Andrey la vio borrar su sonrisa minutos después, cuando estuvieron solos, y luego tomar todo el contenido de la copa de golpe. Soltó la copa sobre la barra con fuerza, casi volviéndola añicos. Respiró profundo y luego volteó a verlo. El hombre no la perdía de vista; había logrado su cometido, había logrado iniciar negocios con los turcos, pero por alguna extraña razón se sentía decepcionado. ¿Por qué? ¡Maldición, ella había mentido! La conocía lo suficiente como para saberlo; no confiaba en él. Mintió por compromiso, no debía importarle, se repitió mientras la miraba. Se lo repitió una y otra vez, pero no podía engañarse: le importaba. La sensación de haber logrado su cometido quedó atrás cuando la sensación de decepción fue más fuerte. —¿Qué demonios planeabas?— la escuchó preguntarle,

