No lo había vuelto a ver y ya estaba casi por anochecer. No sabía nada de él y, por alguna extraña razón, deseaba saber dónde estaba y qué hacía. Estaba parada junto a uno de los grandes ventanales de una de las salas principales, mirando hacia el jardín, un hermoso vestido blanco de tirantes cubría su cuerpo el estilo era veraniego. La tela era muy fina para el inclemente frío que hacía afuera. Tenía unas pantuflas en los pies, su pelo tenía algunas ondas que caían en su espalda y sus labios estaban pintados de un color rojo carmesí. Su móvil estaba en sus manos. Le molestaba mucho pensar tanto en él, y era lo que había hecho desde la madrugada. No había salido de la casa; todos los pendientes que tenía podía resolverlos desde allí. Era realmente difícil olvidar, por un instante, aquello

