Donde había aprendido a cocinar de esa manera, se preguntó al llevar la primera cucharada a su boca. Estuvo a punto de cerrar los ojos con satisfacción ante el exquisito sabor. Delicioso, delicioso, delicioso, sin dudas. ¿Cómo era que un hombre como él sabía cocinar? Nunca lo imaginó. ¡El hombre nació en cuna de oro! Debió tener al menos cinco nanas al nacer. Sonrió sin poder evitarlo. Estaba siendo perjuiciosa, lo sabía, pero es que, vamos, le sorprendía de verdad. Dasha le miró por un segundo, preguntándose en qué momento dejaría de verla como el trozo de carne más fino y costoso que sus ojos habían visto jamás. No le molestaba su mirada, pero es que le cosquillaba la piel; sus vellos estaban erizados ante la intensidad del momento. Y ahí fue cuando se preguntó: ¿hasta dónde estaba di

