El estruendo de los cascos de los caballos y el aullido rítmico de una guardia de élite avisaron que el Alfa Wilde, el padre de Astrid, ya estaba aquí. El Alfa no venía solo; traía con él un aire de tormenta que hizo que hasta los guerreros más experimentados de Fuego Sagrado agacharan la cabeza al verlo pasar. Elijah lo recibió en el gran salón. Todavía tenía la marca roja en el cuello, aunque ya se veía más pálida, y los ojos hundidos por no haber dormido. El padre de Astrid no se anduvo con rodeos ni saludos educados. Cruzó el salón y, antes de que Elijah pudiera decir ni pío, el puño del viejo Rey se estrelló contra su mandíbula con una fuerza que lo hizo tambalearse. —¡¿Cómo te atreviste, Elijah?! —rugió Wilde, y su voz hizo vibrar hasta las armaduras que decoraban el salón—. ¡Te

