[enfrentamiento] capítulo 4

2200 Words
Lujuria, deseo y pasión. Sashear el cuerpo después de un mes sin sexo era simplemente fascinante. Andrey miraba cómo la rubia, encima de aquella cama, le regalaba una sonrisa traviesa al mismo tiempo que se tocaba para él. Ya tenía la v***a dura y aún permanecía parado frente a la cama, deleitándose con la vista. Y es que ver a esa hermosura frotar su clítoris con una mano, mientras que con la otra acariciaba sus pezones, no tenía comparación. Le gustaba el sexo y se atrevía a decir que le gustaba más que a cualquier hombre. Le encantaban las mujeres; si esa perra no le hubiera obligado a casarse, no lo hubiera hecho. Sin duda, disfrutaba su vida de soltero y, luego, allí parado, se hizo una pregunta a sí mismo: ¿qué demonio le impedía seguir con su vida? Estaba seguro de que esa mujer debía tener quien se la follara en las noches que pasaba fuera de la casa. Él haría lo mismo, solo que debía cuidarse de un escándalo que lo perjudicara en la sociedad en la que vivían; algo así podría perjudicarlo bastante. —Ven aquí —le pidió a la chica, que no dudó en bajar de la cama con esa sensualidad que la caracterizaba, esa cara de inocente que ponía después de estar abierta de piernas para él, mostrando su coño en todo su esplendor. No hacía más que invitarlo a follarla duro. La confianza ganada con todas las veces que habían follado quedó en evidencia cuando le besó. No era muy de besar ni de tocar, pero con ella se había acostumbrado, no porque fuera especial, sino porque le fue agarrando gusto después de tantos intentos fallidos de ella en el pasado. Le besó con esas características de él; tenía un modo salvaje de hacerlo. No mostraba cariño en el beso rudo, anticipaba una intensa follada de esas que te dejaban marcado el cuerpo y con estragos al otro día que no te dejaban olvidar la noche salvaje del día anterior. Se apartó de sus labios solo para empujarla hacia abajo, y ella sonrió, sabiendo lo que quería. Empezó a desabrochar su cinturón mientras él se quitaba el saco y la corbata. Sintió cómo ella bajaba su fino y costoso pantalón y luego hacía lo mismo con su bóxer, dejando ver esa gruesa y gran erección. Y es que tenía un m*****o que, joder, no tenía comparación; era grande, gordo y duro. La chica sonrió mirando hacia arriba, sabiendo que él tenía sus ojos fijos en ella, y es que disfrutaba viéndola atragantarse con su gran m*****o. Cuando era toda una faena solo llevárselo a la boca, estaba serio como siempre, a diferencia de ese brillo de excitación que reflejaba su mirada ámbar. Ella no perdió tiempo; lamió su punta con descaro, logrando que su m*****o no hiciera más que endurecerse, algo que no creía posible, pues estaba como una piedra. Lo metió en su boca como pudo y empezó a lamer, chupar y mojar, haciendo que el hombre levantara el rostro hacia arriba, disfrutando de la sensación. Lo hacía despacio, aumentando con benevolencia a cada instante. Miró cómo su mano derecha, donde aún permanecía la corbata, se cerraba en puño como muestra de que lo estaba disfrutando, al mismo tiempo que su mano izquierda llegó hacia su cabello. Sintió el fuerte apretón en él, luego una embestida que le causó arcadas. Mierda, iba a ponerse intenso; lo conocía. Pasaron segundos cuando empezó a escucharse el burbujeo de la chica mientras él le follaba la boca con intensidad, haciendo que ella sintiera los labios acalambrados mientras su propia saliva caía a sus pechos. Tenía el rostro rojo y eso que solo él le metía menos de la mitad en cada embestida, pues no le cabía entero en la boca. Sintió cómo él sacaba su m*****o, la ponía de pie y la besaba mientras hundía sus dedos en el rubio pelo de la mujer, para luego soltar sus labios e inclinarse a besar sus grandes pechos, al mismo tiempo que metía sus manos entre sus piernas y le acariciaba el coño, comprobando su humedad. Gemidos, unos para nada delicados, debido a la faena con la que él la estaba masturbando mientras le comía los pechos, lamiendo, chupando y dando pequeños mordiscos. Estaba empapada, justo como él la quería. "—Fóllame—le pidió, sintiendo una gran necesidad