El sol de la mañana se colaba por las pesadas cortinas del cuarto principal, pero el ambiente en la mansión Blackwood se sentía distinto. Ya no olía a ese jazmín falso ni se sentía la tensión que te quitaba el aire en los días pasados. Ahora el lugar olía a pino, a sándalo y, sobre todo, al aroma dulce de los dos bebés que dormían tranquilos en sus cunas de seda. Astrid estaba sentada en el borde de la cama, mirando a sus hijos sin poder creerlo todavía. El dolor del parto ya se estaba yendo, pero el hueco en el pecho seguía ahí, molestando. Elijah se había ido al amanecer, cumpliendo su promesa de irse al frente de batalla. Se llevó con él su olor, sus errores y a la mujer que había armado todo ese despelote. Un golpe suavecito en la puerta la sacó de sus pensamientos. —¿Luna? —la

