Las paredes estaban cubiertas de estanterías de roble oscuro repletas de códigos legales, y sobre el escritorio de cristal se extendían decenas de carpetas con el sello de la Manada de Oakhaven. Astrid, vestida con una blusa de seda color burdeos que resaltaba el brillo de su cabello rojizo y unos pantalones de corte impecable, repasaba las auditorías financieras de River. Su mente funcionaba a mil por hora; estaba encontrando las grietas legales necesarias para hundir a su exmarido, no solo emocionalmente, sino también quitándole el control de sus activos más valiosos. Sin embargo, su concentración se rompió cuando el intercomunicador de su escritorio emitió un pitido agudo. Era Miller, el jefe de su seguridad privada en el ala oeste. —Señora, el Alfa está aquí. Está exigiendo entra