de sentirlo adentro de ella debido a lo excitada que estaba. Abrió los ojos, encontrándose con los de él mirándola. Ambos permanecían parados en medio de la habitación, masturbándose uno al otro. La forma en que le suplicó que se la follara lo excitó aún más. —Manos—pidió, y ella puso las manos hacia adelante. Era una rutina que ella ya conocía. Una vez empezara a follarla, no le gustaba que lo tocara ni lo besara. Le ató las manos con la corbata y luego besó sus pechos por última vez. Para luego soltarla y guiarla hasta la cama, donde él quedó parado mientras la acomodaba con el trasero empinado y el rostro pegado al colchón. —¿Sigues tomando la pastilla?—le preguntó, y ella asintió. No había salido con nadie más en ese mes, y él lo sabía, por lo que acarició el clítoris de la chica con la punta de su m*****o. No era necesario usar preservativos, no con ella, pues le había hecho innumerables pruebas de sangre. Estaba limpia, una ginecóloga lo confirmó, al mismo tiempo prescribía los anticonceptivos. Era una rutina; él siempre tomaba sus precauciones. Andrey humedeció su m*****o para luego empezar a penetrarla, viendo cómo las manos atadas de ella apretaban las sábanas. Introducía su m*****o en su coño despacio; era sabedor de su tamaño. Siempre era una faena entrarlo. Una vez estuviera todo dentro, las cosas se volvían más intensas. Cerró los ojos mientras salía y entraba de la mujer con delicadeza, sintiendo cómo se le humedecía más el coño mientras él acariciaba con sus grandes manos su blanco trasero. —Me encanta follarte duro—dijo al mismo tiempo que daba la primera dura embestida, para luego empezar a follarla duro con más intensidad, mientras ella gritaba de dolor y placer. Estaba seguro de que los gemidos de la mujer podían escucharse hasta el pasillo, mientras ambos lo disfrutaban. (...) Dasha estaba enojada; había llegado la confirmación de que el cargamento, sin dudas, había sido incautado por las autoridades turcas. Hablaba por el móvil con su proveedor mientras le reclamaba su descuido. El cargamento ni siquiera había salido de Turquía, y ellos se enteraron cuando ella hizo su reclamo. Era la tercera vez que negociaba con Kemal Celi, pues la mercancía que le vendía era buena, de las mejores, se atrevía a decir, y el precio era excelente. Las rutas eran seguras, o eso pensó, y el método de envío no tan complicado debido a los altos sobornos de Kemal a altos rangos de la NP. —Bu benim lanet sorunum değil—dijo enojada—(no es mi puto problema)—respondió ante las explicaciones de Kemal—tienes 24 horas para que me entregues el puto dinero o mi maldita mercancía. Sabes cómo funciona esto. —Beni tehdit ediyorsun—(me estás amenazando)—preguntó el hombre del otro lado de la línea. —Vega elbette hayır— ( o por supuesto que no) dijo con fingida inocencia en perfecto turco, mientras el turco se preguntaba si estaba usando sarcasmo—. Seni uyarıyorum—le dijo con seriedad (te estoy advirtiendo). Kamal apretó los puños. Era la primera vez que negociaba con una mujer. En su país, las cosas eran diferentes, pero sabía que esa mujer en específico era especial. Negociaba mejor que cualquier hombre con los que hacía negocio. Era de admirar, pero también de temer. No se andaba con rodeos y sus pagos nunca fallaban. Los demás tratos que habían hecho con ella habían dejado sus arcas llenas de dinero. No podía darse el lujo de perderla como cliente. Cerró los ojos por un instante antes de responder. —Çözeceğim—(lo resolveré)—hizo que la mujer asintiera y luego cortara la llamada. El cargamento de los italianos había llegado perfecto; era de armas, una que ella distribuía en Rusia y también exportaba. Acarició su cuello, haciendo una mueca de molestia. —Está bien—preguntó Gled, quien iba en el asiento del copiloto, mirándola por el espejo retrovisor. Dasha asintió. Le estresaba que las cosas no salieran como lo había planeado. Le gustaba ser puntual con sus clientes, y un cargamento atrasado era otro envío atrasado. Suspiró profundo y luego miró a Gled para dar una orden. —Comunícate con nuestra gente de Ucrania e informa del retraso. Dile que en 24 horas tendrán su dinero o la mercancía, más un 10 por ciento extra por las molestias, ya sea en mercancía o en efectivo.