma se me partiera en mil pedazos. Debía dejar a mi Luna… a Mónica… embarazada de mis hijos. Dejarla en el palacio de un hombre que la ve como trofeo. “Perdóname, mi Luna.” “Perdóname, mi cachorro. No puedo protegerlos… no ahora. Pero regresaré. Juro que volveré por ustedes.” Cerré los ojos, apretando los dientes. Cada fibra de mi ser quería quedarme, pelear, desgarrar a Philip con mis propias garras… Pero no podía. Sus soldados cargaron sus armas. Lo escuché. El clic metálico, el aroma a pólvora, el sonido que precedía la muerte. Entonces, salté. Me transformé en un instante, mi lobo n***o emergiendo con toda su fuerza. Y rugí. Un rugido que partió el aire, que hizo temblar el suelo, un rugido de desafío. — ¡NO ME TENDRÁS HOY, PHILIP! Corrí. Salté. Ataqué. Cambiándome a mi lobo. Mis colmillos buscaron gargantas, mis garras desgarraron carne. No era un lobo huyendo… Era un lobo arrasando antes de desaparecer. Mientras escapaba, una sola promesa ardía en mi pecho, tatuada en mi corazón. “Te amo, Mónica.” “Amo a nuestro cachorro.” “Aunque me cueste la vida… lucharé hasta conquistarte de nuevo.” Y el eco de mis aullidos llenó la noche. Un juramento sellado en sangre. Sabiendo que Philip había tomado ventaja para escapar, rugí desde lo más profundo de mi garganta, mis patas golpeando la tierra con violencia mientras lo perseguía. Cada zancada me acercaba a él. Cada latido era una cuenta regresiva para su muerte. El muy cobarde montaba su caballo con desesperación, girando la cabeza para ver cuán cerca estaba. Cuando finalmente me tuvo a la vista, sus ojos se abrieron como los de un niño que ve al monstruo en la oscuridad. Salté sin pensarlo. Mis garras se enterraron en la carne del caballo. El animal chilló de dolor y terror antes de caer estrepitosamente al suelo, lanzando a Philip con brutalidad. Él rodó por la tierra, jadeando, sucio, sangrando de la ceja por el impacto. Yo caí sobre el caballo muerto, mis ojos puestos solo en el miserable humano. Sin darle tregua, salté de nuevo, mis garras haciendo temblar la tierra mientras él se arrastraba buscando algo. — ¡Maldito! —escupía con furia, buscando a tientas su cinturón—. ¡Eres una bestia! ¡Eres un traidor! Sus dedos encontraron la pistola. La alzó con manos temblorosas, pero antes de que pudiera apuntar, me transformé en mi forma humana. Caí de pie, la tierra debajo de mí crujió, mis músculos tensos, mi pecho alzado. Mi mirada lo atravesó como una lanza. — Estamos en guerra, rey Philip. —Mis palabras eran fuego puro, una sentencia de muerte dicha con voz de trueno—. Y no pararé… No pararé hasta que tu r**a termine. Hasta que cada uno de ustedes pague por lo que nos han hecho. Hasta que el mundo se arrodille ante el poder de mi manada. Y solo los que yo considere valiosos… vivirán. Philip temblaba. La pistola en su mano parecía pesar una tonelada. Sabía que su final podía estar en ese mismo instante. Pero lo peor para él… era que no pensaba matarlo aún. Me agaché. Tomé la pistola de sus manos antes de que pudiera reaccionar. La sostuve entre mis dedos y sonreí con desprecio. — Ni siquiera sabes cómo cazar un lobo, humano. Antes de que pudiera contestar, me transformé en mi lobo. Majestuoso, n***o como la noche, con ojos que ardían en dorado. Sujeté la pistola entre mis fauces, mirándolo una última vez. Philip me miraba desde el suelo, derrotado pero vivo. Vivo solo porque así lo había decidido yo. Para que recordara… que no había escapatoria. Que su muerte sería lenta. Y que ahora… yo era la amenaza. Sin perder más tiempo, corrí con la velocidad del rayo, la pistola en mi hocico, dejando tras de mí el eco de mi promesa. Una promesa de sangre. Una guerra sin cuartel. Porque había jurado que regresaría. Por Mónica. Por mi cachorro. Por el futuro que nos arrebataron.
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