Capítulo 22: Cita de noche

1452 Words
Comenzamos a caminar lentamente, disfrutando del silencio que nos rodeaba, cuando Alejandro se detuvo de repente. Al frente, un grupo de lobos entró con paso firme, y junto a ellos, un humano se destacó por su mirada directa cargada de odio. A pesar de eso, bajó la cabeza en aparente respeto antes de hablar: —Reina Mónica, eres requerida en el comedor con Su Majestad el Rey Philip para compartir la cena. La invitación que él mismo me había mencionado llegó antes de lo que esperaba. Sentí cómo los nervios me golpeaban con fuerza al saber que estaría sola con él nuevamente. Pero lo que el hombre dijo a continuación me heló por completo: —El Rey ha ordenado que vayas acompañada únicamente por tu otro guardián. Alejandro debe quedarse aquí, conmigo. La orden me resultó sospechosa. Aunque el hombre la pronunciaba con seguridad, algo en su tono y su actitud me dejó en claro que esa instrucción no venía del rey. Y además… yo nunca había estado a solas con Rowan. Aquel pensamiento me hizo dudar un instante, mientras empezaban a surgir ideas para preservar la paz dentro de mi parte del palacio. —¿Quién te dio permiso para entrar aquí? Su mirada se oscureció aún más, y su tono se volvió casi desdeñoso cuando respondió: —El acceso fue complicado por las fuerzas que protegen este sector… pero debes asistir con el Rey. Es tu deber. Sus palabras confirmaron mis sospechas: no hablaba en nombre de Philip. Esta era una maniobra suya, disfrazada de protocolo. Sabía que Alejandro jamás permitiría que alguien me pusiera en peligro, y confiaba en que tenía el poder suficiente para controlar esta amenaza. Así que tomé aire, firme y serena, y respondí con seguridad: —Alejandro, sácalos de aquí. Mi orden permanece en pie: quiero este sector del palacio libre de intrusos. Rowan, ven conmigo… iremos con el Rey Philip. Al oírme, Alejandro se transformó al instante en su forma de lobo n***o. El hombre, perdiendo todo control, gritó con rabia: —¡Eres una reina falsa! ¡Ataquen! Pero sus palabras no tuvieron el efecto que esperaba. Los lobos que lo acompañaban se mantuvieron quietos, incómodos, hasta que un poderoso gruñido de Alejandro los hizo retroceder de inmediato. Solo entonces el humano, desesperado, sacó una pistola. Fue inútil. Dos de los lobos lo atacaron con fuerza, tirándolo al suelo en cuestión de segundos. Me giré hacia Alejandro, mi voz serena, aunque con firmeza en cada palabra: —Alejandro, y a los demás, aunque aún no conozco sus nombres, les pido por favor que aseguren al traidor en una celda. Rowan y yo sabremos cuándo ha sido hecho. Gracias, como siempre, por protegerme. Los lobos, con orgullo en sus movimientos, alzaron el pecho en señal de respeto ante mis palabras. Sin decir más, me volví y comencé a caminar junto a Rowan en dirección a los pasillos del palacio. Era hora de hablar con Philip… y ponerlo al tanto de lo que estaba ocurriendo en mi sector. Al llegar al comedor donde se encontraba el Rey Philip, Rowan me ofreció su brazo con una suavidad inesperada. Me giré para verlo mejor y noté que su mirada estaba fija en la puerta, tensa, pero su voz fue serena cuando me habló: —Deseo que nadie te haga daño. Alejandro… y el Rey, te miran de la misma manera. Lo he notado. Trataré de aprender cómo ser más… caballeroso, si me lo permites. Sus palabras me llenaron de una calidez inesperada. Era sincero. Aquel salvaje lobo pelirrojo que antes solo conocía el conflicto ahora buscaba algo más: comprensión, redención, pertenencia. Coloqué mi mano sobre su hombro como había hecho antes, como símbolo de confianza, y lo dejé guiarme. Pude sentir sus nervios por la forma en que tensaba sus músculos bajo mi toque, aunque intentaba mantener una postura firme y segura. Fue entonces que lo vi sacar una pequeña botella de vidrio. En su interior había unas estrellas color café. Mis cejas se alzaron por la curiosidad, pero no quise interrumpir el momento con preguntas. Al llegar a las puertas del comedor, una sierva nos abrió. Su rostro se iluminó brevemente al ver a Rowan, aunque su sorpresa fue evidente. —¿Rowan? Pero… —miró rápidamente hacia ambos lados del pasillo, bajando