—Esa era la razón por la que no toleraba ese tipo de situaciones; perdía dinero, y el que fuera mujer también lo complicaba. Tenía que esforzarse en demostrar de qué estaba hecha para ganar credibilidad ante sus socios ya establecidos o futuros socios. Estaba agotada. Apenas cerró los ojos por un momento para pensar cuando sintió el frenón de golpe del auto en el que iba y luego los demás autos detenerse. "Maldición, ahora qué", pensó, llevando su mano a su arma para luego escuchar los primeros disparos. La estaban atacando, y no tenía que ser adivina para saber de quién se trataba. Sonrió; ya lo estaba esperando. Se había tardado más de lo que pensó. Tenía una propuesta de matrimonio antes de la muerte de su padre, una que rechazó rotundamente luego de que su padre ya no estaba. Nunca estuvo de acuerdo con esa alianza; la sentía innecesaria, pero ¿quién iba a escucharla a ella? Era mujer. Siempre supo que no necesitaba más dinero ilegal; al contrario, necesitaba un esposo fuerte que se moviera en el mundo legal, donde ella pudiera volver legal su dinero. Uno con mucha influencia e intachable ante los ojos de los demás, que moviera billones en toda Rusia sin que el proceder de su dinero fuera dudoso. Por eso optó por casarse con Andrey Ivanov, millonario de cuna, con sangre azulada por generaciones, con tanto dinero para vivir 600 vidas igual a la que llevaba. Algo que Maxim Smirnov no aceptó, pues le había mandado un ultimátum a Dasha el día de su boda en horas de la mañana, advirtiendo lo que pasaría si se casaba con otro hombre que no fuera él. En respuesta, ella le envió la cabeza de su hombre de mayor confianza, una muestra de que le importaban poco sus advertencias y una demostración a su futuro esposo de que no estaba bromeando con sus amenazas pues andrey le había visto matar a ese hombre . Con esa sola acción, había declarado la guerra a uno de los mafiosos más reconocidos y temidos de Rusia y demostrado a andrey de que era capas si el no cooperaba. Había tardado en responder ante su insolencia, pero estaba segura de que lo estaba haciendo. Ahora, sus hombres afuera manejaban la situación. El atreverse a actuar en su territorio era o muy valiente o muy estúpido, y ella decidió que era algo de ambas. Más estúpido que valiente. Eran muchos hombres, pero no más que los suyos, y con lo que venían en camino, superarían por mucho a los hombres de Smirnov. Estaba agotada y quería llegar a esa maldita casa que odiaba tanto. Frustrada, sacó su arma y salió del auto, algo innecesario, pero debido a la frustración y el enojo, lo hizo, haciendo que Gled maldijera y saliera de atrás de ella, quien empezó a disparar a diestra y siniestra, acercándose más y más hacia la zona de fuego que estaba más adelante del auto de ella. Apenas quedaban algunos hombres de los de Smirnov; era la clase de hombre que sacrificaba a sus hombres solo como muestra de que no había olvidado la ofensa. Ese era el mensaje. Minutos después, cayó abatido el último de los hombres que no huyó. Justo cuando Dasha iba entrando al auto, lo sintió, llevando su mano a la zona y volteando con rapidez antes de que el sujeto herido en el suelo pudiera hacer el segundo disparo. Ella lo remató con un certero disparo en el cuello. Maldición, miró su camiseta que se llenaba de sangre y entró al auto, cerrando la puerta solo para que Gled la abriera y subiera a su lado, empezando a analizarla. - Estoy bien, maldita sea - dijo, enojada, sintiendo el ardor. Gled sacó su móvil, llamando al médico que tenían asignado para momentos como ese. - No voy al hospital, no es tan grave. ¡Que vayan directo a la mansión! Gled asintió y el médico había escuchado. - Llama para que limpien todo este desastre - ordenó, refiriéndose a los estragos del enfrentamiento. - Las cámaras... - el hombre asintió, haciendo la llamada pertinente para que se encargaran de todo. Recostó la cabeza, sintiendo cómo la sangre humedecía su ropa; dolía como el mismo infierno.
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