La llegada a la mansión de la Manada Fuego Sagrado no fue un evento discreto. Astrid se había encargado de que así fuera. Una caravana de camionetas blindadas negras avanzó por el camino flanqueado por pinos centenarios hasta detenerse frente a la imponente estructura de piedra y cristal que servía como corazón del poder de Elijah. Astrid descendió del vehículo principal con elegancia. Vestía un traje de sastre color crema que resaltaba cada una de sus curvas. Detrás de ella, Marta, la niñera que había cuidado a Kai desde su nacimiento en Phoenix, bajó del segundo coche junto a tres hombres de seguridad privada que Astrid había contratado personalmente. No eran licántropos; eran humanos, exmilitares de élite que respondían solo a su cuenta bancaria. Astrid sabía que en un mundo de lo