la voz— ¿por qué estás…? Sus palabras quedaron inconclusas al verme. En un segundo su actitud cambió por completo y bajó la cabeza con reverencia. —Mi reina, perdón por mi imprudencia. Por favor, permítame guiarla a su asiento. Disculpe mi ignorancia. Es un honor poder servirle esta noche. Su nerviosismo era evidente, pero no era deshonesto, solo temeroso. Al alejarse, Rowan tomó dos de aquellas estrellas café y las colocó bajo su lengua. Pude notar cómo su respiración se volvió más controlada, más serena. Caminamos unos pasos más hasta que, en voz muy baja, casi como un suspiro que no deseaba ser escuchado, murmuró: —Compañera… perdóname por no ser lo que necesitabas. Sus palabras me golpearon directo al corazón. La forma en que lo dijo, tan resignado, tan lleno de una tristeza silenciosa… sentí como si una grieta se abriera dentro de mí. Era el dolor de quien se sabe insuficiente, de quien entrega lo que tiene sin saber si es suficiente. Y en ese instante, algo brotó en mí: un impulso de llevarla a mi lado del palacio, de acoger no solo a una sierva más… sino a un alma perdida que comenzaba a abrir su corazón. Al ser sentada en mi lugar, Rowan se queda a mi lado, la sierva se acercó con una mezcla de sinceridad y esperanza brillando en sus ojos. Claramente deseaba hacer todo lo posible por complacerme y evitar cualquier castigo como el que tanto temía. —El rey ya viene de camino, mi reina —dijo con voz suave, aunque al mirar a Rowan su expresión se tornó triste. Luego volvió a mirarme—. ¿Deseas que le haga un masaje en sus pies, después de haber caminado hasta el comedor? Su sugerencia me pareció acertada, un detalle delicado que me ofrecía un poco de descanso y confort en medio de tanto caos. Le respondí con calma y una pequeña sonrisa en los labios: —Eso me suena espectacular. Gracias por tu ayuda. Esperaré al rey mientras tanto en tranquilidad. Ella asintió con una reverencia y se alejó rápidamente, regresando poco después con un jarrón elegante lleno de agua tibia, acompañado de pequeños frascos de aceites con fragancias suaves y dulces que me calmaron solo con percibir su aroma. Notas de lavanda, sándalo y vainilla flotaban en el aire, creando un ambiente acogedor. Rowan se quedó a mi lado, en silencio, pero con sus ojos atentos a cada movimiento dentro del salón. Parecía más protector que nunca, y aunque no dijera nada, sentía que su presencia me anclaba. Por primera vez, el peso de ser reina no se sentía tan solitario, aún con otro guardián a mi lado. Al sentir las manos cálidas de la sirviente masajeando mis pies, dejé escapar un suspiro de alivio. Cerré los ojos por un instante, permitiéndome un momento de paz… hasta que escuché las puertas abrirse suavemente. Philip entró al salón con una caja bellamente decorada entre sus manos y una sonrisa que parecía cuidadosamente practicada. Su mirada se fijó en mí como si el resto del mundo desapareciera. Al llegar frente a mí, me ofreció la caja con delicadeza y se inclinó para besarme el cachete, sus labios apenas rozando mi piel al murmurar: —Es un regalo que deseaba darte. Te he extrañado todo el día, mi Mónica. Sus palabras me tomaron por sorpresa. Tomé la caja entre mis manos y le respondí con amabilidad, aunque intentando mantener cierta distancia emocional. —Gracias por tus bellos regalos, Philip… pero de verdad no soy una mujer de muchos lujos en esta vida. Aun así, al abrir la caja, me encontré con un conjunto de joyas de un profundo color marrón rojizo —maroon— que me dejó sin palabras. Nunca antes había visto joyas tan exquisitas. El brillo de las piedras reflejaba la luz del salón como si tuvieran vida propia, y por un momento, me perdí en su belleza. Philip notó mi expresión, y con una sonrisa suave añadió: —Pensé que este color resaltaría el fuego que llevas dentro. No supe qué decir. Entre el masaje relajante, las emociones del día, y ahora este regalo… mi corazón se sentía dividido. Philip sabía cómo crear momentos impactantes, pero no estaba segura si sus intenciones eran tan puras como las joyas que me ofrecía. Y aún así… no podía negar lo hermoso del gesto.
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