El ambiente en la guarida de River era pesado, una mezcla de humedad, tierra vieja y un olor rancio que parecía pegarse a la piel. Astrid sentía que cada centímetro de su cuerpo protestaba. El esfuerzo físico de los últimos días, sumado a la herida de un parto que apenas comenzaba a sanar, la tenía al borde del desmayo. Sin embargo, su mirada no se doblegaba; sus ojos azules seguían brillando con una ferocidad que ni el cansancio podía apagar. River la arrastró por un pasillo estrecho, excavado profundamente bajo las raíces de árboles muertos, hasta que llegaron a una habitación circular. La soltó con brusquedad, haciendo que ella tropezara y tuviera que apoyarse en una mesa de madera podrida para no besar el suelo de piedra. —Bienvenida a tu nueva realidad, Luna —dijo River, y su v

