El aire en las ruinas del Antiguo Templo no era aire, era un veneno espeso que se te metía por la nariz y te quemaba los pulmones. El silencio que quedó después de que River se llevó a Astrid era de esos que te hacen zumbar los oídos, un silencio de muerte. Dante llegó primero, con su caballo echando espuma por la boca y el corazón batiéndole en las costillas como un pájaro preso. Al frenar, el polvo se levantó como una mortaja sobre las piedras milenarias. —¡¡Osiris!! —el grito de Dante salió desgarrado, como si se hubiera tragado brasas. Se lanzó del animal antes de que se detuviera, rodando por el suelo y levantándose de un salto. Lo que vio lo dejó frío, con esa sensación de hielo que te recorre la espalda cuando sabes que la tragedia ya se sentó a tu mesa. Osiris estaba hecha un

