Capítulo 14: Esperanza del bebe

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—¡Las reinas no aguantan las manos de sus guardianes! —gritó la Señora Floraly, su voz retumbando con rabia entre las paredes del salón. El aire cambió. El gruñido de Alejandro fue inmediato. Fuerte. Grave. Tan salvaje que todos contuvieron el aliento. Incluso Floraly se congeló al oírlo. Philip, divertido, no pudo evitar reír entre dientes. Se giró lentamente hacia ella, con esa sonrisa que siempre esconde algo venenoso. —¿Entonces por qué tú duermes con tu guardián en vez de con tu esposo, Señora Floraly? El tono burlón de su voz me heló la sangre. No estaba defendiendo a Alejandro por bondad. Lo hacía porque era su espectáculo. Porque le encantaba tener el poder de humillar a quien fuera. —El trabajo de un guardián es protegernos. Eso es lo que él está haciendo con ella. Y solo yo tengo el poder de decir qué está bien… y qué no lo está. Dejó de reír. Y entonces, con una mirada filosa como un cuchillo, añadió: —¿O acaso soy yo menos que tú? La Señora Floraly bajó la cabeza sin pensarlo. La autoridad de Philip la aplastó en un solo instante. —N-no soy más que tu humilde sierva, su majestad —tartamudeó. Y sin previo aviso, él tomó el bate de oro que su padre alguna vez empuñó… y la golpeó. El sonido fue seco. Inhumano. El primer golpe bastó para derribarla al suelo. El segundo fue aún más cruel. Su guardián intentó acercarse, pero la loba de Philip le gruñó con una amenaza tan pura que lo paralizó. No podía mirar directamente. Solo escuchaba los golpes… y sentía el temblor dentro de mí. Entonces Alejandro me habló en mi mente. “Mónica… deseo poder hablarte pronto. Muchas cosas han cambiado, y solo deseo lo mejor para ti.” Su voz fue un alivio en medio del horror. Como un faro en una noche llena de sangre. Pero incluso así, mi mente estaba desbordada. Todo se volvía más difícil, más retorcido. Y mi deseo de huir se mezclaba con el peso de la corona, con el recuerdo de mi libertad perdida. “Piensa en mí y háblame… mientras solo piensas en mí. Así podrás comunicarte conmigo. Recuerda eso.” Cerré los ojos con fuerza. Me aferré a su nombre como si fuera mi única salida. “Alejandro… le tengo que hablar solo a él… vamos, cerebro inútil, conéctate…” Lo sentí reír. No con burla. Con ternura. “Ya estás hablándome, preciosa. Tranquila… tu corazón y tu mente están sincronizados. Puedes hablarme cuando quieras.” Sus palabras me dieron fuerzas. Me ayudaron a no caer. En medio del silencio, todavía podía escuchar los últimos golpes de Philip sobre la Señora. Y cuando finalmente terminó, abrí los ojos. La vi en el suelo… y no fue su cuerpo lo que me hizo temblar, sino la sangre. La sangre salía lentamente de ella. Roja. Viscosa. Real. Sentí las manos de Alejandro sujetarme con más fuerza. El doctor aprovechó el momento para intervenir, atrayendo toda la atención. —Tengo una prueba más que hacerle a la Reina dentro de una semana… pero por lo que tengo en mis manos… Todos giramos a mirarlo. Sostenía algo en alto. Un frasco. Un trozo de algo oscuro… y su sonrisa era demasiado grande para no dar miedo. —¡Felicidades al Rey y la Reina! ¡Están esperando a su primer hijo! Un silencio incómodo fue seguido por un estallido. Philip corrió a su padre. Ambos reían y bailaban como niños emocionados. Nobles aplaudían, los lobos aullaban. Pero yo… Yo no sentía nada. Porque el único que realmente me ha tocado por completo… ha sido Alejandro. Al darme cuenta de lo que eso implicaba… quedé paralizada. Mis pensamientos eran una tormenta sin dirección, pero sentí a Alejandro acercarse más a mí. Su cercanía me dio aliento… justo cuando Philip se detuvo, observándome fijamente. Su mirada no era cruel. No era la del verdugo de antes. Era… distinta. Pero sus palabras, aunque suaves, me dejaron aún más confundida. —Esto se merece una celebración —dijo—. Y anuncio a todos que nuestro reinado crece sin piedad. Pero entiendo si te sientes cansada… y solo deseas descansar. Su tono no era falso. No disfrazaba ironías ni amenazas. Solo había una especie de comprensión. Pero