Su terquedad y decisión ante una situación como aquella quedaron demostradas cuando, por más dura y exigente que fue su mirada, no lo obedeció. La dura mirada de Andrey permaneció en ella por varios segundos, en los cuales ella no lo perdió de vista; le miraba justo a los ojos con una fiereza indómita que le dejaba claro que no iba a quebrantarse. Cuando entendió que ella no cedería, decidió ser él quien lo hiciera y, sintiéndose derrotado, le apartó la mirada al momento en que soltó una maldición. La vio pasar a su lado, encaminándose a la habitación. Antes de estampar la puerta con fuerza, escuchó un cristal volverse añicos al hacer contacto con e suelo. No supo en qué objeto de la mesa descargó su furia: un vaso, una copa, una vajilla, tal vez; no lo sabía y le daba igual. La mujer se