mi cuerpo seguía temblando por dentro. Aun así, quise hablarle. Y con todos los ojos sobre mí, reuní fuerzas y pregunté con cautela: —Deseo poder retirarme… pero con tu ayuda, pues me siento confundida y… vulnerable, por todo lo ocurrido. Su respuesta fue una sonrisa que no esperaba ver. No una sonrisa arrogante… sino cálida. Humana. —Cámbiese —dijo— y la llevaré personalmente. Cualquier pregunta, me la haces. Y si me pides más de la mitad del reino… se te concederá. Sus palabras me desconcertaron. No eran lo que imaginaba escuchar de un príncipe criado para conquistar, no para cuidar. Me levanté en silencio y caminé hacia la habitación contigua, acompañada por mis damas. Ellas me ayudaron a cambiarme con delicadeza, sus manos gentiles notaban mis temblores pero no los comentaban. Una vez vestida con una bata más ligera y mis cabellos sueltos, regresé al salón. Me senté de nuevo y, sin pensarlo, tomé las manos de Alejandro. Solo su contacto me mantenía anclada a la realidad, aunque no podía mirarlo demasiado… porque si lo hacía, todo en mí gritaba que corriese hacia él. Philip le dio instrucciones a su padre de organizar los festejos por el anuncio, y luego se acercó a mí, apartándose de la multitud. Tomó mi mano con naturalidad, como si estuviéramos solos en el mundo, y me ayudó a caminar con él hacia mis aposentos nuevos. Durante el trayecto, su voz fue baja… calmada. —Eres la mujer más bella con la que me ha tocado dormir —confesó con un nerviosismo que no había oído en él antes—. Y ahora… me has hecho sentir orgulloso de ser padre. Se detuvo en medio del pasillo, aún tomándome de la mano. Me miró a los ojos. Ya no había arrogancia en su rostro, ni ese gesto altivo de príncipe. —Mónica… eres mi todo. Nunca en mi vida pensé tener a una mujer como tú. Me quedé sin palabras. Porque aunque una parte de mí se estremecía ante su ternura, otra se encogía por lo que no podía decirle: que mi corazón no le pertenecía. Philip se inclinó y besó con suavidad mi frente. Luego me envolvió en un abrazo cálido, fuerte… como si ya no fuese una Reina, sino una pertenencia que valoraba de verdad. Y aun así… todo en mi interior temblaba por otro hombre. Sabiendo que corregirlo no era buena idea, él se movió antes de que pudiera decirle algo. Me habló con una intimidad que no esperaba… y me dejó confundida. Su voz, su presencia, su forma de mirarme no eran las del mismo hombre de antes. Pero algo en mí aún no podía relajarse. —Sé que mi juventud llegó a ti de manera inesperada —dijo con sinceridad, su mirada buscando la mía—. No negaré que fui un demonio… pero por ti cambiaré. Daré lo mejor de mí para ti y para nuestro hijo. Mónica… eres muy especial. Sé que todo esto es demasiado, que puede darte miedo, pero soy yo —tu rey— quien necesita darte la seguridad de que todo va a estar bien a mi lado. Ganaré tu corazón, Mónica. Tenlo por seguro. Sus palabras fueron suaves. Calmas. Me dieron algo de paz. Me permitieron, por primera vez en horas, respirar profundo sin sentir que el aire dolía. Sentí que… al menos por ahora, no tenía que temerle. Que ya no era esa criatura cruel que golpeaba sin pensar. Pero entonces… Un escalofrío recorrió mi espalda. Sentí un nudo arder en el fondo de mi pecho. Una punzada. Un odio intenso, seco, sofocante. Un rechazo visceral que me hizo apretar las manos, como si algo dentro de mí quisiera gritar. Y lo más extraño era que… no era mío. Ese odio no me pertenecía. Yo no lo pensaba. No lo deseaba. Pero lo sentía como si fuera real. Como si viniera desde un rincón escondido de mi alma que yo misma no reconocía. Era más fuerte de lo que hubiera querido. Más profundo de lo que podía explicar. No entendía lo que ocurría. No todavía. No sabía que era su rabia —la de Alejandro— lo que se estaba filtrando en mi cuerpo, detonada por la marca. La conexión entre nosotros, invisible pero latente… ahora viva. Y mientras Philip hablaba de amor, de realeza y de futuro, yo sentía, desde otro lugar, la furia de un alma ligada a la mía… furia dirigida a él.
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